Regla Número 20

CAPITULO 18

Vi cómo la silueta de Nerea se alejaba con paso firme tras salir de la oficina de Luis. Mi rostro debía reflejar toda la confusión que sentía, porque Luis me miró con preocupación apenas crucé la puerta.

—Antes de que empieces a dudar —dijo él, levantando una mano en gesto de paz—, solo le pregunté si era ella quien te quiere matar.

—¿Y te dijo que no… y le creíste? —cerré la puerta tras de mí, cruzándome de brazos.

—No al cien por ciento —admitió, suspirando—. Pero algo en su forma de decirlo… me hizo pensar que tal vez no es una asesina.

—¿Y por qué lo crees?

—La conozco desde hace años, Larissa. Fue mi enamorada —me apartó un mechón de cabello con delicadeza—. Sí, me engañó. Es caprichosa, impulsiva, superficial… pero de ahí a matar a alguien, no lo creo.

—Mmm… está bien —dije, sin quitarle los ojos de encima—. Pero no la voy a borrar de mi lista.

—Ven, acompáñame.

—¿A dónde vamos?

No respondió. Me tomó de la mano y me llevó hasta la sala de descanso. Allí preparó dos cafés con gesto mecánico y se sentó frente a mí, pasándome una taza.

—Toma, necesitamos relajarnos un poco. Esto nos está desgastando.

Di un sorbo y el sabor amargo me supo, por un instante, a paz. Me dejé caer en el sillón, exhalando un suspiro largo.

—Toda esta situación me tiene al borde, Luis. He estado pensando… tal vez deberíamos darnos un tiempo.

Él se tensó de inmediato.

—¿Qué estás diciendo, Larissa?

—Tú y tu familia están corriendo peligro por mi culpa —dije, con la voz quebrada—. Lucio casi muere. ¿Y si la próxima soy yo… o eres tú?

Una lágrima se deslizó por mi mejilla y la limpié rápidamente, avergonzada. Luis se acercó de inmediato y me abrazó con fuerza.

—No digas eso. Tú no eres la culpable de lo que pasó. Te dije que iba a apoyarte, ¿recuerdas? Voy a ayudarte a descubrir quién está detrás de todo esto. No estás sola.

Correspondí su abrazo, sintiéndome protegida por primera vez en días. Pero la duda aún palpitaba en mi pecho.

—Luis… ¿y si Ricardo sigue moviendo los hilos desde la cárcel?

Él se quedó pensativo por un instante.

—Es una posibilidad muy real. Ese tipo tiene recursos… y odio de sobra.

—Entonces… ¿crees que debería ir a verlo?

Luis me miró, sorprendido.

—¿Quieres visitar a Ricardo?

No estaba segura. Pero algo dentro de mí me decía que, si quería descubrir la verdad, debía enfrentar al fantasma que me había arrastrado hasta aquí.

Y Ricardo… aún tenía secretos por contar.




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