Regla Número 20

CAPITULO 23

Cena especial

La mesa estaba iluminada suavemente por la luz cálida de las velas. Estábamos reunidos: Luis, Lúcio, Larissa, los gemelos Migue y Manu, la madre de Larissa y la abuela de los hermanos Arreaga. El aroma de la cena llenaba la habitación, y la emoción flotaba en el aire como si cada risa y conversación reforzara un lazo invisible que nos unía.

—Señora Martina, esta carne que ha preparado está deliciosa —dijo la señora Lucrecia, sonriendo con satisfacción.

—Muchas gracias, todo fue hecho con mucho cariño —respondió ella, feliz por los elogios.

—Sí, mamá, está delicioso. Y el puré… mmm —agregó Manu con entusiasmo.

—Aunque no me gustan las verduras, estas están muy ricas —dijo Migue, sorprendiéndonos a todos con su comentario—. La sazón de la casa es rica, pero la suya, señora, es realmente excepcional —añadió Lúcio, disfrutando cada bocado.

—Concuerdo, muy rico, suegra —comentó Luis, sonriendo mientras probaba un trozo de carne perfectamente preparado.

—¡Mamá ya está sonrojada de tantos elogios! —dije, divertida.

—¡Ya basta! —bromeó ella, mientras todos reíamos—. Disfruten la cena.

Luis tomó mi mano suavemente.

—Bueno… queremos brindar. Porque oficialmente, Larissa —susurró mientras me miraba a los ojos—, somos novios.

Los aplausos no se hicieron esperar. Las sonrisas y felicitaciones llenaron la sala, pero para mí, el mundo parecía reducirse a la mirada de Luis. Su abrazo cálido, la manera en que sostenía mi mano, todo me hacía sentir que nada podría separarnos jamás.

—Muchas felicidades a ambos —dijo mi madre con emoción—. Mientras haya amor y respeto, todo es posible.

—Así es —añadió la abuela de Luis, entre risas—. Y Luis, te vas a portar muy bien, ¿eh?

—Por supuesto, abuela. Así será —respondió él, con un brillo travieso en los ojos.

Terminamos la cena entre risas, historias y miradas cómplices. La atmósfera estaba cargada de amor, pero Luis tenía un brillo especial en los ojos que me hizo estremecer.

Después de que los últimos invitados se retiraron, nos quedamos solos en la sala, rodeados por la luz tenue y el perfume de las flores que decoraban la mesa. Luis se acercó lentamente, tomando ambas manos con delicadeza.

—Larissa… —dijo, con voz suave pero firme—. Hemos pasado por tanto, hemos enfrentado miedos, secretos y dolor… pero también hemos aprendido que el amor verdadero supera todo.

Sentí un nudo en la garganta, incapaz de interrumpirlo mientras él se arrodillaba frente a mí.

—Quiero que sepas algo muy importante —continuó—. No quiero pasar ni un solo día más sin que sepas lo que siento. Larissa, Cada momento contigo ha sido un regalo, y quiero que sigamos escribiendo nuestra historia juntos… por siempre.

Sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo y la abrió, revelando un anillo delicado y brillante. Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Larissa, ¿quieres casarte conmigo? —preguntó, con la voz cargada de amor y emoción.

No pude contener mi alegría. Mis manos temblaban mientras las cubría con las suyas.

—¡Sí, Luis! —exclamé—. Sí, quiero casarme contigo.

Él sonrió, colocándome el anillo en el dedo con una ternura infinita. Luego me abrazó fuertemente, y sentí que todo el pasado, todo el dolor y las sombras, quedaban atrás. Solo existíamos él y yo, rodeados de luz, amor y la promesa de un futuro compartido.

Nos sentamos juntos, entrelazando nuestras manos, y contemplamos la noche desde la ventana. El cielo estaba estrellado, y en silencio, ambos sabíamos que, pase lo que pase, nuestro amor siempre sería nuestra fortaleza.

Esa noche no hubo más palabras. Solo risas suaves, caricias y miradas llenas de promesas. El comienzo de nuestra historia real estaba por empezar, y por primera vez, todo parecía perfecto.

Dos años después, la vida nos mostró que la felicidad no depende de las apariencias ni de la perfección que el mundo espera. Luis y yo estábamos en nuestro hogar, rodeados de luz, risas y recuerdos que nos recordaban lo que realmente importa: el amor sincero y la honestidad entre nosotros.

—¿Sabes, Larissa? —dijo Luis, abrazándome por detrás mientras contemplábamos la puesta de sol—. Nunca pensé que podríamos encontrar un amor tan real, tan profundo. No importa el pasado, ni los errores, ni las apariencias…

—Lo sé —respondí, apoyando mi cabeza en su pecho—. El amor verdadero no se mide por la perfección, sino por cómo nos sostenemos el uno al otro en los momentos difíciles.

Pensé en Geanella y Nerea. Cada decisión que habían tomado las había llevado a su destino. Geanella enfrentaba las consecuencias de su obsesión y egoísmo, y Nerea estaba construyendo un camino de honestidad y crecimiento.

Luis me tomó de la mano y nos miramos a los ojos, con la certeza de que nuestro amor no era un contrato ni una obligación, sino una elección diaria: elegimos cuidarnos, respetarnos y apoyarnos sin condiciones.

—Hoy celebramos no solo nuestro amor, Larissa —susurró—, sino la vida que hemos decidido construir juntos, con verdad y entrega.

Nos abrazamos, y por un instante, el mundo entero desapareció. Ni el pasado, ni los miedos, ni las sombras de otros podían tocarnos. Solo existíamos nosotros, fuertes y libres, con un amor real que había nacido de la paciencia, la confianza y la honestidad.

Esa noche comprendí algo que nunca olvidaré: que cada acto, cada gesto y cada decisión deja huella en la vida, porque lo que sembramos, tarde o temprano, cosechamos.

Mientras la ciudad dormía, me sentí plena y segura. Nuestro amor era real, duradero y más fuerte que cualquier obstáculo. Y supe, con absoluta certeza, que juntos podíamos enfrentar cualquier cosa, siempre guiados por la verdad y el corazón.

Fin.




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