Regla Número 20

CAPITULO 21

Luis

Seguía de cerca el rastro de Larissa, mientras dos patrullas avanzaban detrás de mí en completo silencio, tal como lo había pedido.

El auricular en mi oído transmitía esa voz que ya no podía negar:
—¿Qué?… todo este tiempo fuiste tú —murmuré con un nudo en la garganta.

La risa de Geanella resonó al otro lado.

—¡Ah! Escuché el grito de Larissa. ¿Lo oíste, Luis? Mi amor, sé que me escuchas.

—Por favor, Geanella, suéltala.

—Lo consideraré… pero solo si vienes tú. Si te atreves a traer a alguien más, despídete de verla con vida.

—Está bien… iré solo.

—No tardes, cariño. —Colgó de inmediato.

Un agente golpeó con suavidad la ventana de mi auto para sacarme de mis pensamientos.

—Señor Arreaga, entramos a sus órdenes.

Les mostré la grabación que confirmaba la voz de Geanella.

—Aquí está la evidencia. Ella es la responsable.

—Quédese tranquilo. La guardaremos como prueba.

Respiré hondo.

—Subiré al octavo piso. Ustedes manténganse en el séptimo. Si me ven entrar todos juntos, Larissa corre peligro.

—Entendido. Lo seguiremos de cerca.

El ascensor subió lentamente. Dos policías se quedaron un piso abajo, mientras yo tocaba aquella puerta cerrada. Al abrirse, apareció Geanella con una sonrisa extraña.

—Mi amor, pasa. —Se lanzó a abrazarme con efusividad. Yo me contuve de alejarla, consciente de que Larissa estaba allí.

La vi sentada, con las manos atadas y un golpe en la cabeza que la mantenía semiinconsciente.

—¿Qué le hiciste? —pregunté con rabia contenida.

—Un paso más y me encargaré de que nunca despierte. —Alcé las manos, sin moverme.

—Así me gusta —susurró, acercándose demasiado. Sentí el roce de sus labios intentando besarme y aparté la mirada, resistiendo el asco.

Busqué ganar tiempo.

—Nunca me dijiste que sentías algo por mí.

Geanella bajó la guardia y sus ojos brillaron con un extraño fulgor.

—Perdóname… siempre te vi como alguien inalcanzable. Cuando ibas a casarte, estuve a punto de impedirlo… incluso pensé en deshacerme de Nerea. Luego, cuando trabajé cerca de ti, lo vi como mi oportunidad. Pero tú nunca me miraste.

—Y entonces apareció Larissa —dije, tanteando la conversación.

Su voz se volvió amarga.

—Exacto. Primero tuve que competir con la belleza de Nerea y luego… ¿con ella? No lo soporté. Planeé apartarla, pero Ricardo, ese inútil de mi primo, lo arruinó todo.

—¿Ricardo es tu primo? —pregunté sorprendido.

—Sí, aunque no llevamos el mismo apellido porque es adoptado. Al principio lo dejé hacer, pensé que sería útil… pero esa “amiguita” terminó enamorándose de ti. Eso sí que no lo soporté.

Sus ojos se perdieron en mí con una mezcla de obsesión y tristeza.

—Ya no hablemos más de ella… bésame.

Me sujetó de la nuca con fuerza. Fingí corresponder, esperando el momento justo. Cuando sentí que bajaba la guardia, le arrebaté el arma.

—¡¿Qué…?!

—Baja los brazos, Geanella.

—No te atreverías…

Di un paso atrás y, con voz firme, ordené:

—Esto termina aquí.

Ella retrocedió tambaleante y, en un intento desesperado, empujó un estante que casi me derriba, pero logré esquivarlo. Al abrir la puerta, los policías ya estaban allí.

—¡Alto! —gritaron, apuntándola.

Rendida, cayó en sus manos.

Corrí hacia Larissa, rompiendo las cuerdas que la sujetaban. Su respiración era débil, pero constante.

—Amor, ya estoy aquí. Todo estará bien —le susurré mientras la abrazaba con cuidado. Pedí una ambulancia y besé su frente con ternura—. Vas a estar a salvo conmigo.

Larissa

El olor a desinfectante y el pitido constante de las máquinas fueron lo primero que percibí al abrir los ojos. Un dolor punzante en la cabeza me devolvió de golpe los recuerdos: el miedo, la voz de Geanella, su mirada desquiciada… y luego la silueta de Luis irrumpiendo en la habitación.

Giré lentamente y allí estaba él, sentado junto a mi cama, con mis manos entrelazadas entre las suyas. Sus ojos brillaban al verme despertar, aunque las ojeras revelaban el desgaste de las últimas horas.

—Amor… —su voz se quebró—. Gracias a Dios abriste los ojos.

Una lágrima rodó por mi mejilla y él la limpió con suavidad.

—Pensé que no volvería a verte…

Me besó la frente con ternura, como si temiera que cualquier contacto más fuerte pudiera lastimarme.

—Ya pasó, Larissa. Todo pasó. Estás a salvo.

Cerré los ojos un instante, tratando de encontrar calma en sus palabras, pero la angustia aún me oprimía el pecho.
—Luis… ella estaba tan segura, tan convencida… —mi voz tembló—. Tenía tanto odio en sus ojos.

Él apretó mi mano con fuerza.
—Geanella ya no puede hacerte daño. Está bajo custodia.

Quise creerle, pero algo dentro de mí seguía inquieto.

Horas después, mientras los médicos me revisaban, alcancé a ver a Luis desde la cama. Estaba en el pasillo, hablando con un oficial que sostenía un sobre manila. El policía le entregó los documentos y su voz llegó clara a mis oídos:

—Señor Arreaga, en el departamento de Geanella encontramos un altar… y estas cartas. Parecen dirigidas a usted. Lo inquietante es que datan de hace más de cinco años.

Vi cómo Luis se tensaba al sostenerlas. Regresó a la habitación guardando las cartas en su chaqueta. Intentó sonreír, pero su gesto estaba cargado de peso.
—Podemos leerlas juntos, Luis —le dije con voz suave.

Asintió, se sentó a mi lado y comenzó a leer en voz baja.

📜 Carta 1
"Luis, desde la primera vez que te vi supe que serías mío. No importa cuántas veces ignores mis miradas, algún día entenderás que nadie podrá amarte como yo. A tu lado, Nerea parece solo un obstáculo pasajero, alguien que desaparecerá con el tiempo. Yo, en cambio, siempre estaré aquí, esperándote."

📜 Carta 2
"No entiendo cómo pudiste elegirla. Ella no es nada comparada conmigo. ¿Acaso no ves que su sonrisa es falsa? ¿Que lo único que quiere es robarte lo que es tuyo? No permitiré que otra ocupe el lugar que me corresponde. Primero fue Nerea, ahora esa Larissa… siempre alguien interponiéndose entre nosotros. Pero yo sé cómo deshacerme de quienes sobran."




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