Al día siguiente decidí que necesitaba recuperar el control.
Preston Hayes estaba empezando a resultar demasiado fácil de soportar.
Y eso era peligroso.
Durante años había sabido exactamente qué esperar de él: una provocación, una sonrisa arrogante y algún comentario que me hiciera querer lanzarle un libro a la cabeza.
Pero después de la tarde anterior…
No podía dejar de pensar en aquel momento bajo el paraguas.
En la forma en que había caminado a mi lado sin burlarse de mí.
En su sonrisa.
Y, sobre todo, en lo fácil que había sido estar cerca de él.
—¿Por qué estás sonriendo? —preguntó Sophie.
Levanté la mirada.
—No estoy sonriendo.
—Sí estás sonriendo.
—No.
Sophie me observó durante unos segundos.
—Estás pensando en Preston.
Cerré inmediatamente mi cuaderno.
—No.
—Emma.
—Sophie.
—Te conozco.
—Y yo te conozco a ti. Así que sé que estás intentando molestarme.
Ella sonrió.
—Funcionó.
Antes de que pudiera responder, alguien dejó una carpeta sobre mi mesa.
—Buenos días.
No necesitaba levantar la mirada para saber quién era.
Preston.
—¿Qué quieres?
—Buenos días para ti también.
—Ya te saludé ayer.
—Eso fue ayer.
Lo miré.
Llevaba el uniforme ligeramente desordenado, la mochila sobre un hombro y esa sonrisa que parecía aparecer cada vez que conseguía hacerme perder la paciencia.
—Tenemos que terminar la presentación —dijo.
—Lo sé.
—¿Después de clases?
—Está bien.
Preston asintió y se marchó.
Sophie esperó hasta que estuvo lo suficientemente lejos.
—Definitivamente pasa algo.
—No pasa nada.
—Te miró diferente.
—Me mira igual que siempre.
—No.
—Sí.
Sophie negó con la cabeza.
—Algún día vas a darte cuenta.
—¿De qué?
—De que quizá no lo odias tanto como crees.
Solté una carcajada.
—Eso nunca va a pasar.
Después de clases nos reunimos nuevamente en la biblioteca.
Esta vez Preston llegó puntual.
—Estoy impresionada —dije.
—¿Por qué?
—Pensé que llegarías tarde.
—Quería sorprenderte.
—Lo conseguiste.
Se sentó frente a mí.
Trabajamos durante casi una hora.
Todo iba perfectamente hasta que Preston se levantó para buscar un libro.
Cuando regresó, dejó varios ejemplares sobre la mesa.
—Creo que este nos sirve.
Estiré la mano para tomarlo al mismo tiempo que él.
Nuestros dedos se rozaron.
Fue apenas un segundo.
Pero ninguno apartó la mano inmediatamente.
Levanté la mirada.
Preston también me estaba mirando.
El ruido de la biblioteca pareció desaparecer.
Sus ojos bajaron brevemente hacia mis labios.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Entonces Preston apartó la mano.
—Perdón.
—No pasa nada.
Volvimos a nuestros lugares.
Intenté concentrarme.
No pude.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—Estás roja.
—Hace calor.
Preston miró alrededor.
—La biblioteca está congelada.
—Entonces tengo frío.
Sonrió.
—Claro.
—Deja de mirarme.
—No te estoy mirando.
—Sí lo haces.
—Quizá.
Volví a mi cuaderno.
—Eres insoportable.
—Y tú te pones nerviosa muy fácilmente.
Levanté la mirada.
—No estoy nerviosa.
—Entonces mírame.
Lo hice.
Error.
Preston estaba más cerca de lo que había imaginado.
Nuestros rostros quedaron separados por apenas unos centímetros.
Ninguno dijo nada.
Mi corazón comenzó a latir demasiado rápido.
Preston respiró profundamente.
—Emma…
—¿Sí?
Su mirada volvió a caer sobre mis labios.
Por un instante pensé que iba a acercarse.
Pero se apartó.
—Tenemos que terminar el proyecto.
Parpadeé.
—Sí.
Volvimos al trabajo.
Pero algo había cambiado.
Los dos lo sabíamos.
Cuando terminamos, guardé mis cosas rápidamente.
—Nos vemos mañana.
—Emma.
Me detuve.
—¿Qué?
Preston sonrió.
—Nada.
—¿Entonces?
—Buenas noches.
Salí de la biblioteca intentando convencerme de que aquel momento no había significado nada.
Pero mientras caminaba hacia mi casa, una pregunta no dejaba de repetirse en mi cabeza:
¿Qué habría pasado si ninguno de los dos se hubiera apartado?
Y por primera vez, no estaba segura de querer saber la respuesta.
Aunque una parte de mí…
sí quería descubrirla.
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Editado: 30.08.2026