Regreso de una Luna

DARREN

Darren llegó a tiempo para su clase en el edificio E. No era nada del otro mundo; se suponía que los alumnos ya tenían la base de la materia, ¿no? Son adultos. ¿Qué esperaban? ¿Qué iniciara con un “repaso” o una dinámica absurda? Esto no era jardín de infantes.

Por fortuna, tenía estudiantes que participaban y respondían con seguridad. Si hubiera puesto un examen sorpresa, la mayoría lo habría reprobado, pero al menos podía rescatarlos de su propia estupidez. No perdió tiempo con presentaciones ni formalidades. Ya sabrían su nombre al final del curso, y él recordaría el de quienes se tomaran la materia en serio. El resto le era indiferente. Su prioridad era ponerse al corriente con el material para evitar retrasos.

Justo entonces, una de sus alumnas, la única que parecía haber estudiado, explicaba correctamente el funcionamiento de la corteza prefrontal. Pero se detuvo al escuchar risas provenientes del salón contiguo. Darren le indicó con un gesto que continuara. No quería problemas con otro docente en su primer día. Sin embargo, ¿Qué clase de profesor permitía semejante escándalo?

Cuando otra alumna intentó responder, las risas aumentaron el volumen. Darren ya no podía ignorarlo. Se disculpó con el grupo y se dirigió al otro salón.

La puerta no estaba cerrada, así que entró sin anunciarse. Ni siquiera había un maestro a la vista y los alumnos estaban… pintando. ¡Pintando! ¿Qué estupidez era esa? ¿Actividades infantiles? Esto no era preescolar.

—¿Podrían guardar silencio? —dijo simplemente.

Fue suficiente para que el ruido desapareciera al instante. Darren nunca había sido hombre de muchas palabras: a veces, menos era más. Y aunque hablara poco, se hacía respetar.

—¿Sucede algo? ¿Hay algún problema con mis alumnos? —preguntó una voz femenina.

Esto tenía que ser una broma.

La mujer estaba sentada entre los estudiantes, rodeada de dibujos y hojas de colores. Por eso no la había visto antes. Pero cuando el grupo se apartó, no quedó duda de que ella era la responsable del aula.

—Hacen demasiado ruido —respondió Darren.

—No creo que sea para tanto, pero lo tomaré en cuenta —contestó ella, sin alterar la calma.

¿Qué no era para tanto? Sus alumnas no podían ni hablar por culpa de esas risas. Podía ser muy bonita, con esa mirada capaz de distraer a cualquiera, pero su actitud… una completa falta de profesionalismo.




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