POV Luis
El fuego devoraba la cabaña frente a mis ojos, avanzando sin piedad. Podía sentir el calor sofocante incluso desde donde estaba parado. En medio de todo ese caos, mi mente solo tenía un pensamiento: Larissa está ahí dentro.
—¡Luis, espera! Es peligroso. —La voz de Lúcio intentaba detenerme, pero no podía escuchar razones.
—No me importa. ¡Tengo que salvar a Larissa!
Corrí hacia la cabaña y golpeé con todas mis fuerzas una de las paredes. La madera cedió, y logré abrir un hueco lo suficientemente grande como para entrar. El humo era denso y me quemaba la garganta con cada respiración. Cuando finalmente la vi, mi corazón casi se detuvo. Larissa estaba desmayada, atada a una silla.
—¡Cof, cof! Déjame desamarrarla —dijo Lúcio, que apareció detrás de mí, cubriéndose la boca con una tela.
—¡Rápido, el fuego está muy cerca! Ayúdame a sacarla de aquí.
Con manos temblorosas, desatamos las cuerdas. Cargué a Larissa en mis brazos, y juntos empezamos a salir. Justo cuando creí que lo lograríamos, una llamarada alcanzó mi pierna.
—¡Ahhh!
—¡Luis! —gritó Lúcio, mirándome con preocupación.
—Estoy bien, solo fue un roce. ¡Sigue, no te detengas!
Con las últimas fuerzas que nos quedaban, escapamos justo cuando la cabaña entera se convirtió en un infierno de llamas. Afuera, la gente nos rodeó de inmediato.
—¡Ayúdennos! Hay dos heridos —exclamó Lúcio.
Minutos después, nos proporcionaron oxígeno. Larissa seguía inconsciente, pero estable. A mí me atendieron rápidamente, vendando la quemadura en mi pierna. El dolor físico era insignificante comparado con el alivio de haberla sacado con vida.
Unas horas después, me dejaron visitar a Larissa en su habitación del hospital. Estaba recostada, pálida, pero consciente. Sus ojos brillaban con lágrimas cuando me vio entrar.
—Gracias a Dios estás bien… —susurró con voz quebrada.
—Y gracias a Dios tú también, Larissa. —Me senté a su lado, ignorando el dolor de mi pierna.
—Pero… tú estás herido. Todo esto es mi culpa. Lo siento tanto, Luis…
—No digas eso. Estoy bien, y tú lo viviste peor. Todo esto ya pasó, tranquila. —Le tomé la mano, intentando calmarla.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y entró su madre, con el rostro lleno de angustia.
—¡Hija! Larissa, ¿estás bien, mi amor? ¿No te hicieron daño?
—No, mamá, tranquila. Estoy bien.
Pero la calma no duró mucho. Su madre me lanzó una mirada llena de reproche y acusación.
—¡Usted es el responsable de todo esto! Mi hija nunca había tenido enemigos. Esto jamás habría pasado si no lo hubiera conocido.
—Señora, yo…
—¡Mamá, basta! Luis no tiene la culpa. Fue Ricardo.
El nombre cayó como un balde de agua fría.
—¿Ricardo? —La incredulidad en el rostro de su madre era evidente—. Pero… hace años que no lo ves.
—Lo he visto. Trabaja en la empresa de Luis.
Mis manos se cerraron en puños.
—¿Qué? ¿Tu ex trabaja en mi empresa? ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No estaba segura… pero después de hoy, ya no hay dudas. Los secuestradores me mostraron fotos que solo él tiene. Fue él quien me ha estado amenazando.
—¿Amenazándote? —pregunté, el enojo y la preocupación mezclándose en mi voz.
—Sí. Ese hombre no puede seguir libre, Luis.
—Por supuesto que no. Ahora mismo me encargaré de que lo detengan. —Saqué mi teléfono y marqué a seguridad—. Ricardo Flores, del área de limpieza, no debe salir de las instalaciones. Llama a la policía, voy para allá.
Me volví hacia Larissa, con determinación en cada palabra.
—Te prometo que ese hombre no volverá a lastimarte.
—Gracias, Luis… —susurró ella, mientras su madre, más calmada, se disculpaba conmigo.
—Gracias por cuidar a mi hija. Perdóneme por haberlo juzgado mal.
—No se preocupe, señora. La entiendo.
Empresa FAST TECH L.A.
Llegué a las oficinas con el corazón acelerado y la ira controlada a duras penas. Allí estaba él, rodeado por los guardias de seguridad, forcejeando como un animal acorralado.
—¡Suéltenme! ¿Por qué me retienen?
Cruzamos miradas, y mi sangre hirvió. Me acerqué y, sin pensarlo dos veces, le propiné un golpe en el estómago.
—¡Esto es por Larissa, maldito! —Otro golpe en la cara, y finalmente un rodillazo en sus partes bajas. Él cayó al suelo, retorciéndose de dolor.
—¡No sé de qué me hablas! —jadeó, fingiendo inocencia.
—¿Todavía te haces el imbécil? —espeté, furioso.
En ese momento, llegaron los policías.
—Señor Luis Arreaga, ¿este es el responsable de lo ocurrido?
—Sí. Este es el criminal. Llévenselo.
—¡No! ¡Esto es una confusión!
—Acláralo en la corte. Vámonos. —Los oficiales se lo llevaron mientras yo trataba de calmarme.
En el hospital
Volví al hospital tan rápido como pude. Larissa estaba recostada en mi departamento, más tranquila, pero aún cabizbaja. Su fragilidad me partía el alma.
—Te traje un poco de chocolate. Quiero animarte, amor.
Ella levantó la mirada, sorprendida.
—¿Amor?
—¿Puedo llamarte así? Es lo que siento por ti.
—Sí… claro. Y gracias, Luis.
Me senté a su lado y aparté con cuidado un mechón de cabello de su rostro.
—Has pasado por mucho… —le susurré, antes de darle un beso en la frente.
De pronto, rompió en llanto, desconsolada.
—No soporto más, Luis… —sollozó mientras la rodeaba con mis brazos.
—Tranquila. Yo estoy aquí. Te protegeré. Te prometo que nadie volverá a hacerte daño.
Ella hundió su rostro en mi pecho, y yo sostuve su cuerpo tembloroso con fuerza, sabiendo que haría cualquier cosa para cumplir mi promesa.
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Editado: 01.08.2026