Regreso de una Luna

EMMA

—Es un idiota —murmuró Emma. Lúa, lejos de apoyarla, casi escupió el café de la risa.

—Yo creo que es tímido —dijo, divertida—. Y eso lo hace más atractivo.

Emma la miró sin humor. No estaba para fascinaciones ajenas. Aún sentía la incomodidad de haberlo dejado hablando solo, y como si eso no fuese suficiente, al día siguiente él volvió a irrumpir en su clase para “callar el ruido”. Sus alumnos solo participaban, daban su opinión, pensaban. No entendía por qué eso le molestaba tanto a él.

Al finalizar la clase de ese día, Darren apareció nuevamente en su puerta. Esta vez ella no iba a quedarse callada. No cuando su grupo la observaba. No cuando se sentía humillada en su propio espacio.

—¿Viene a pedirme otra vez que guarde silencio? —preguntó, con la voz firme, sin titubear. Algunos alumnos giraron la cabeza para observarla. Otros empezaron a guardar sus cosas con torpeza—. Si le molesta el ruido, debería solicitar un cambio de aula. Mis alumnos están trabajando, no haciendo escándalo.

Su tono no era grosero, pero tampoco complaciente. Era la voz de alguien que se defendía. —No puede callar a mi grupo cada vez que se le antoje. Este es mi salón, y mientras yo esté aquí, yo me haré cargo. No voy a permitir que siga quitándome autoridad frente a mis alumnos —continuó, y sus estudiantes, ahora sí, escaparon del aula antes de que el aire se volviera aún más denso—. ¿Qué pasaría si yo entro a su clase y doy indicaciones? A usted no le gustaría, ¿verdad?

Darren permaneció inmóvil, rojo hasta las orejas. Quiso decir algo, pero ninguna palabra salió. Emma lo miraba con enojo contenido, esperando una respuesta que nunca llegó.

No la necesitaba. Tomó sus cosas y salió, con el pulso agitado. No le gustaba sentir que había perdido el control de sus emociones. Su padre siempre le dijo que respirara antes de actuar, pero esta vez no lo hizo. Se defendió, y ahora temía las consecuencias.

Y no tardaron en llegar.

La directora de la institución, una mujer imponente que rara vez levantaba la voz y aun así transmitía respeto, los citó a ambos en su oficina. Emma se sintió como si regresara a la adolescencia: ahí estaba, sentada al lado de otra persona por un problema escolar, esperando el castigo. Solo que ahora no era Lúa… era Darren. Y lo peor: necesitaba ese trabajo.

—¿Alguno de los dos va a decir algo? —preguntó la directora, con un tono que cortó el aire.

Emma respiró profundo. No iba a negar su responsabilidad.

—Fue mi culpa —dijo con claridad—. Me molestó que interrumpiera nuevamente mi clase. Actué de forma inadecuada. Pido una disculpa, y prometo que no volverá a suceder.

No pensaba asumir sola el peso.

—También quiero señalar que me resulta difícil mantener la autoridad con mi grupo cuando otro profesor entra a callarlos. Solo estaban participando.

La directora asintió, sin tomar partido. Entonces Darren habló:

—Fue mi culpa. Me disculpo porque, en varias ocasiones, me tomé la libertad de exigir silencio sin consultarlo con ella. No respeté su espacio. No debí hacerlo.

Emma lo observó incrédula. ¿Ahora era considerado? ¿Ahora sí sabía disculparse? No sabía qué era peor: su arrogancia o ese repentino comportamiento correcto que parecía un disfraz.

La directora los miró alternando su atención entre ambos.

—Es simple —concluyó—. No debe volver a pasar. Ambos son buenos profesores. No necesito conflictos en esta institución, ¿queda claro?

—No se repetirá —respondió Emma con serenidad, sosteniéndose en su dignidad. Porque, aunque hubiera perdido la paciencia, no perdería su trabajo.




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