El silencio de la galería era casi sagrado, un manto de quietud que había descendido tras el bullicio de la vernissage. El aire, aún cargado con el tenue aroma a vino blanco y el agudo olor de la pintura acrílica fresca, parecía haberse solidificado. Las luces cenitales, aquellas que horas antes habían bañado con su cálido halógeno las vibrantes telas y las esculturas de metal retorcido, aún permanecían encendidas, no por descuido, sino como testigos mudos de la escena que se avecinaba. Proyectaban sombras largas y distorsionadas sobre el suelo de cemento pulido, creando un juego de claroscuros que convertía el espacio en una versión fantasmagórica de sí mismo.
Milena, de pie frente a un enorme lienzo abstracto que parecía contener toda la furia de una tormenta en mar abierto, sostenía un vaso de vino vacío entre sus manos. Lo apretaba con fuerza, como si aquel cristal frío y liso fuera un ancla en medio del torbellino de sus pensamientos. Sus dedos, manchados de óleo azul cobalto y carmín, temblaban levemente. El eco de los elogios, las preguntas vacías y las miradas inquisitivas aún zumbaba en sus oídos, pero ahora solo reinaba un vacío resonante.
Fue en ese silencio fracturado cuando escuchó los pasos. No eran los rápidos y decididos del personal de la galería, sino lentos, medidos, cargados de una hesitación que le resultó dolorosamente familiar. Sebastián avanzó desde la penumbra del pasillo principal, su figura alta recortándose contra la luz suave que bañaba la sala central. Sus zapatos de cuero crujían sobre el piso, cada una de sus pisadas una puntada en el tejido del silencio, acercándose a ella con la inevitabilidad de una marea.
—No esperaba encontrarte aquí tan tarde —dijo él, con un tono que intentaba ser casual, despreocupado, pero que arrastraba un peso evidente, como una piedra atada al tobillo. Sus palabras flotaron en el aire entre ellos, rompiendo el hechizo de quietud.
Milena dejó el vaso sobre una mesa auxiliar de acero con un golpe seco que sonó estridente en la inmensidad vacía. Se frotó las sienes con las yemas de los dedos, como si pudiera masajear la confusión que nublaba su mente.
—Yo tampoco esperaba que volvieras—respondió, sin mirarlo directamente, fijando la vista en una mancha roja en el lienzo que le recordaba a un corazón abierto—. Pensé que ya te habías ido. Pensé que habías entendido el mensaje.
Sebastián se detuvo frente a ella, a una distancia lo suficientemente cercana para sentir la tensión que emanaba de su cuerpo, pero lo bastante lejos para respetar la barrera invisible que ella había erigido. Su mirada se posó en su rostro cansado, en las ojeras que delataban noches en vela, en la comisura de sus labios, que solía curvarse en una sonrisa fácil y que ahora era una línea tensa.
—Me quedé pensando...—comenzó, su voz más baja—. En cómo te vi esta noche. Tan segura, tan dueña de cada palabra, de cada gesto. Tan... distinta a la mujer que desayuna conmigo los domingos. Era como si estuvieras en tu elemento, respirando el aire que te fue destinado. —Hizo una pausa, tragando en seco. El recuerdo era dulce y agudo a la vez—. Y luego te vi con él. En ese rincón, riendo. Y la luz en tus ojos era... distinta.
Milena cerró los ojos un instante, apretándolos con fuerza, como si quisiera borrar la imagen que él evocaba, o tal vez para aferrarse a ella con más fuerza en la privacidad de su oscuridad.
—No fue lo que parece, Sebastián. Damián solo... estaba hablando conmigo. Sobre proyectos, sobre futuro. Sobre Berlín.
—¿Berlín? —Sebastián repitió la palabra como si fuera un golpe inesperado en el estómago, una sílaba que contenía continentes de distancia y un abismo de posibilidades que no lo incluían.
—Sí —Ella lo miró al fin, y en sus ojos había una mezcla desgarradora de culpa y una determinación feroz, recién descubierta—. Me ofreció una oportunidad, Sebastián. Una residencia artística de seis meses. Taller, contactos, una plataforma en la escena europea. No es solo una exposición, es... es una puerta que podría cambiarlo todo. Todo.
Sebastián frunció el ceño, su mente de arquitecto, acostumbrada a cálculos y planos precisos, intentando procesar esa variable imprevista, ese diseño que amenazaba con tumbar la estructura de su vida compartida.
—¿Y qué te dijo exactamente?—preguntó, aunque supo de inmediato que la pregunta era superficial, un mero formalismo. Lo que realmente quería escudriñar, lo que anhelaba con desesperación, era lo que ella había sentido al escuchar esas palabras, qué ecos habían despertado en su alma.
Milena respiró hondo, inflando sus pulmones con el aire enrarecido de la galería, buscando valor.
—Que debería pensar en mí en el futuro de mi hija. En mi carrera. Que no pidiera permiso para soñar en grande. Que... —su voz se quebró un instante— que el amor no debería ser una cadena, sino un trampolín.
El silencio volvió a caer entre ellos, pero esta vez era pesado, denso, casi insoportable, como una losa de mármol. Sebastián dio un paso al frente, reduciendo la distancia hasta que pudo ver las diminutas grietas en el lápiz labial de ella, las partículas de polvo de tiza atrapadas en su suéter negro.
—¿Y tú crees eso?—su voz era apenas un susurro, pero cargado de una vulnerabilidad que la hacía temblar—. ¿Crees que estar conmigo, que lo que hemos construido, te ata? ¿Te impide volar?
Milena titubeó. Sus labios, pálidos sin el carmín que se había borrado a lo largo de la noche, temblaron antes de formar las palabras, como si cada sílaba fuera una traición.
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Editado: 23.11.2025