Las semanas siguientes fueron un torbellino de declaraciones y trámites legales. Luis, Lúcio y yo fuimos citados a rendir testimonio; revivir aquellos momentos no fue fácil, pero sabíamos que era necesario para que se hiciera justicia.
El juicio no se extendió demasiado. La defensa intentó alegar desequilibrio mental, pero las pruebas eran contundentes: las grabaciones, las cartas y los testimonios de la policía demostraban la peligrosa obsesión de Geanella.
El día de la sentencia, ella permaneció impasible, con la misma sonrisa inquietante que había mostrado desde su detención. Ni siquiera al escuchar las palabras finales del juez se inmutó:
—Geanella Rodríguez queda condenada a quince años de prisión en el centro de rehabilitación femenina de la ciudad, por secuestro, intento de homicidio y hostigamiento.
Dos guardias la escoltaron fuera de la sala. Luis me tomó de la mano con fuerza y susurró:
—Ya no puede hacernos daño.
Asentí, y por primera vez desde aquel terrible día, sentí que podíamos respirar. Geanella pagaba sus errores tras las rejas, y nosotros podíamos empezar a mirar hacia adelante, juntos, dejando atrás la sombra de su obsesión.
En la oficina de Luis
Luis se inclinó sobre la mesa, tomó nuestro contrato de matrimonio y comenzó a romperlo en pequeños pedazos.
—¿Amor…? —pregunté, sorprendida.
—Como ya te lo dije… —dijo él, acercándose para tomarme de la cintura—. Quiero que nuestra relación no sea por contrato, sino real. ¿Qué me dices, Larissa?
—…Está bien, acepto. —Le sonreí y él me besó con pasión, deslizando suavidad y ternura en cada gesto.
—¡Uf! —interrumpió la voz de Nerea desde la puerta.
—Dinos, Nerea, ¿qué se te ofrece? —preguntó Luis con calma.
Aproveché la oportunidad para tomar asiento.
—Seré breve —comenzó Nerea, mirándome con sinceridad—. Larissa, lamento haberte tratado mal. Al final, tus desconfianzas tenían razones, y lo reconozco.
—Está bien, Nerea —respondí—. Yo también quería disculparme por haberte acusado sin pruebas.
—Estabas en tu derecho —dijo—. Nuestro trato nunca será el de una amistad, pero sí puede ser cordial.
—Y Luis… —agregó, con un hilo de voz— de verdad lamento haberte fallado en el pasado. Siempre has sido un buen hombre. —Una lágrima se le escapó, y rápidamente la limpió—.
—No te preocupes, Nerea. A pesar del dolor, hoy entiendo que fue necesario. En parte, incluso te lo agradezco. Antes de nuestra fractura, fuimos amigos, y sé que detrás de tu ego y arrogancia guardas un gran corazón. Ojalá lo mostraras más seguido.
—Tomaré tu consejo —dijo, con una sonrisa tenue—. Gracias.
—¿Qué es esto? —pregunté, viendo que me mostraba un papel.
—Es mi renuncia —contestó—. Por mucho que nos llevemos bien, no encuentro adecuado trabajar en tu empresa después del daño que te causé.
—Pero eso es el pasado —intento Luis persuadirla.
—No importa —replicó—, es necesario.
—¿Te vas del país, Nerea? —pregunté, preocupada.
—No, esta vez no huiré al extranjero. Trabajaré en otra empresa, no de tecnologías: es de cosméticos, Johnson y Ferreira, de mi amiga Catherine.
—Te felicito, Nerea. Sé que te irá excelente.
—Gracias —dijo, sonriendo—. Envía saludos a Cath y a Marcos de mi parte.
—Por supuesto, y gracias. —Se despidió con un gesto elegante—. Me retiro, adiós.
—¡Adiós! —respondimos al unísono.
Fuera de la oficina
Nerea recogía sus cosas con ayuda de Brenda.
—Ay, Nerea, otra vez te vas… de verdad te extrañaré por aquí, nuestras conversaciones eran tan buenas —dijo Brenda con nostalgia.
—Gracias, Brenda, por tu lealtad y amistad. Eres una gran persona.
—Gracias a ti también.
—No te preocupes, nos reuniremos. Ya te conté que trabajaré para mi amiga, ¿verdad?
—En parte me alegra, porque la señora Catherine es una gran mujer y su compañía te hará muy bien.
—Sí, me ha ayudado a reflexionar sobre el curso de mi vida. Su amistad me hace muy bien.
—Bueno, este es el último cajón, me encargaré de enviarlo el lunes. Te extrañaré —la abrazo con fuerza.
—Y yo a ti, Brenda —respondió Nerea con una sonrisa cálida.
Al bajar por el ascensor, en la salida de la empresa, un joven esperó junto al coche.
—Espera, Nerea —dijo Lúcio—. Tú y yo no hemos hablado.
—Cierto —respondió Nerea—. No hemos conversado aún.
—Vamos a la cafetería —propuso él, y ambos se dirigieron a un lugar cercano.
—Gracias por el café. Seré muy clara, Lúcio: eres un hombre excepcional. Tu amor en mi vida me ha hecho tanto bien.
—Gracias, Nerea —dijo él, con sinceridad—, pero no hemos quedado en nada nuestra relación.
—Nuestra relación será de amistad, Lúcio. —Bajó la cabeza, con un gesto de honestidad—. Aún guardo sentimientos por tu hermano, y no quiero mentirte ni mentirme. Lo siento.
Lúcio levantó el mentón y asintió.
—Gracias por ser honesta conmigo. Lo entiendo. Te daré todo el tiempo que necesites, y si algún día llegas a sentir algo por mí, me lo dirás, ¿verdad?
—Por supuesto —respondió Nerea—. Gracias por respetar mi tiempo.
Se abrazaron con sinceridad, compartiendo un momento de comprensión y afecto. No había promesas de futuro, solo respeto, claridad y la fuerza de una amistad renovada.
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Editado: 07.08.2026