Regla Número 20

CAPITULO 10

Larissa caminaba por la acera con una energía inusual. Había aprovechado el trayecto para comprar unos pancitos de chocolate y café que compartió amablemente con el chofer de Luis. Ese pequeño gesto había mejorado su humor aún más. Al entrar al edificio, no pudo evitar tararear una melodía suave mientras subía al ascensor. Cuando las puertas se abrieron, salió apresurada, ignorando por completo a Brenda, quien intentó detenerla.

—¡Espera, muchachita, te estoy hablando!—exclamó Brenda con un tono autoritario.

Larissa giró sobre sus talones, clavando sus ojos en ella.

—Larissa, mi nombre es Larissa. O para ti, “secretaria y novia del jefe”—le guiñó un ojo con una sonrisa sarcástica antes de darse la vuelta.

Brenda abrió la boca, pero antes de que pudiera responder, una voz profunda y desagradable se instaló detrás de Larissa. Esa voz le heló la sangre.

—¿Así que novia del jefe, eh? —dijo con un tono burlón. —No lo puedo creer.

Larissa se volteó lentamente y sintió cómo el aire se le escapaba. Ahí estaba él: el mismísimo diablo en persona.

—¿Qué pasó? ¿Se te comió la lengua el gato, muchachita? —soltó, dejando escapar una risa desagradable.

Ni siquiera el comentario mordaz de Brenda logró desviar su atención. Larissa se quedó inmóvil, sin saber cómo reaccionar.

—Mira que nunca creí verte así—continuó el hombre, acercándose más. —¡Te has convertido en un monstruito, ja, ja!

—El único monstruo aquí eres tú... asqueroso—respondó Larissa, tratando de mantener la compostura.

—¿Estás nerviosa, mi amor? No puedo creer que, para escalar posiciones, te estés revolcando con tu jefe.

Ese comentario fue la gota que colmó el vaso. Sin pensarlo, Larissa levantó la mano y le propinó una bofetada tan fuerte que el eco resonó en el pasillo. El dolor de su mano la ignoró por completo mientras echaba a correr. Corrió sin mirar atrás, buscando refugio en el baño.

Una vez dentro, se encerró y dejó que las lágrimas fluyeran libremente. Su respiración era entrecortada cuando el sonido del celular rompió el silencio. Beep, beep. Al ver la pantalla, sintió que el corazón se le detenía. Era otro mensaje.

“Fea. Nunca vas a ser de Luis. TE MATARÉ.”

Un grito ahogado escapó de sus labios y el celular se le cayó de las manos. Retrocedió hasta que su espalda chocó contra el lavabo. Al levantar la vista, vio algo escrito en el espejo con labial rojo.

“SI LO QUE TE DEJÉ NO HA SIDO SUFICIENTE, ESPERA A VER LO QUE SIGUE.”

Larissa comenzó a frotar desesperadamente el espejo con sus manos, intentando borrar esas palabras. Su mente estaba nublada, y un dolor punzante le atravesaba la cabeza.

De pronto, Brenda apareció a su lado, cruzándose de brazos con una sonrisa maliciosa.

—¿Por qué gritaste?

Larissa, fuera de sí, la agarró de los hombros y la zarandeó.

—¡Eres tú! ¡Tú eres quien me está amenazando!

Brenda soltó una carcajada.

—No, pero confieso que me gustaría serlo…

—¿Por qué me odias tanto? Yo no te he hecho nada.

La sonrisa de Brenda se torció en un gesto cruel antes de que lanzara una respuesta.

—Por esto.—Y sin previo aviso, la sujetó del cabello.

Larissa no se quedó atrás. Estaba tan fuera de control como ella, y ambas forcejearon hasta caer al suelo, gritando. Brenda se revolcaba, fingiendo ser la única víctima, mientras Larissa trataba de detener la pelea.

—¡Señor, venga inmediatamente!—gritó Brenda.

Luis irrumpió en la escena, con el rostro desencajado.

—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! ¡Basta! ¡Suéltense AHORA!

Con fuerza, separó a Larissa, quien no quería soltar a Brenda.

—¡No sé por qué están peleando, pero ambas trabajan para mí y esto no puede volver a suceder!

—¡Fue ella, señor!—dijo Brenda, con falsa inocencia.

—¡Silencio! Las dos están sancionadas. Y agradezcan que no las despido.

Larissa salió del baño destrozada. La sanción no le importaba; lo que más le dolía era la humillación. Luis la siguió hasta el ascensor.

—Larissa, espera… ¿Qué sucedió? Déjame llevarte a casa.

Ella solo asintió, incapaz de hablar. Durante el trayecto, él le ofreció un paquete con los mismos pancitos que había comprado esa mañana.

—Limpiáte. Y come algo. Te va a hacer bien.

Larissa los tomó y comenzó a limpiarse las manos temblorosas.

—Luis… gracias. Y perdón por lo de hoy.

—No tienes que disculparte. Pero dime algo… ¿tu madre está en casa? Me gustaría saludarla.

—Sí, claro. Si quieres pasar, está bien.

Cuando llegaron, su madre se mostró sorprendida al verla tan temprano.

—Señora, disculpe que no me haya presentado antes…—dijo Luis con amabilidad.

—Llámame Mafer, muchacho. Estás disculpado.

Mientras conversaban, los gemelos aparecieron.

—Yo soy Manu. Mucho gusto, señor.

—Mucho gusto, Manu. ¿Y tú?

—Soy Miguel, y quiero saber algo. ¿Qué eres para mi hermana? —preguntó, alzando una ceja con curiosidad.

Luis no pudo evitar reírse.

—Soy su novio, Miguel.

—¿Es verdad eso, hermana?—insistió el pequeño.

—Sí, Migue. No te preocupes. —Larissa le acarició el cabello.

La velada continuó con risas y preguntas de los gemelos, y Mafer invitó a Luis a cenar. Al final de la noche, él se llevó a Larissa a su departamento para distraerla del horrible día.

Allí, la tensión entre ambos explotó. El beso fue el inicio de una pasión contenida que ninguno quiso detener. Esa noche se entregaron el uno al otro con intensidad.

A la mañana siguiente, Larissa llegó a la oficina con el rostro ligeramente sonrojado. Lúcio la notó al instante.

—¿Y esa cara? —preguntó, divertido.

—Nada, sólo ordenando mis documentos… —respondó ella, esquivando su mirada.

—Vi que llegaron juntos. Solo espero que Luis no te lastime. Suerte, Larissa.

Antes de que pudiera responder, una voz conocida interrumpió.




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