La cena fue un remanso de paz interrumpido. Mientras la sopa de verduras de su madre calmaba su estómago en revoltijo, un sonido agudo y quejumbroso empezó a bajar por las escaleras. Un llanto débil, de protesta cansada, que le atravesó el alma a Milena como un cuchillo. Laura, su madre, se levantó de inmediato.
—Es la nena —dijo, con esa calma práctica que Milena había olvidado—. Seguro que tiene gases.
—Yo voy —se ofreció Milena, levantándose tan rápido que las rodillas le flaquearon.
Subió los peldaños de dos en dos, con el corazón golpeándole el pecho. Empujó la puerta de la habitación que fue suya. Ahora, en el centro, había una cuna de viaje. Y dentro, envuelta en un pelele suave, estaba su hija. Mía. Solo tres meses. Su carita estaba enrojecida por el llanto, sus pequeños puños se agitaban en el aire.
—Shhh, mi vida, mi amor, ya está mamá aquí —susurró Milena, levantándola con una ternura que le hacía temblar las manos.
La sensación del pequeño cuerpo cálido y vulnerable contra su pecho fue un aluvión de emociones contradictorias: un amor feroz y abrumador, mezclado con una culpa tan profunda que le cortó la respiración. Había dejado a esta criatura que dependía totalmente de ella. Se había ido.
Mía se calmó casi al instante, buscando instintivamente su calor, el olor que asociaba con la seguridad. Unos pequeños ojos claros, aún llenos de lágrimas, la miraron con una confianza absoluta que a Milena le partió el alma.
—Lo siento, mi niña, lo siento tanto —murmuró contra su suave cabecita, meciéndola—. Mamá no te va a dejar nunca más.
Bajó con la bebé en brazos, una imagen que le resultaba a la vez natural y desgarradora. Su padre, Ricardo, la observó desde la mesa. Su mirada no era de reproche, sino de una preocupación profunda y silenciosa.
—Duerme poco desde que te fuiste —comentó su madre, con suavidad, al ver a la nieta tranquila—. Lo notaba. Los bebés lo sienten todo.
Cada palabra era un recordatorio de su ausencia. Milena se sentó, acunando a Mía, que empezó a adormilarse, aferrándose con una manita al dedo de su madre. Era un peso minúsculo y a la vez el más grande del mundo.
Una vez que Mía volvió a dormirse profundamente y la acostaron en la cuna, Milena respiró hondo. El consejo de su padre resonaba: "Tienes que llamar a Sebastián". Tomó el teléfono. Su pulgar se cernió sobre su contacto. Sebastián, al que siempre estaba allí, y lo había abandonado por una ilusión. La persona a la que había convencido, tras largas y dolorosas conversaciones, de que este viaje con Damián era una "oportunidad única", para su vida. Le había prometido videollamadas diarias, promesas que se fueron espaciando hasta casi desaparecer en el torbellino de decepciones del viaje. Marcó el número.
El teléfono sonó varias veces. Finalmente, se escuchó la voz de Sebastián, pero no su habitual tono sereno. Sonaba tenso, con el runrún de un noticiero de fondo.
—Milena. ¿Estás en casa? —preguntó, sin preámbulos.
—Sí. Estoy en casa de mis padres. Con Mía.
—Que bien —cortó él, secamente—. Que paso con el viaje con los sueños.
Milena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies
—No era lo que pensaba Sebastián. Necesitamos hablar.
—¿Qué vamos hablar Milena? —la voz de él se quebró, no de tristeza, sino de rabia contenida—. Te fuiste con un tipo que apenas conociste. Dejaste a tu hija de seis meses con tus padres, con una nevera llena de leche materna que extrajiste como si fueras a una guerra, para seguir a un hombre en un "viaje de negocios". Desapareciste y mira no duró mucho tu regreso. ¿Qué se supone que debo pensar? ¿Qué clase de madre...?
Se interrumpió, pero la palabra, "madre", había quedado colgando en el aire, envenenada.
—Sebastián, fue un error... un error terrible —tartamudeó, sintiendo la inutilidad de sus palabras—. Yo solo quería...
—¡No me importa lo que quisieras! —estalló él, y por primera vez Milena oyó el miedo detrás de la furia—. Me importa la seguridad de tu hija, y la tuya también. Y si eres capaz de abandonarla así, por un capricho, no puedo confiar en que esté segura de mi, de lo que pudimos intentar.
—¡No! —suplicó Milena, aferrándose al teléfono como a un salvavidas—. Sebastián, por favor. Lo siento, lo siento muchísimo. Fui una idiota, una ciega, pero no soy una mala mujer.
—Eso no lo sé Milena —respondió él, con una frialdad que la heló—. Vamos a dejar de vernos por un tiempo, hasta estar seguros Milena.
La llamada se cortó. Milena se dejó caer en la silla de la cocina, temblando de pies a cabeza. El silencio era ensordecedor. De pronto, un suave llanto volvió a bajar de la habitación. Mía. Como si hubiera sentido el terremoto que acababa de destruir el mundo de su madre.
Al día siguiente, el domingo amaneció gris y pesado. Milena no había pegado ojo, acurrucada junto a la cuna de su hija, vigilando cada suspiro. A las nueve en punto, un coche se detuvo frente a la casa. Sebastián bajó. Iba pálido, con ojeras marcadas, pero su expresión era de una determinación férrea.
Abrió la puerta su madre, su padre Ricardo se plantó a su lado, una presencia sólida y protectora.
—Sebastián —saludó el padre de Milena, con gravedad.
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Editado: 23.11.2025