La promesa de una semana resonaba en los oídos de Milena como el tictac de una bomba. El lunes había pasado en un silencio tenso, roto solo por los arrullos y el llanto de Mía. El martes al mediodía, el sonido del coche de Sebastián en la gravilla la hizo estremecer. Esta vez, no bajó con la determinación férrea del domingo. Su andar era más lento, casi vacilante.
Fue el propio Ricardo quien, tras mirar por la ventana, le dijo a su hija con una calma que no admitía discusión:
—Ve tú. Es él. Recíbelo sola.
Milena, con Mía dormida contra su hombro, abrió la puerta antes de que él llamara. Sebastián estaba allí, pálido, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo. No parecía el hombre exitoso y seguro de sí mismo, sino alguien profundamente perdido.
—Hola —murmuró él, su mirada yendo directamente a la pequeña que dormía plácidamente.
—Pasa, por favor —dijo Milena, apartándose para dejarle espacio.
Cerró la puerta y se dirigieron a la salita de estar, lejos de la cocina donde sus padres podían oírlos. El silencio no era el de la rabia, sino el de un agotamiento compartido. Sebastián se dejó caer en el sofá, como si las piernas ya no pudieran sostenerle.
—No he podido trabajar —confesó de pronto, mirando al vacío—. He estado sentado en mi despacho, mirando la pantalla, y solo veía tu carita Milena. La tuya, el día que te fuiste, llena de una... euforia que yo ya no te provocaba.
Milena se sentó frente a él, acunando a Mía con un suave balanceo.
—No era euforia, Sebastián. Era pánico. Pánico a quedarme atrapada en una vida que sentía que me comía viva. Y fue un error catastrófico buscar la salida donde lo hice.
Él negó con la cabeza, no para desmentirla, sino como si intentara sacudirse un pensamiento.
—Cuando te conocí, estabas rota. Tu familia... ese hombre que nos hizo daño Marco. Yo te refugie en casa cuando te encontré en la calle. Literalmente. Te construí un mundo seguro a tu alrededor. Y pensé... pensé que era suficiente. Pero al final. Dejaste al hombre "aburrido" que te daba estababilidad por el "emocionante" que resultó ser otro desastre. ¿Es eso lo que soy para ti, Milena? ¿El aburrido consuelo después de la tormenta?
La pregunta, planteada con una crudeza tan vulnerable, le dio en el alma. No era un reproche, era una duda existencial que lo estaba carcomiendo.
—No —respondió ella, con una firmeza que nació de lo más hondo—. Eres lo único real que he tenido en mi vida. Damián no era emocionante, era un espejismo. Tú... tú eres la persona con la que quería ver crecer a nuestra hija. La persona con la que, en medio del cansancio y los pañales, aún podía reírme a las 3 de la madrugada. Lo echaba de menos, Sebastián. A ti. A nosotros. Y en mi estupidez, pensé que buscando fuera encontraría lo que ya tenía dentro.
Mía se removió en su sueño, emitiendo un pequeño quejido. Sebastián extendió los brazos, un gesto instintivo, y Milena, tras una breve vacilación, se levantó y depositó suavemente a la bebé en ellos. Él la acogió como si fuera la cosa más preciosa del mundo, ajustando su posición con una ternura infinita. Ver a aquel hombre fuerte, desarmado por la duda, sosteniendo a su hija con tanto cuidado, fue más poderoso que cualquier discurso.
—Tengo miedo —susurró Sebastián, mirando a Mía—. Miedo a confiar y que un día, cuando la monotonía vuelva a apretar, te vuelvas a ir. No sé si puedo sobrevivir a eso otra vez. Y no sé si ella podría.
—Yo también tengo miedo —admitió Milena, arrodillándose frente a ellos, a su altura, sin tocarles, solo mostrándose—. Miedo a que nunca vuelvas a mirarme como antes. Miedo a no ser suficiente para las dos personas que más amo. Pero mi miedo no es una excusa. Es mi motivación.
Se levantó y fue a la mesita de centro, donde había dejado una carpeta. Se la tendió a Sebastián.
—¿Qué es esto?—preguntó él, con recelo.
—No son excusas. Son hechos. Ayer llamé a una terapeuta. Tengo una cita individual mañana. Y otra para mí, con una especialista en depresión posparto. Porque creo... no, estoy segura, de que gran parte de esto empezó ahí, y yo no quise verlo. Las cosas que me pasaron fueron tan apresuradas.
Sebastián observó los papeles, luego a Milena, arrodillada ante él con una dignidad frágil pero palpable, y finalmente a Mía, que dormía en sus brazos, ajena a la tormenta. La rabia se había disuelto, dejando paso a una profunda tristeza y a una chispa de... ¿esperanza?
—No te estoy pidiendo que me perdones —dijo Milena, leyendo su conflicto—. Te estoy pidiendo que me permitas demostrarte que puedo ser la pareja y la madre que tú y Mía merecéis. Ya no la chica rota que rescataste, sino la mujer que, gracias a ti, aprendió a ser fuerte y ahora quiere usar esa fuerza para construir, no para huir.
Sebastián suspiró, un sonido largo que parecía llevar toda la carga de los últimos meses. Con la mano libre, la que no sostenía a Mía, alcanzó la mano de Milena que reposaba en el brazo del sofá. No fue un apretón de reconciliación, sino un contacto, un primer y titubeante puente.
—Lee la carpeta —fue lo único que dijo, su voz ronca por la emoción—. Y... hablamos de ello mañana.
Era poco, pero era infinitamente más de lo que Milena esperaba. No era un "sí", pero había dejado de ser un "no" rotundo. Mía, en brazos de Sebastián, sonrió levemente en sueños, como si aprobara ese frágil y nuevo comienzo.
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Editado: 23.11.2025