Regreso de una Luna

EMMA

No tuvieron que esperar mucho para que una enfermera llegara con los resultados que Emma tanto esperaba. El sobre cerrado pesaba más de lo que debería, pero decidió que sería un asunto para otro día. Por ahora, su prioridad era sobrevivir al resto de su jornada.

Lúa cumplió su promesa y la llevó a comprar un café, un emparedado y un par de pastelillos. Emma sabía que no podía sobrevivir seis clases con el estómago vacío, y Lúa, como siempre, se encargaba de cuidarla incluso cuando ella misma no lo hacía.

Ese día, a Emma le habían asignado un nuevo grupo. Amaba su trabajo en la universidad, pero conocer a un grupo totalmente nuevo siempre la ponía un poco nerviosa… aunque también la emocionaba. Su amor por enseñar siempre superaba cualquier incomodidad inicial.

Su agenda estaba cargada: seis clases de una hora y media cada una. Pero si alguien podía con eso, era ella.

Lúa, por su parte, también era profesora, aunque no era su plan de vida definitivo. Aun así, ambas dependían de ese empleo para mantenerse a flote, y Lúa necesitaba el dinero para pagar la renta de su departamento. No era una vida lujosa, pero era una vida propia. Cómoda. Ganada con esfuerzo.

Emma se sentía orgullosa de lo que había construido: un buen trabajo, un auto y un hogar propio. ¿Qué más podía pedir?

Cuando llegó a la universidad, los pasillos estaban llenos de estudiantes en crisis por la temporada de exámenes. El cambio de profesor en su nuevo grupo no había sido bien recibido, como era de esperarse. Emma escuchó murmullos dispersos:

—¿Otro maestro nuevo? —Seguro será peor que el anterior.

No era la mejor bienvenida, pero decidió no tomárselo personal.

Entró al salón con una sonrisa que intentaba transmitir calma. Los alumnos la miraron con una mezcla de curiosidad y recelo. Emma decidió empezar con algo sencillo: se presentó, les pidió hacer lo mismo y explicó su metodología. Les dejó claro que estaba allí para ayudarles, no para complicarles la vida.

—Vamos a empezar con algo diferente —anunció, sosteniendo hojas y una caja de colores—. Quiero que dibujen cómo se sienten ahora mismo. No hay respuestas correctas ni incorrectas; solo dejen que su imaginación fluya.

Al principio algunos dudaron, pero poco a poco comenzaron a involucrarse. Emma observaba con satisfacción cómo los rostros tensos se relajaban mientras dibujaban. El ruido aumentaba con el entusiasmo y el aula pronto se llenó de risas. A Emma no le molestaba; al contrario, le encantaba verlos disfrutar. La actividad le recordó los veranos que pasó trabajando como niñera, rodeada de niños que encontraban alegría en lo más simple.

Todo iba de maravilla… hasta que apareció él.

La puerta se abrió de golpe y un hombre entró con paso firme. Alto, de cabello rubio y expresión severa, irradiaba autoridad. Emma reconoció al médico que había visto esa misma mañana.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó con un tono que detuvo el bullicio al instante.

Emma lo miró, confundida y ligeramente irritada por la interrupción. Los alumnos quedaron en silencio, observándolo como si fuera una inspección. El aire se tensó de inmediato. Emma supo que ese día sería mucho más complicado de lo que había anticipado.




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