El lunes por la mañana me prometí tres cosas.
No pensar en Preston.
No buscarlo con la mirada.
Y, sobre todo, no recordar lo que me había dicho el viernes.
«Quiero ser yo quien esté a tu lado.»
Había repetido esas palabras tantas veces durante el fin de semana que empezaban a parecer una canción atrapada en mi cabeza.
—¿Sigues pensando en él? —preguntó Sophie.
—No.
—Ni siquiera dije su nombre.
—Pero ibas a hacerlo.
Sophie sonrió.
—Definitivamente estás pensando en Preston.
—Solo estoy intentando entenderlo.
—¿Qué hay que entender?
—Nada.
—Emma…
—¡Nada!
Sophie soltó una carcajada.
—Está bien.
Entramos al aula y tomé asiento.
Intenté concentrarme en la clase.
Hasta que alguien dejó un café sobre mi pupitre.
Levanté la mirada.
Preston.
—¿Qué es esto?
—Un café.
—Ya sé que es un café.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Lo miré.
—¿Por qué me lo das?
—Porque ayer dijiste que te gustaba.
Parpadeé.
Ni siquiera recordaba haberle dicho aquello.
—¿Te acuerdas?
—De algunas cosas.
—¿De algunas?
—De las importantes.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Aparté la mirada.
—Gracias.
Preston sonrió y se sentó en su lugar.
Después de clases nos reunimos para continuar con el proyecto.
Habíamos avanzado bastante y, por primera vez, trabajar juntos no resultaba terrible.
De hecho…
me estaba empezando a gustar.
—Creo que ya casi terminamos —dije.
—Sí.
Preston cerró su portátil.
—¿Quieres hacer algo después?
Lo miré sorprendida.
—¿Qué cosa?
—No sé. Comer algo.
—¿Me estás invitando a salir?
—No.
—Ah.
—Es decir… sí.
Sonrió.
—Pero no es una cita.
—No estaba pensando que fuera una cita.
—Bien.
—Porque no quiero que sea una cita.
—Perfecto.
—Perfecto.
Nos quedamos en silencio.
—Entonces… ¿vamos? —preguntó.
Asentí.
—Vamos.
Terminamos en una pequeña cafetería cerca del instituto.
Nos sentamos junto a la ventana.
—Esto es raro —dije.
—¿Qué cosa?
—Estar contigo sin discutir.
Preston sonrió.
—Podemos empezar a discutir si quieres.
—No.
—Entonces disfruta el momento.
Pedimos algo de comer y comenzamos a hablar.
No del instituto.
No del proyecto.
No de nuestras notas.
Simplemente hablamos.
Descubrí que Preston quería estudiar arquitectura.
Que le gustaba dibujar.
Que odiaba las películas de terror.
Y que tenía una obsesión inexplicable con las papas fritas.
—Nunca imaginé que fueras así —admití.
—¿Así cómo?
—Normal.
Se llevó una mano al pecho.
—Eso ha sido ofensivo.
Me reí.
—Lo siento.
—No, no lo sientes.
—Tal vez un poco.
Preston sonrió.
Y entonces me di cuenta de que llevaba varios minutos sonriendo también.
Cuando salimos de la cafetería, el sol comenzaba a bajar.
Caminamos juntos hasta la esquina donde nuestros caminos se separaban.
—Lo pasé bien —dije.
—Yo también.
—Aunque técnicamente esto no fue una cita.
—Por supuesto que no.
—Solo para aclararlo.
—Claro.
Preston dio un paso hacia mí.
—Pero podría serlo algún día.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
Sonrió.
—Buenas noches, Emma.
Y se marchó.
Me quedé observándolo alejarse.
No sabía qué me preocupaba más.
Que Preston pudiera estar empezando a gustarme…
o que yo ya no estuviera segura de querer evitarlo.
Porque quizá el problema no era que Preston estuviera dejando de ser mi enemigo.
Quizá el problema era que estaba empezando a convertirse en algo mucho más peligroso.
La persona que más quería tener cerca.
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Editado: 30.08.2026