Refugio Inesperado

Capítulo 38

La aceptación de Sebastián a quedarse a cenar se instaló en la casa como un delicado cristal que todos, incluidos los padres de Milena, se esforzaron por no romper. El ambiente perdió varios grados de tensión, reemplazados por una cautela expectante.

Ricardo, desde su butaca en la salita, observó cómo su hija se movía por la cocina con una energía que no le había visto en meses. No era la euforia nerviosa de antes, sino una determinación serena. Su esposa, Clara, le lanzó una mirada elocuente desde el sofá, donde tejía una pequeña manta. Un silencio de complicidad se extendió entre ellos, un alivio mudo al ver una chispa de esperanza en los ojos de Milena.

—Voy a ayudar a mi hija —anunció Ricardo, levantándose con un leve quejido de sus huesos—. Tú quédate aquí, amor. Demasiados cocineros echarán a perder el caldo, y este... este caldo es demasiado importante.

Su esposa asintió con una sonrisa triste. "Tiene razón", pensó. "Esta no es una cena cualquiera. Es un sacramento laico, un intento de resucitar lo muerto".

En la cocina, Milena sacaba los ingredientes para el pesto con manos que apenas temblaban. El simple acto de picar ajo y albahaca le resultaba terapéutico, un ritual de normalidad al que aferrarse.

—¿Necesitas ayuda, hija? —preguntó Ricardo, deteniéndose en el umbral.

Ella se volvió, y por un instante, Ricardo vio en sus ojos a la niña que había sido, siempre buscando aprobación. —No, papá. Está bien. Quiero hacerlo yo.

—Él se ha quedado —dijo Ricardo, acercándose y apoyándose en la encimera. Su voz era un susurro ronco—. Eso es algo. Algo grande.

—Es solo una cena, papá.

—No —negó él, con la sabiduría de quien ha visto caer y levantarse muros—. No lo es. Es la primera piedra. Y las primeras piedras son las que más cuesta colocar. ¿Estás segura de lo que haces, Milena? No por él, sino por ti.

Milena dejó el cuchillo y miró a su padre directamente.

—Nunca he estado tan segura de algo en mi vida. Sé que lo arruiné todo. Sé que el camino es largo. Pero lo que siento por él... y por Mía... es lo único real que tengo. No voy a huir otra vez.

Ricardo asintió, una profunda emoción brillando en sus ojos.

—Entonces, ponle mucho ajo al pesto. Me parece que va ese chico le gusta fuerte. —Le apretó el hombro con cariño y salió de la cocina, dejándola con su batalla personal y sus hierbas aromáticas.

Mientras, en la salita, Sebastián se había sentado de nuevo en el sofá, con Mía ahora despierta y alerta en su regazo. La miraba fascinado, como si intentara memorizar cada uno de sus pequeños gestos. La madre de Milena se acercó con discreción.

—Es una niña muy despierta —comentó suavemente, sin querer intrusivar, pero incapaz de permanecer ajena al hechizo de su nieta.

Sebastián alzó la vista y le dedicó una sonrisa tensa pero educada.

—Sí. Tiene... sus ojos. Los de Milena.

—Y una determinación —añadió ella, sentándose a su lado—. Cuando quiere algo, no hay quien la pare. Como alguien que conozco.

Sebastián comprendió la indirecta.

—La determinación es un arma de doble filo, señora. Puede usarse para construir o para destruir.

—Y también para reconstruir —replicó Clara con suavidad—. Lo importante no es el desastre, sino lo que se hace con los escombros. Ella está intentando juntar los suyos, Sebastián. Con las manos sangrando, pero lo está intentando.

Él bajó la mirada hacia Mía, que agarraba con fuerza su dedo.

—Lo sé. Y por eso estoy aquí. Pero el miedo... es un compañero muy persistente.

—El amor también —susurró la madre de Milena antes de levantarse—. La cena estará lista pronto. Disfruta de la cena.

Sebastián se quedó solo, con el eco de las palabras de su suegra resonando en su interior. "El amor también". ¿Podría ser más fuerte que el miedo?

Poco después, la mesa del comedor estaba puesta. Un mantel sencillo, dos platos, una jarra de agua. Una simulación de normalidad que parecía gritar por lo forzada que era. Milena sirvió la pasta y se sentó frente a él. Los primeros m inutos transcurrieron en un silencio incómodo, roto solo por el sonido de los cubiertos.

—Está buena —dijo al fin Sebastián—. La pasta. Muy buena.

—Gracias —respondió Milena, un punto de alivio en su voz—. La albahaca es del pequeño huerto de mamá.

Otro silencio. El peso de "hablar de otra cosa" resultaba abrumador.

—He leído... —empezó Sebastián, limpiándose la boca con la servilleta— ese artículo sobre la nueva exposición en el Reina Sofía. Parece interesante.

—¿En serio? —preguntó Milena, demasiado rápido, demasiado ansiosa—. No... no he tenido tiempo de leer nada.

—Ya. —Él jugueteó con su tenedor.—

Bueno pronto tendrás.

—Sí —susurró ella, una punzada de nostalgia atravesándole el pecho—. Recuerdo que una vez discutimos durante una hora sobre si un lienzo en blanco era arte o una tomadura de pelo.

—Y al final decidimos que era ambas cosas —completó él, y por primera vez, una sonrisa genuina, aunque leve, asomó a sus labios.




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