Ser la novia de Preston Hayes era mucho más complicado de lo que había imaginado.
No porque él fuera insoportable.
Bueno… quizá un poco.
El problema era que ahora todo parecía diferente.
Las miradas.
Los mensajes.
Los pequeños detalles.
Y, sobre todo, saber que alguien me estaba esperando al final de cada día.
—Buenos días, novia —dijo Preston cuando llegué al instituto.
Sonreí.
—Buenos días, novio.
Me dio un beso rápido en la mejilla.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
—Yo no.
—¿Por qué?
—Porque estuve pensando en ti.
—Eso es muy cursi.
—Y aun así estás sonriendo.
—Cállate.
Entramos juntos al aula.
Todo parecía perfecto.
Hasta que llegó la hora del almuerzo.
Estaba hablando con Sophie cuando vi a Preston acercarse a Madison.
Otra vez.
No estaban haciendo nada extraño.
Solo hablaban.
Pero recordé la última vez.
Y algo dentro de mí volvió a sentirse incómodo.
—¿Quieres que nos vayamos? —preguntó Sophie.
—No.
—Emma…
—Estoy bien.
Me levanté y fui hacia Preston.
—¿Podemos hablar?
Él asintió.
Nos alejamos un poco.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Estás enfadada.
—No.
—Sí.
Suspiré.
—Solo me molesta que estés siempre hablando con Madison.
Preston frunció el ceño.
—¿Otra vez?
—No estoy diciendo que hagas algo.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
—Que me incomoda.
—Emma, tienes que confiar en mí.
Aquella frase me dolió.
—Confío en ti.
—No parece.
—Porque eres tú quien no entiende cómo me siento.
Preston guardó silencio.
—No puedo dejar de hablar con otras personas solo porque eres mi novia.
—Yo nunca te pedí eso.
—Pero estás actuando como si lo hicieras.
Sentí que la rabia comenzaba a crecer.
—Olvídalo.
Me di la vuelta.
—Emma.
—No quiero hablar.
Salí de allí.
Pasaron varias horas sin que habláramos.
Y fue horrible.
Durante la última clase no pude concentrarme.
Cuando sonó el timbre, recogí mis cosas rápidamente.
Al salir, Preston estaba esperando junto a la puerta.
—¿Podemos hablar?
Lo miré.
—Está bien.
Caminamos hasta el patio.
Preston respiró profundamente.
—Lo siento.
No esperaba escuchar aquello.
—Yo también.
—No quería hacerte sentir que no confiaba en ti.
—Y yo no quería controlar con quién hablas.
Se quedó callado unos segundos.
—Madison me estaba preguntando algo sobre el proyecto.
—Lo sé.
—Y aunque no fuera así, tú tienes que confiar en que yo te elegí a ti.
Lo miré.
—¿De verdad me elegiste a mí?
Preston sonrió.
—Todos los días.
Sentí que mi enfado desaparecía.
—Eso fue muy cursi.
—Lo sé.
—Pero funcionó.
Preston se acercó y tomó mi mano.
—¿Estamos bien?
Asentí.
—Estamos bien.
—Entonces…
Me dio un pequeño beso.
—¿Seguimos siendo novios?
Sonreí.
—Por supuesto.
Esa tarde, mientras caminábamos juntos, entendí algo.
Estar enamorada no significaba que nunca fuéramos a discutir.
Significaba aprender a escucharnos.
A confiar.
A pedir perdón.
Y a elegirnos incluso después de una pelea.
Preston apretó mi mano.
—¿En qué piensas?
Lo miré.
—En que quizá esto sí funcione.
—¿Quizá?
—No te emociones.
Sonrió.
—Demasiado tarde.
Y seguimos caminando juntos.
Porque nuestra historia recién comenzaba.
Y todavía nos quedaban muchas reglas por romper.
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Editado: 30.08.2026