—Tú… tú no puedes estar aquí.
—¿Y quién lo dice, Larissa? ¿Tú? —respondió Ricardo con una sonrisa burlona.
Larissa finalmente se fijó en el uniforme de limpieza que llevaba puesto.
—¿Trabajas aquí?
—Por supuesto. ¿Acaso crees que vine a verte a ti? —soltó con una risa cínica.
Ella lo observó incrédula mientras él recogía un balde y se alejaba, hablando con otro limpiador como si nada hubiera pasado. Pero algo no cuadraba. ¿Por qué seguía encontrándoselo en el edificio, en zonas completamente distintas? ¿Era una coincidencia o algo más?
Cuando volvió a su escritorio, sintió las miradas de los demás. Risas disimuladas, cuchicheos, miradas de escrutinio y burla. Todo apuntaba a ella.
—¿Qué está pasando? —preguntó, intentando mantener la compostura.
No tuvo que esperar una respuesta. Varios compañeros estaban reunidos en un rincón, viendo algo en sus teléfonos. Al acercarse, el mundo se le vino abajo. Eran videos de ella, poses sensuales, momentos privados que jamás debieron salir de la intimidad.
Con la sangre ardiendo en sus venas, les arrebató el celular y eliminó los videos de inmediato. Sin embargo, sabía que el daño estaba hecho. Su ira la llevó a buscar a Ricardo.
—¿Cuántas personas más tienen mis fotos, Ricardo? —le preguntó con la voz temblando de rabia.
Él levantó la mirada con descaro.
—¿Me hablas a mí? Hace un momento no te importaba.
—Te voy a demandar —sentenció Larissa, apretando los puños.
Ricardo dejó escapar una risa venenosa.
—¿Demandarme? ¿Y las pruebas? No tienes nada, Larissa. Absolutamente nada.
Dicho esto, se dio la vuelta y se fue riendo junto con uno de sus amigos, dejándola ahí, temblando de impotencia.
Sin pensarlo dos veces, Larissa corrió hacia la oficina de Luis. Necesitaba su apoyo, alguien en quien confiar. Lo encontró con el ceño fruncido, mirando furioso su computadora. Apenas la vio entrar, giró la pantalla hacia ella.
—Larissa, ¿quién te hizo esto?
En la pantalla había más de esos videos. Una herida que no dejaba de sangrar.
—Creo que fue mi ex… pero no tengo pruebas —respondió, su voz apenas un susurro.
Luis alzó la mirada, sorprendido.
—¿Tu ex?
Larissa asintió, tratando de controlar su respiración. Inhaló profundamente y cerró los ojos.
—Si no quieres contármelo, está bien. No tienes que hacerlo —dijo Luis, tomando su mano con delicadeza.
—No… tú siempre has dicho que la sinceridad es importante. Te lo voy a contar.
Luis se sentó a su lado, en silencio, y Larissa comenzó a hablar.
—Él fue mi primer y único novio antes de ti. Yo tenía 19 años y lo conocí un año después de la muerte de mi papá. Ante mis ojos, era perfecto: fiel, sincero, cariñoso, mi adoración. Fue mi primero en todo. Creí que sería mi "para siempre".
Hizo una pausa, su respiración temblorosa.
—Esas fotos… —continuó, apretando los dientes— son pruebas de mi amor por él. Me convenció de que era un juego, que serían solo para nosotros. Me prometió que nunca las enviaría. Nunca posaría desnuda porque me daba vergüenza, pero esas poses… yo confiaba en él.
Luis la escuchaba en silencio, su mirada endureciéndose con cada palabra, y sus manos en puños.
—Lo peor es que él me manipulaba, me hacía dudar incluso de mi madre. Decía que ella me tenía envidia por mi belleza. Y yo, como una tonta, le creí. Hasta que me engañó… frente a mis propios ojos.
Larissa dejó escapar un sollozo.
—Después de eso, todo se derrumbó. Ya había perdido a mi papá, y luego él destruyó lo poco que quedaba de mí. Caí en una depresión muy fuerte. Decidí cambiar mi aspecto, hacerme "invisible".
Las lágrimas brotaron de sus ojos sin control. Luis la abrazó con fuerza, su calor derritiendo el hielo que rodeaba su corazón.
—Larissa, has sido muy fuerte. Te prometo que pagará por todo el daño que te ha hecho. Ahora necesito saber si guardas los mensajes o el celular en dónde se lo enviaste?
—No.. el suponiendo lo que iba a hacer una vez abriera mis ojos, se adelantó y me quitó el celular.
—Está bien, encontraremos una solución. Ven, tranquila.
Por primera vez en mucho tiempo, Larissa se sintió protegida.
Más tarde, salió de la oficina para buscar unos documentos en el auto de Luis. Apenas había llegado al estacionamiento cuando una camioneta oscura pasó a gran velocidad y se detuvo bruscamente frente a ella. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió y varias manos la agarraron con fuerza.
—¡Suéltenme! ¿Qué están haciendo? —gritó, forcejeando.
Un pañuelo empapado en un líquido con un olor penetrante cubrió su nariz y boca. Sintió cómo el mundo comenzaba a desvanecerse mientras su cuerpo se debilitaba.
—Ya la tenemos —dijo una voz fría antes de que todo se volviera oscuridad.
Lo último que escuchó antes de perder el conocimiento fue el sonido de una puerta cerrándose de golpe y el motor de la camioneta rugiendo.
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Editado: 01.08.2026