Regreso de una Luna

EMMA

Emma ajustó la correa de su bolso mientras echaba un vistazo al reloj de la pared en la sala de espera. Las manecillas avanzaban con una lentitud tortuosa, como si el tiempo mismo estuviera en su contra. A su lado, Lúa jugueteaba con el celular; aunque Emma sabía que su aparente calma no era más que una fachada. Su amiga siempre estaba alerta, especialmente cuando se trataba de cuidar a alguien.

—Esto es una pérdida de tiempo —gruñó Emma, cruzando los brazos—. Estoy bien, no necesito estar aquí. Además, tengo clases que dar.

Lúa levantó la mirada con esa mezcla de paciencia y firmeza que Emma conocía demasiado bien.

—No estás bien, y lo sabes. Dolor de cabeza, insomnio, mareos… eso no se ignora. —Hizo una pausa, antes de añadir con sarcasmo—. Pero claro, ¿quién necesita salud cuando tiene cinco clases que impartir?

Emma bufó, desviando la mirada hacia la puerta del consultorio. Sabía que no había escapatoria. Lúa podía parecer despreocupada, pero cuando algo le importaba, se convertía en una fuerza imparable.

—Es solo estrés —intentó razonar, aunque sabía que no iba a convencerla—. No es nada que no pueda manejar.

Lúa arqueó una ceja, dejando claro que no se tragaba la excusa.

—¿Estrés? ¿Cuántas veces has desayunado esta semana? ¿Dos? Tal vez tres, si contamos el café con galletas.

Emma abrió la boca para responder, pero se detuvo. Era inútil discutir cuando Lúa tenía razón. Así que cambió de tema.

—Está bien. Pero después de esto, me invitas a desayunar. Lo mínimo que puedes hacer por arrastrarme hasta aquí.

Lúa sonrió, divertida.

—Hecho. Pero si el doctor te dice que necesitas tratamiento, tú me invitas por no dejarte morir.

Antes de que Emma pudiera replicar, la atención de Lúa se desvió. Sus ojos se clavaron en un médico que acababa de entrar en la sala. Era alto, delgado, con el cabello rubio ligeramente despeinado y una expresión de concentración que lo hacía parecer inalcanzable.

—¿Crees que me vería muy mal si le pido su número? —susurró Lúa sin apartar la vista del hombre.

Emma rodó los ojos.

—¿Puedes enfocarte en algo que no sea coquetear? Estamos aquí por mí, ¿recuerdas?

—Relájate, solo digo que es guapo. Aunque… —Lúa ladeó la cabeza, evaluándolo— tal vez un poco gruñón.

El médico, efectivamente, parecía estar buscando a alguien. Su mirada recorrió la sala hasta detenerse en ellas. Emma sintió un escalofrío al notar su expresión severa.

—¿Podrían guardar silencio o tendré que pedirles que abandonen la sala? —dijo, con un tono que no dejaba lugar a protestas.

Emma parpadeó, sorprendida por la rudeza. Antes de que pudiera responder, Lúa soltó una carcajada.

—Está guapo incluso cuando está molesto —murmuró, claramente disfrutando de la situación.

Emma negó con la cabeza. Por supuesto que Lúa encontraba algo atractivo incluso en el peor momento. Pero para ella, aquel doctor no era más que un profesional arrogante que había olvidado cómo tratar a las personas.

—¿Quién se cree que es? —murmuró, más para sí misma que para su amiga.

Lúa le dio un codazo suave, sonriendo ampliamente.

—Relájate. No todos los días tienes la oportunidad de conocer a un galán de serie médica. Quizá este día no sea tan malo después de todo.

Emma suspiró, tratando de ignorarlos a ambos. El día ya era lo suficientemente complicado sin agregar un encuentro condescendiente a la lista. Pero, en el fondo, no podía evitar preguntarse quién era ese hombre tan decidido a mantener el control incluso en los pequeños detalles.

Quizá —pensó con cierto cinismo— Lúa tenía razón. Tal vez ese día no sería tan malo. O tal vez sería mucho peor de lo que imaginaba




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