Regla #1: No Te Enamores De Tu Enemigo

Capitulo 11: Ya No Somos Enemigos

El lunes por la mañana entré al instituto intentando actuar con normalidad.

No funcionó.

Porque desde el viernes no podía dejar de pensar en Preston.

En la película.

En la manta.

En su sonrisa.

Y, especialmente, en el beso que me había dado en la mejilla.

—Estás sonriendo —dijo Sophie.

—No.

—Sí.

—Tengo una buena mañana.

—¿Por qué?

—Porque sí.

Sophie entrecerró los ojos.

—¿Tiene nombre?

La miré.

—No empieces.

—Preston.

—Sophie.

—Preston.

—¡No!

Ella soltó una carcajada.

—Definitivamente es Preston.

Antes de que pudiera responder, escuché una voz detrás de mí.

—Buenos días.

Me giré.

Preston.

—Buenos días.

Sophie nos miró alternativamente.

—Voy a dejarlos solos.

—¡Sophie!

Ella se marchó riendo.

Preston se acercó.

—¿Qué le pasa?

—Nada.

—Está sospechando algo.

—¿Y qué podría sospechar?

Preston sonrió.

—No sé. Tú dime.

—No hay nada que decir.

—Claro.

Se inclinó ligeramente hacia mí.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—¿Pensaste en mí?

Lo miré sorprendida.

—No.

—Mentira.

—¿Y tú?

—Sí.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Mucho?

—Bastante.

Sonrió y siguió caminando.

Yo me quedé unos segundos sin saber qué hacer.

En el almuerzo nos reunimos todos en nuestra mesa habitual.

Liam estaba hablando de un partido cuando Preston se sentó a mi lado.

No enfrente.

A mi lado.

Nuestros brazos se rozaron.

Sophie lo notó inmediatamente.

—¿Desde cuándo se sientan juntos?

Preston tomó una papa de mi plato.

—Desde ahora.

—Esa era mi papa —protesté.

—Ahora es mía.

—Eres insoportable.

—Pensé que ya no era tu enemigo.

—No abuses de tu suerte.

Todos comenzaron a reír.

Mason miró a Chloe.

—¿Soy el único que piensa que estos dos están saliendo?

—No —respondió Chloe.

Sentí que me ponía roja.

—No estamos saliendo.

Preston me miró.

—Todavía.

La mesa quedó en silencio.

—¿Todavía? —repitió Sophie.

Preston sonrió.

—Era una broma.

Le di una patada suave debajo de la mesa.

—¡Ay!

—¿Qué pasa? —preguntó Liam.

—Nada.

Preston me miró divertido.

—Emma es violenta.

—Te lo merecías.

Después de clases, Preston y yo nos reunimos para terminar el proyecto.

Esta vez no discutimos.

Terminamos la presentación y la revisamos juntos.

—Creo que está perfecta —dije.

—Yo también.

Cerré el portátil.

—Entonces terminamos.

—Sí.

Preston se quedó mirándome.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

Sonrió.

—Estaba pensando.

—¿En qué?

—En que hace unas semanas no soportabas estar cerca de mí.

—Todavía me desesperas.

—Pero ahora sonríes cuando me ves.

Bajé la mirada.

—Quizá.

Preston tomó mi mano.

Me quedé quieta.

Sus dedos se entrelazaron con los míos.

—¿Esto está bien? —preguntó.

Lo miré.

—Sí.

Sonrió.

Nos quedamos así durante unos segundos.

Sin hablar.

Sin bromas.

Sin competir.

Solo nosotros.

—Emma.

—¿Sí?

—Creo que me gustas.

Sentí que mi corazón se detenía.

Lo miré sin saber qué decir.

Preston parecía nervioso por primera vez desde que lo conocía.

—No tienes que decir nada —añadió rápidamente—. Solo quería ser sincero.

Sonreí.

—Tú también me gustas.

Preston soltó una pequeña risa.

—Eso fue más fácil de lo que esperaba.

—No te acostumbres.

—Nunca.

Se acercó lentamente.

Esta vez no hubo una rueda de la fortuna.

No hubo una interrupción.

No hubo una excusa.

Sus labios rozaron los míos en un beso suave.

Corto.

Pero suficiente.

Cuando nos separamos, ambos sonreímos.

—Supongo que ya no somos enemigos —susurré.

—No.

Preston volvió a tomar mi mano.

—Ahora somos algo mucho mejor.

Y mientras caminábamos juntos fuera de la biblioteca, comprendí que la primera regla ya estaba completamente rota.

No te enamores de tu enemigo.

Demasiado tarde.




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