Seis años después
El viento salado del Atlántico jugueteaba con los flequillos dorados de Liam, que corría por la playa con la energía incontenible de sus cuatro años, su pequeña pala de plástico blanca alzada como un estandarte. Detrás de él, con pasos más torpes pero con igual determinación, Mía, ahora una niña de seis años con las trenzas al viento, gritaba: «¡Liam, espera! ¡La ola se va a llevar nuestro castillo!».
Sebastián observaba la escena desde la arena, una sonrisa tranquila grabada en su rostro. Las arrugas alrededor de sus ojos, cinceladas por el sol y la risa, ya no hablaban de preocupación, sino de días bien vividos. Su mirada se desvió hacia la casa. No era la fortaleza imponente de sus sueños pasados, sino una cabaña de madera y piedra, encaramada en el acantilado sobre la playa, con grandes ventanales que miraban de frente al océano. El Refugio. Así lo habían bautizado el día que firmaron la compra.
Desde su interior, a través de la ventana abierta, llegaba el aroma a guiso de su suegra y el sonido de la voz de Milena, tejiéndose con el rumor de las olas.
—¡Sebas! ¡Que la pasta se pasa! ¿Puedes vigilar el horno? ¡Yo no salgo de aquí hasta que esta crema chantillí no esté a punto de nieve!
Él sonrió. Era el grito de guerra de los sábados en familia: la cocina era un campo de batalla dulce y salado, y Milena, su general indómita. Se levantó, sacudiéndose la arena de los pantalones, y entró.
El interior era cálido, desordenado y lleno de vida. Juguetes de madera esparcidos por la alfombra, dibujos de soles con rostros sonrientes pegados con imanes en la nevera, y una larga mesa de pino donde, más de una vez, se habían decidido cosas importantes entre café y galletas. Sebastián se acercó al horno y comprobó la lasaña. Estaba burbujeante y dorada, perfecta.
—Tres minutos más y está —anunció.
Milena apareció en el umbral de la cocina, con un delantal manchado de harina y chocolate, y mechones de pelo escapándose de su moño. En sus manos, dos cuencos de acero. En uno, unas claras de huevo empezaban a formar picos firmes. En el otro, una crema amarilla y espesa.
—Perfecto. Porque esta va a ser la tarta de cumpleaños de Liam que marcará un antes y un después en la historia de la repostería de esta casa —declaró, con una chispa de desafío en los ojos que a Sebastián aún le quitaba el aliento.
—¿La de vainilla con forma de tren, o la hemos actualizado a hyperloop? —preguntó él, acercándose y rodeando su cintura con los brazos por detrás.
—Tren. Clásico y atemporal, como su padre —respondió ella, inclinando la cabeza hacia atrás para apoyarla en su hombro—. Aunque su padre, últimamente, se está volviendo bastante impredecible.
Sebastián sabía a lo que se refería. Había dejado su estabilidad laboral en la ciudad para montar, junto a un socio, un pequeño estudio de diseño sostenible aquí, en la costa. Un riesgo. Una locura, según algunos. La decisión más sensata de su vida, según él.
—Impredecible, pero presente —murmuró él, enterrando la nariz en su cabello—. Siempre presente.
El silencio cómodo que siguió fue interrumpido por el tableteo de la lluvia que empezó a caer de repente, golpeando suavemente los ventanales. En la playa, las risas de los niños se convirtieron en gritos de alegría al desafiar el chaparrón.
—¡Papá, mamá! ¡Está lloviendo! —gritó Mía, corriendo hacia la casa con Liam de la mano, ambos empapados y con los ojos brillantes de emoción.
Fue en ese momento, con la lluvia acariciando los cristales y el caos alegre de los niños inundando la sala, cuando Sebastián sintió la plenitud con una intensidad que le cortó la respiración. No era una felicidad perfecta, pulida, como un diamante. Era áspera, húmeda, llena de gritos y quehaceres. Era real.
Más tarde, con los niños dormidos, exhaustos tras la batalla campal con la lluvia y la tarta de tren (un éxito rotundo), Sebastián y Milena se sentaron en el sofá frente a la chimenea. La tormenta había amainado, dejando un cielo limpio y estrellado.
—¿Recuerdas —dijo Milena, con la cabeza apoyada en su hombro y una manta sobre ambos— cuando bajo la lluvia me encontré, en aquel sitio frío con Mía en brazos.
Sebastián soltó una risa baja.
—Sí. Lo recuerdo. Como si dos personas pudieran ser una sola.
—Ahora sé que el amor no es no tener secretos —continuó ella, jugueteando con el anillo de la piedra de playa que siempre llevaba—. Es tener la certeza de que, cuando un secreto o un miedo sea tan grande que tenga que salir, el otro lo va a recibir sin que el mundo se desmorone. Como cuando me dijiste que tenías pánico a que este cambio de vida, el estudio, fuera un error y nos arruinara.
—Y tú me dijiste: «¿Y qué? Si nos arruinamos, vendemos la casa y nos vamos a vivir a una caravana. Mía y Liam pensarán que es la mayor aventura». —La voz de Sebastián se cargó de emoción—. Eso… eso me salvó. No fue un «no te preocupes, todo irá bien». Fue un «pase lo que pase, estaremos bien».
—Porque lo estamos —afirmó Milena, con una sencillez que era el fruto de años de trabajo—. No somos los mismos que se prometieron forever en aquel parque. Somos más fuertes. Y más débiles, también. Pero sabemos que la fuerza del otro está ahí para sostener nuestra debilidad.
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Editado: 23.11.2025