Regalos de amor bajo el árbol©

Capítulo 1

     

Despierta al escuchar la dulce voz de su mamá. Abre sus ojos poco a poco con la dulzura que caracteriza a una niña de seis años. Sonríe, el rostro iluminado de Ana la hace sentir un baile en el corazón.

Suelta a su pequeño oso con el que duerme, besa a su mamá y se sienta en el borde de la cama para ponerse sus pantuflas de conejo. Sonríe y emocionada mira a mamá tras reconocer el olor a panqueques.

—¡Los hiciste! —Corre a toda prisa hasta llegar a la cocina, se acerca a la estufa cuidando de no correr peligro y vuelve a olfatear; sí, mamá hizo los panqueques que más le encantan en el mundo. Jala la silla un poco y sube al lugar de siempre, ese que por costumbre ocupa en la mesa.

Sostiene su tenedor esperando el plato que devorara. Es feliz por esos pequeños detalles que le hacen amena sus mañanas, es feliz por tener a mamá junto a ella, es feliz por despertar abrazada a su oso "Joy". Es feliz pero algo le hace falta y aunque todos crean que Natalia no lo piensa ni imagina, que vive en su mundo de juegos... a veces le falta el príncipe en el cuento.

—Vamos a desayunar para que no lleguemos tarde al colegio, Naty —dice Ana mientras sirve el alimento sobre los platos. Llena un vaso de leche sabor fresa y coloca el desayuno frente a la niña.

Ambas desayunan, y Ana solo se dedica a mirar a su hija. Esos segundos que le hacen desear tener la vida como ella: fácil y sencilla, sin complicaciones ni pensamientos negativos; quisiera ser tan inocente como las sonrisas de Natalia lo demuestran.

—Mamá —Natalia interrumpe los pensamientos de Ana. Bebe un sorbo de leche y continúa —¿Cuántos días faltan para Navidad? —habla sin prestar atención a nada que no sea su plato y esos deliciosos panes que come.

Sonríe—. Faltan... diez días, hija. ¿Ya tienes preparada tu carta que llevarás al árbol del centro? Recuerda que debes portarte bien o Papá Noel te traerá un pedazo de carbón.

—Sí, me he portado bien ¿verdad? —La mira y sonríe. La sonrisa más hermosa que nadie podría ver, de esas que mueven corazones en segundos.

—Sí mi vida, eso parece. ¿Qué le pedirás? —indagó Ana.

Natalia pensó—. No te puedo decir, si lo hago no me traerá nada de lo que escriba en mi carta... pero no será mucho, lo prometo.

Y era verdad porque Natalia no tenía pensado nada más que una sola cosa, la misma que sabía valdría mucho más que cualquier juguete o muñeca. Para ello hizo un plan metódico, una forma infalible en la cual Santa Claus no la ignoraría:

Primero, con sus ahorros y domingos, compraría seis sobres con estampillas.

Segundo, escribiría seis cartas iguales; aunque le doliera la mano, el deseo era mayor que todo.

Tercero y último, dejaría una en cada lugar que sabía Papá Noel visitaría: en el árbol enorme del centro, en su casa, en casa de los abuelos, otra la enviaría por globo y la última la mandaría por correo. Así Santa no podría decir que no.

«Después de la escuela compraré hojas de colores y sobres.» Pensó.

¿Cómo podría empezar la carta? Querido Santa. Estimado Santa (así dice su mamá cuando contesta el teléfono). Hola Papá Noel.

Sabía que su deseo sería difícil de conseguir o eso creía después de escuchar a su abuela decirle a mamá «Lo que más queremos siempre es difícil; así debe serlo o no lo valoraríamos ni amaríamos como merece. Lo complicado nos hace quererlo más.»

 




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