Regresaré

CAPITULO 22

 

ELENA.

Sigo recostada en Mateo. Este momento a solas con él es el escape a mis frustraciones.

La mano de Mateo mueve sus dedos brevemente, levanto la vista despacio y me encuentro con su mirada confundida.

—Elena… —murmura con voz débil.

—Mateo, oh, mi vida has vuelto —digo sintiendo como las lágrimas se me acumulan.

Acaricio su cara, sintiendo la calidez de su piel bajo mis dedos.

 

MATEO.

 

Mis ojos se abren lentamente, y la luz del hospital me ciega. Parpadeo, tratando de ajustar mi visión. La realidad regresa a mí como una marea, recordando el accidente y ahora estoy en una cama de hospital. Intento moverme, pero algo no está bien. Una extraña pesadez en mis piernas me detiene. 

Observo hacia mi lado sin poder moverme demasiado.

—Elena… —mi voz suena débil, casi un susurro, Elena está llorando a mi lado de la cama.

—Mateo, oh, mi vida has vuelto —dice llorando. 

Por la puerta entra una enfermera, con una sonrisa tranquilizadora en la cara.

—Hola Mateo, has estado fuera por unos días. ¿Cómo te sientes? 

—Mis piernas… no puedo moverlas. ¿Qué ha pasado? —La cara de Elena me indica que algo no está bien. 

—Tranquilo, es normal sentirse así después de una larga inconsciencia. Vamos a hacer algunas pruebas para entender mejor lo que está sucediendo. ¿Puedes decirme si sientes algo? —dice dando un pequeño golpe a la altura de mi rodilla. —Intento mover los dedos de los pies, pero no hay respuesta.

—No, no siento nada. ¿Qué está pasando? —Me angustio.

—Tranquilo Mateo, estamos evaluando la situación, pero a veces toma tiempo recuperarse. No te preocupes, estás en buenas manos. El cuerpo puede ser sorprendentemente resistente.

—El miedo y las dudas llenan mi cabeza, aunque mi mente lucha por procesar la realidad. Mientras los médicos realizaban pruebas, me aferro a la esperanza de que esto solo sea temporal.

—Vamos a hacer todo lo posible para ayudarte a recuperarte. La rehabilitación puede marcar la diferencia. —dice la enfermera.

—No estás solo en esto —me dice Elena, tratando de consolarme. —lo que me recuerda que ella debería estar en París. 

—¿Qué día es hoy? —pregunto parco.

—Es seis de enero, cariño —responde Elena con una paciencia que me parte el corazón.

Mi nueva situación me golpea fuerte, no puede ser, no voy a volver caminar, mis piernas por más esfuerzo que haga, no se mueven, no puedo enfrentar lo que está pasando, No quiero ser un inútil… ella… Ella no merece esto. Llegado a este punto mi mente se colapsa.

—¡Fuera, fuera todos! —grito más que enfadado, avergonzado y hundido.

—Mateo… —solloza Elena y el dolor en su mirada hace que detenga mi ataque de ira.

—Por favor Elena vete… 

 

ELENA.

 

El médico, que observa desde la puerta, asiente para que salgamos de la habitación. 

Como por arte de magia, Emma y Pablo aparecen por la puerta, quedando en shock como me ha pasado a mí minutos antes. Emma solloza fuertemente abalanzándose a la cama y abrazando a Mateo con toda la euforia que su cuerpo puede generar.

—Mateo, ¡mi niño, por fin! —solloza —pero él no devuelve sus abrazos.

—Por favor dejadme solo, necesito estar solo. —repite sin emoción alguna.

Durante los días siguientes, Mateo continúa recuperándose, no quiere que nadie se le acerque, pero sigo aquí, no pienso marcharme. Cada día paso a su habitación, le doy los buenos días y espero en un sillón leyendo a que decida hablarme, pero cada día es la misma conversación.

—Elena deberías irte. —bufa.

—No gracias, no pienso ni quiero dejarte aquí, ya te lo he dicho —pone mala cara otra vez, cree que así me intimida. —siempre estás con lo mismo, vamos dilo, “vete” —digo imitando su voz.

—¿Elena no me provoques, que quieres? —gruñe.

—¿Yo? Querer, querer, quiero que todo sea como antes —me mira confuso —¿Qué? ¿Crees que eres el único que lo pasa mal? Quiero ayudarte a que te recuperes cuanto antes, me gustaría acompañarte a las rehabilitaciones y…

—Basta Elena, sabes que para eso falta mucho. Además, ¿no debes regresar a París? —pregunta.

—Debería, pero de momento eso no puede ser, porque te has vuelto un ogro, no estoy dispuesta a salir de este hospital y que te des por vencido, así que no puedo dejarte solo, si me permites voy a sacar un café de la máquina. —contesto molesta.

Salgo de la habitación, cierro la puerta y dejo que mi espalda se deslice por la puerta hasta llegar al suelo, no puedo, no quiero dejarlo aquí, no puedo más exploto en llanto tapando con mis manos mi cara. Una enfermera que pasa por mi lado, se queda mirándome con pena, yo solo sonrío tristemente.

 




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