El sonido del metal al cerrarse la puerta resonó en mis oídos como una sentencia. Por un instante, me cuestioné si había hecho bien al venir. La cárcel olía a encierro, a desesperación. Mis manos temblaban, y no era precisamente por el frío.
—Nombre de la persona que viene a visitar —dijo el guardia con voz monótona, sin mirarme.
—Larissa Montenegro.
Me miró con extrañeza, como si reconociera el apellido, y luego anotó algo.
—¿A quién viene a ver?
—Ricardo Flores
El hombre alzó una ceja, esta vez sí deteniéndose a observarme con mayor atención.
—Pase. Está en la sala de entrevistas número dos. Tiene cinco minutos.
Cinco minutos. Cinco minutos para enfrentarme a un fantasma del pasado que aún respiraba.
Avancé por el pasillo de concreto, observando a los internos que cruzaban a lo lejos. No parecía real. Era como caminar dentro de una película… solo que en esta, yo no sabía cómo terminaba.
Al llegar a la sala, lo vi.
Sentado, con las manos esposadas y la mirada clavada en el suelo, estaba Ricardo. Más delgado, más ojeroso, pero con ese mismo aire de peligro contenido. Como si en cualquier momento pudiera estallar.
Alzó los ojos y sus labios se curvaron en una sonrisa torcida.
—Larissa… sabía que vendrías.
Me senté frente a él sin responder. Solo lo observé. Quería verle los ojos, encontrar alguna grieta. Una verdad.
—No estoy aquí por compasión —le dije por fin—. Estoy aquí porque alguien allá afuera quiere verme muerta. Y tú sabes quién es.
—¿Y por qué crees eso? —ladeó la cabeza, divertido—. ¿Porque yo soy el "malo"? ¿Porque encajaría perfecto en la historia como el villano obsesionado con la protagonista?
—¡Basta! —golpeé la mesa, y el guardia me lanzó una mirada de advertencia desde la puerta—. Sé que tú no envenenaste ese postre. Pero algo has de saber
—Interesante —dijo él, apoyando los codos en la mesa y entrelazando las manos—. Así que ahora vienes a mí por ayuda.
—No es ayuda. Es justicia.
—¿Justicia? —rió con amargura—. ¿Quieres justicia, Larissa? Entonces deberías empezar por abrir los ojos. A veces, los culpables están más cerca de lo que crees.
—¿Qué quieres decir?
Ricardo se inclinó hacia adelante, con los ojos intensos.
—No confíes en nadie. Ni siquiera en quienes dicen amarte. No todos están de tu lado, aunque finjan estarlo.
—¿Estás hablando de Nerea?
—Estoy hablando de todos —susurró—. Todos esconden algo.
Me quedé en silencio. No podía creer lo que estaba escuchando… pero al mismo tiempo, algo en mi interior se removía. ¿Y si tenía razón?
—¿Por qué debería creerte? —pregunté con frialdad.
—Porque soy el único que no tiene ya nada que perder.
El silencio entre nosotros fue denso, cargado. El reloj marcó los últimos minutos.
—Dime algo concreto, Ricardo. Algo que me ayude a descubrir la verdad.
Él se quedó pensativo por un momento… luego sonrió, como si acabara de recordar algo jugoso.
— En Fast Techn L.A. Piso 8
—¿Dónde?
—Sótano del personal, Cajón número 5, caja gris. No te equivoques.
El guardia se acercó.
—Tiempo finalizado.
Me levanté. Ricardo también, aún esposado.
—Larissa… —me dijo antes de que me fuera—. Ten cuidado. A veces, el veneno no se toma… se respira.
Salí de esa cárcel con el corazón latiendo como un tambor de guerra.
Luis
—¿Dónde estabas? —pregunté apenas Larissa cruzó la puerta del departamento, aún con el corazón latiéndome como loco.
—Fui a ver a Ricardo —dijo, sin rodeos.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—¿Qué? ¡Larissa, te dije que iría contigo! Ese tipo es peligroso…
—¿Y qué querías que hiciera, Luis? ¿Seguir esperando a que el culpable vuelva a intentar matarme?
No supe qué decir. Su mirada firme me clavó al piso. Tenía razón. Y eso me dolía más que admitirlo.
—¿Qué te dijo?
—Muchas cosas. Pero lo más importante: mencionó que hay pruebas. Algo escondido… en tu empresa.
Tragué saliva.
—¿Qué tipo de pruebas?
—No lo sé. Dijo que las encontraría en el sótano del piso 8. Caja gris. Cajón cinco.
Mi mente empezó a correr. ¿Cómo podía ser que en mi propia empresa hubiera algo oculto y yo no supiera?
—Iré contigo.
—No. Es mejor que vaya sola. A esta hora ya no queda nadie trabajando.
Suspiré, resignado, pero inquieto.
—Está bien… pero prométeme que me contarás todo, ¿me oyes?
Ella asintió. Cuando se giró para salir, tomé su mano.
—Toma esto —dije, desabrochándome el reloj inteligente—. Tiene GPS y micrófono. Si algo pasa, aprieta este botón.
Larissa sonrió con ternura.
—Gracias, Luis.
Y se fue.
Yo solo podía mirar la puerta cerrarse… y rezar porque no fuera demasiado tarde.
POV LARISSA
Subí al ascensor con el corazón latiendo fuerte. El edificio estaba vacío. El silencio en los pasillos era tan denso que podía oír mis propios pasos.
Llegué al sótano del piso 8. El aire olía a humedad y cartón viejo. Busqué el estante de metal oxidado.
Cajón uno... dos... tres... cuatro... cinco.
Ahí estaba.
La caja gris.
La coloqué sobre una mesa metálica con cuidado. Al abrirla, una nube de polvo me hizo retroceder tosiendo. Dentro había carpetas antiguas, recortes de periódicos amarillentos y fotos… muchas fotos.
Tomé la primera.
Un titular:
“El apuesto multimillonario Luis Arreaga ha sido plantado por la modelo Nerea Lombardi”
La imagen tenía un corazón rojo dibujado a mano… alrededor del rostro de Luis.
Otra foto: Luis en la oficina, de espaldas, concentrado. Alguien claramente lo había fotografiado sin que se diera cuenta. Y no solo una vez. Había docenas.
Entonces encontré una carta. Las letras eran desordenadas, algunas tachadas, otras escritas con furia.
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Editado: 01.08.2026