No podía dejar de pensar en lo que Preston había dicho.
«Podría serlo algún día.»
Había pasado toda la noche repitiéndome que no significaba nada.
Preston solo estaba jugando conmigo.
Eso era lo que hacía siempre.
Provocarme.
Molestarme.
Hacerme perder la paciencia.
Pero entonces recordaba la cafetería.
Su sonrisa.
La forma en que me había escuchado.
Y comenzaba a dudar.
—Estás distraída —dijo Sophie durante el almuerzo.
—No.
—Sí.
—Estoy cansada.
Sophie apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Tiene algo que ver con Preston?
Suspiré.
—Quizá.
Sus ojos se iluminaron.
—¡Lo sabía!
—Baja la voz.
—¿Qué pasó?
Le conté lo de la cafetería.
Cuando terminé, Sophie tenía una sonrisa enorme.
—Eso fue una cita.
—No fue una cita.
—Comieron juntos, hablaron durante horas y caminaron hasta sus casas.
—No fue una cita.
—Emma, si no fue una cita, ¿qué fue?
Me quedé pensando.
—Una… salida.
Sophie soltó una carcajada.
—Claro.
Después de clases encontré a Preston apoyado contra mi casillero.
—¿Me estás esperando?
—Quizá.
—¿Por qué?
—Tenemos que terminar una parte del proyecto.
—Podías haberme enviado un mensaje.
—Podía.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Preston sonrió.
—Quería verte.
Mi corazón dio un salto.
—¿Para qué?
—Para molestarte.
—Ah.
Intenté ocultar mi decepción.
Pero Preston la notó.
—Aunque también quería preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Te gustaría salir conmigo el sábado?
Lo miré.
—¿Salir?
—Sí.
—¿Como amigos?
Preston se acercó un poco.
—¿Quieres que sea como amigos?
No supe qué responder.
—No lo sé.
—Entonces podemos descubrirlo.
—¿Y qué hacemos?
—Hay una feria cerca del parque.
Sonreí.
—Me gustan las ferias.
—Entonces es un sí.
—No he dicho que sí.
—Pero sonreíste.
—Eso no significa nada.
—Para mí sí.
Se alejó antes de que pudiera responder.
—¡Preston!
Se giró.
—¿Qué?
—El sábado.
—¿Sí?
Respiré profundamente.
—Está bien.
Su sonrisa apareció inmediatamente.
—Nos vemos entonces.
El sábado llegó demasiado rápido.
Me quedé frente al espejo durante varios minutos intentando decidir qué ponerme.
No era una cita.
Solo iba a salir con Preston.
Eso era todo.
Elegí unos jeans, una blusa sencilla y unas zapatillas.
Cuando llegué a la feria, Preston ya estaba allí.
—Llegas tarde.
—Llegas temprano.
—Son las cinco.
—Exactamente.
Sonrió.
—Estás bonita.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—Gracias.
—¿Nos vamos?
Asentí.
Caminamos entre los puestos, riéndonos y hablando.
Subimos a una atracción que terminó siendo mucho más aterradora de lo que parecía.
Cuando bajamos, Preston estaba riéndose.
—No te rías.
—Estabas gritando.
—¡Tú también!
—Yo no.
—Mentiroso.
—Puedes comprobarlo en el video.
—¿Grabaste eso?
—Por supuesto.
Intenté quitarle el teléfono.
—¡Dámelo!
Preston levantó el brazo.
—No.
—¡Preston!
Salté para alcanzarlo.
Él retrocedió.
Y ambos terminamos riéndonos.
Hasta que tropecé.
Preston me sujetó por la cintura.
De repente dejamos de reír.
Estábamos demasiado cerca.
Sus manos seguían alrededor de mi cintura.
Mis manos estaban apoyadas sobre su pecho.
Nos miramos.
—Emma…
—¿Sí?
Sus ojos bajaron lentamente hacia mis labios.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Por un instante pensé que iba a besarme.
Pero Preston se apartó.
—¿Quieres subir a la rueda de la fortuna?
Parpadeé.
—Sí.
Subimos.
Cuando llegamos arriba, las luces de la feria parecían pequeñas debajo de nosotros.
—Es bonito —susurré.
—Sí.
Miré hacia Preston.
Él no estaba mirando las luces.
Me estaba mirando a mí.
—¿Qué? —pregunté.
Sonrió.
—Nada.
—Deja de hacer eso.
—¿Qué cosa?
—Mirarme así.
—¿Así cómo?
No respondí.
Porque la verdad era que no quería que dejara de hacerlo.
Preston se acercó lentamente.
Esta vez ninguno se apartó.
Nuestros rostros quedaron a centímetros.
—Emma…
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podía escucharlo.
Entonces la rueda comenzó a moverse.
Nos separamos de golpe.
Los dos nos reímos nerviosamente.
—Supongo que tendremos que esperar —dijo Preston.
—Supongo.
Miré por la ventana.
No sabía qué iba a pasar entre nosotros.
Pero por primera vez…
estaba deseando descubrirlo.
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Editado: 30.08.2026