Refugio Inesperado

Capítulo 35

El aterrizaje fue brusco, un golpe seco de realidad contra el asfalto que hizo vibrar todo el fuselaje y, de paso, los últimos nervios de Milena. Cada bache de la pista era una sacudida que parecía gritarle "¡despierta!". Mientras los pasajeros se apresuraban a recuperar sus pertenencias del compartimiento superior, ella permaneció sentada, inmóvil, observando cómo Damián revisaba su teléfono con una concentración absoluta. Ya no era aquel hombre atento; era el ejecutivo que había concluido una misión, aunque esta hubiera terminado en fracaso.

—¿Necesitas ayuda con tu maleta? —preguntó él, sin levantar la vista de la pantalla, su voz era un eco plano y profesional.

—No —respondió Milena, con una frialdad que le sorprendió—. Puedo con mis propias cosas.

Él asintió, un gesto casi imperceptible, y se incorporó. El silencio entre ellos era tan denso que parecía tener peso propio. Caminaron por la pasarela y luego por los interminables corredores del aeropuerto como dos extraños que casualmente compartían rumbo. En la cinta de equipajes, mientras esperaban, Damián intentó un último acercamiento, quizás movido por un resto de culpa o por simple protocolo.

—Milena, mira... sobre lo que pasó...

Ella lo interrumpió, girándose para mirarlo directamente a los ojos por primera vez desde la discusión en el hotel. Su mirada era un bloque de hielo.

—No hace falta, Damián. Ya no hay nada que hablar. Tienes tu reunión, yo tengo una mi vida. Es mejor que cada uno siga su camino.

—Pero podríamos... —él titubeó, buscando palabras que ya no tenían poder—. Podríamos hablar en unos días, cuando las cosas se calmen.

—No hay nada que calmar —cortó ella, viendo su maleta acercarse por la cinta—. Solo hay que aceptar. Y yo ya acepté que fuiste un error. Uno muy costoso, pero un error al fin.

Tomó su maleta con un gesto firme y comenzó a caminar hacia la salida, sin volver la vista atrás. No necesitaba hacerlo para saber que Damián no la seguiría. Su orgullo y su agenda eran más importantes.

El trayecto en taxi hacia la casa de sus padres fue un viaje a través de un paisaje que conocía de memoria, pero que ahora se veía distinto, teñido por la capa gris de su fracaso. Las calles le parecieron más estrechas, las casas más modestas, y el cielo, cubierto por un manto de nubes bajas, parecía reflejar el peso en su pecho. Cada semáforo en rojo era una tortura, un recordatorio de que se acercaba al momento que más temía: la mirada de sus padres.

Cuando el taxi se detuvo frente a la casa de dos plantas donde había crecido, un nudo de angustia y vergüenza se apretó en su garganta. Pagó al conductor y sacó su maleta, sintiendo cómo cada vecino invisible la observaba desde detrás de las cortinas. "Ahí va Milena", se imaginaba que dirían, "la que dejó todo por un hombre y volvió con la cola entre las piernas".

Antes de que pudiera buscar las llaves, la puerta se abrió. Su madre, estaba allí, con el delantal puesto y los ojos enrojecidos. Sin mediar palabra, abrió los brazos. Milena se dejó caer en ellos, y por primera vez desde que su decisión le había destrozado el mundo, rompió a llorar sin control, con sollozos profundos que le sacudían el cuerpo.

—Shhh, ya, mi niña, ya estás en casa —murmuró su madre, acariciándole el pelo—. Aquí estás a salvo.

—Lo arruiné todo, mamá, confíe en un hombre, y no funcionó —logró decir Milena entre lágrimas—. Todo. Fui tan estúpida.

—Cállate, no digas eso. Eres confiada, que es distinto. Y ese hombre... ese hombre no merecía ni la suela de tus zapatos.

Entraron en la casa, con su olor a comida casera y a piso limpio, un aroma que era el antídoto perfecto para el perfume artificial de los hoteles de lujo. La maleta de Milena quedó abandonada en el recibidor, como un trofeo de una guerra perdida.

—Tu padre está en su estudio —dijo su madre, con un tono de advertencia—. Está... bueno, ya sabes cómo se puso con todo esto.

Milena asintió, enjugándose las lágrimas. Sabía perfectamente a lo que se refería. Respiró hondo, tomando valor. No podía postergarlo. Caminó por el pasillo familiar hasta la puerta del estudio, desde donde se filtraba el tenue resplandor de una lámpara de trabajo y el sonido de la radio sintonizada en una emisora de noticias. Empujó la puerta suavemente.

Su padre, estaba sentado en su sillón de trabajo, viendo documentos con paciencia infinita. El aire olía a madera, barniz y tabaco. No alzó la vista cuando ella entró, pero su espalda se tensó visiblemente. El silencio se extendió, roto solo por el roce de la si mano en los papeles que leía sobre la mesa.

—Hola, papá —dijo Milena, con una voz aún temblorosa.

Él no respondió de inmediato. Dio tres golpes a la mesa, y luego dejó los documentos a un lado. Solo entonces alzó la vista. Sus ojos, desgastado por los años, la observaron sin expresión.

—Ya veo que volviste —comentó.

—Sí.

—¿Y el príncipe azul? ¿No venía a presentar sus respetos? O que era todo un engañó —preguntó, con una ironía que cortaba como sierra.

—No, papá. No viene. No vendrá.

Su padre asintió, como si esa fuera la respuesta que esperaba. Se levantó y se acercó a una mesa donde tenía una taza de café frío.




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