Regla #1: No Te Enamores De Tu Enemigo

Capitulo 3: Una Tregua

Llegué a la biblioteca diez minutos antes.

No porque estuviera emocionada por trabajar con Preston.

Por supuesto que no.

Simplemente odiaba llegar tarde.

Me senté en una de las mesas del fondo y saqué mis apuntes.

Cuatro minutos después, alguien dejó una botella de agua frente a mí.

—Llegas temprano.

Levanté la mirada.

Preston.

—Tú llegas tarde.

—Solo cuatro minutos.

—Eso es tarde.

Se sentó frente a mí.

—Buenos días para ti también.

—Son las cuatro de la tarde.

—Entonces buenas tardes.

—Eres imposible.

—Y tú eres demasiado seria.

Abrí mi cuaderno.

—¿Vamos a trabajar o vas a seguir hablando?

—Podemos hacer las dos cosas.

—Yo no.

Preston sonrió y acercó su silla.

—Bien. ¿Qué tenemos que hacer?

Le expliqué el proyecto mientras él escuchaba sorprendentemente atento.

Esperaba que hiciera bromas.

Que se distrajera.

Que intentara provocarme.

Pero no hizo nada de eso.

Durante casi media hora trabajamos sin discutir.

Hasta que Preston señaló una parte de mis apuntes.

—Esto está mal.

Levanté la cabeza lentamente.

—¿Qué dijiste?

—Que esto está mal.

—No está mal.

—Sí.

—No.

—Emma.

—Preston.

Nos quedamos mirándonos.

—Podemos comprobarlo —dijo finalmente.

Buscó la información en su portátil.

Unos segundos después se quedó callado.

Sonreí.

—¿Y?

—Está bien.

—¿Qué?

—Tenías razón.

Sonreí todavía más.

—¿Puedes repetirlo?

—No.

—Vamos.

—Ni siquiera pienses en pedirlo.

—Quiero escucharlo otra vez.

Preston cerró el portátil.

—Tenías razón.

—Gracias.

—No te acostumbres.

Solté una pequeña risa.

Él me miró.

Y durante unos segundos ninguno dijo nada.

Había algo extraño en su expresión.

No era la sonrisa burlona de siempre.

Parecía… tranquilo.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Me estás mirando.

—¿No puedo?

—Normalmente no.

Sonrió ligeramente.

—Quizá estoy intentando descubrir cómo eres cuando no estás enfadada conmigo.

—¿Y?

—Todavía no lo sé.

Aparté la mirada y fingí concentrarme en mis apuntes.

—Deberías concentrarte en el proyecto.

—Sí, jefa.

—No soy tu jefa.

—Todavía.

Negué con la cabeza.

—Nunca vas a cambiar.

—Probablemente no.

Terminamos de organizar el trabajo cuando empezó a llover.

Miré por la ventana.

—Genial.

—¿No trajiste paraguas?

—No.

Preston tomó su mochila.

—Yo sí.

—No necesito que me acompañes.

—No dije que fuera a acompañarte.

Lo miré.

Él levantó una ceja.

—Pero si quieres, podemos compartirlo.

—¿Por qué harías eso?

Se encogió de hombros.

—Porque está lloviendo.

No sabía qué responder.

Finalmente asentí.

Salimos de la biblioteca juntos.

El paraguas apenas cubría a los dos, así que terminamos caminando bastante cerca.

Demasiado cerca.

Nuestros hombros se rozaban cada pocos pasos.

—Esto es incómodo —murmuré.

—¿Por qué?

—Porque estás demasiado cerca.

—Tú eres la que se está acercando.

Lo miré indignada.

—¡Estoy intentando no mojarme!

—Entonces quédate ahí.

Sonrió.

Continuamos caminando.

Por primera vez, no discutimos.

No hubo insultos.

No hubo competencia.

Solo nosotros dos caminando bajo la lluvia.

Cuando llegamos a la entrada de mi casa, me giré hacia él.

—Gracias.

—De nada.

Me quedé esperando alguna broma.

Pero no llegó.

—Nos vemos mañana —dijo.

—Sí.

Preston comenzó a alejarse.

—¡Hayes!

Se giró.

—¿Qué?

—Mañana tenemos que terminar la presentación.

—Lo sé.

Sonrió.

—No te librarás de mí tan fácilmente, Carter.

Entré a casa sonriendo.

Y odié admitirlo, incluso para mí misma:

quizá Preston no era tan insoportable cuando dejaba de intentar serlo.

Aunque aquello no significaba nada.

Absolutamente nada.

Porque seguía siendo mi enemigo.

¿Verdad?




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