Regla Número 20

CAPITULO 16

POV LARISSA

La mañana siguiente amaneció con un silencio espeso, como si el mundo entero contuviera la respiración. Luis y yo no habíamos dormido casi nada. Permanecimos en la empresa hasta el amanecer, revisando listas, nombres, movimientos. No queríamos dejar escapar ni un solo detalle.

—Voy a citar a todo el personal de servicio —dijo Luis con voz ronca, mientras bebía un café frío—. Alguien tuvo que ver algo.

Horas después, en una pequeña sala de juntas, se sentaron los meseros, cocineros y encargados del catering. Uno por uno, fueron entrando para ser interrogados. Luis los observaba con una mezcla de rabia y desconfianza. Yo tomaba notas, aunque mis manos temblaban levemente.

—¿Nombre? —preguntó Luis al primero.

—Pablo Ríos, señor.

—¿Usted sirvió los postres?

—Yo no, señor. Los colocaron sobre la mesa de buffet cuando yo estaba organizando las bebidas. Alguien más debió hacerlo.

—¿Quién?

Pablo se encogió de hombros.

—No lo sé. Cuando regresé, ya estaban ahí.

El siguiente fue una joven llamada Aida.

—Vi una bandeja nueva que no reconocí —dijo, mirando sus manos—. No tenía etiqueta como las demás. Pensé que la había traído algún invitado o un proveedor de confianza.

Luis frunció el ceño.

—¿Y no preguntaste?

—Lo siento... había tanto movimiento… y todos andaban con disfraces. No era fácil saber quién era quién.

El tercer mesero, un chico delgado con expresión nerviosa, entró y cerró la puerta tras de sí.

—¿Tú colocaste los postres en la mesa? —preguntó Luis, sin rodeos.

El chico negó con la cabeza.

—No, señor. Yo me encargaba solo de reponer las bebidas. Pero… vi algo extraño.

Luis se irguió en su asiento.

—Habla.

——Vi a una mujer dejar una bandeja en la mesa —dijo el mesero—. No llevaba uniforme, ni credencial.

—¿Cómo era?

— Iba completamente vestida de negro, con un traje ceñido y una máscara que le cubría todo el rostro, sin dejar ver ni un rasgo.…

Intercambié una mirada rápida con Luis. Esa descripción no coincidía con nadie de la lista de disfraces.

—¿La reconoces si la vuelves a ver? —pregunté.

El mesero asintió.

—No señor, le repito se cubria el rostro.

Luis se puso de pie de golpe.

—Quiero todos los registros de entrada, y que alguien me traiga la lista de invitados de proveedores externos. ¡Ya!

Al salir de la sala, me crucé con Nerea, que venía de visitar a al hospital. Sus ojos estaban hinchados, pero su voz se mantenía firme.

—Está estable, pero aún no puede hablar bien —dijo—. Le hicieron un lavado gástrico. El médico cree que fue una dosis alta, pero administrada en una porción pequeña.

Me llevé una mano al pecho.

—¿Y si alguien más hubiera comido de ese postre?

—Entonces estaríamos lamentando otra cosa ahora —susurró.

En ese momento, una idea me atravesó como un rayo. Me volví hacia Luis.

—¿Y si el verdadero objetivo no era Lúcio?

Luis me miró, desconcertado.

—¿Qué estás diciendo?

—Lúcio me quitó ese postre en el último segundo. El que se lo iba a comer… era yo.

Luis palideció.

—No. No puede ser...

Pero lo era. Todo empezaba a encajar, aunque no sabía aún por qué alguien querría matarme.

O peor: quién.




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