No entendía cómo había terminado en ese lugar si sus intenciones eran buenas. Solo quería disculparse con Emma por haber sido un poco grosero. No podía evitarlo: sus clases eran demasiado ruidosas y terminaban desconcentrándolo a él y a sus alumnos. Si con silencio ya era difícil que prestaran atención, con el alboroto del aula de al lado era imposible.
La directora no parecía molesta por su comportamiento. De hecho, Darren estaba casi seguro de que estaba planeando algo.
—Emma, ¿tú organizaste la feria de ciencias el año pasado, cierto? —preguntó, mirándola.
Emma cerró los ojos como si eso pudiera evitar la situación, y asintió con un gesto resignado.
—Bien. Tengo una propuesta.
Darren se contuvo para no reírse. El rostro de Emma era todo un poema: quería desaparecer de ahí lo antes posible, y él sabía exactamente por qué. Lo peor era que confiaba en que ella también lo sabía.
—¿Podrías encargarte de la feria de literatura?
Emma quería negarse. Era evidente en su expresión, pero no parecía capaz de decir que no. Darren reconoció esa mirada: la misma que él ponía cuando lo mandaban a un área del hospital que no quería pisar, pero estaba obligado a respetar órdenes.
—Me encantaría —comenzó Emma, con un tono amable pero inseguro—, pero organizar una feria de literatura es más complicado… tendría que buscar conferencistas, coordinar editoriales, organizar a los estudiantes y hablar con los maestros para que sus grupos participen. Es demasiado trabajo para una sola persona.
Darren no quería admitirlo, pero estaba disfrutando ver cómo intentaba escapar con explicaciones interminables. Hablaba hasta por los codos... Divertido.
—Puedes tener a tu disposición a cualquier alumno, maestro o personal de esta institución —respondió la directora.
Sin poder evitarlo, Darren soltó una risa breve. Ambas mujeres lo miraron, y tuvo que disculparse de inmediato.
—En ese caso… me encantaría organizar la feria de literatura, pero voy a necesitar ayuda —dijo Emma con una sonrisa suave, casi inocente.
—Por supuesto. ¿A quién necesitas? —preguntó la directora.
—A Lúa… y al doctor Darren.
¿Qué?
¿Escuchó mal?
Emma no estaba pidiendo ayuda. Lo estaba arrastrando con ella. ¿Era una venganza? Seguramente todavía no le perdonaba que hubiese interrumpido sus clases.
—Me encantaría, pero mi trabajo en el hospital… —intentó Darren.
—Lúa conoce el medio literario, sería una buena ayuda, la necesito y estoy segura de que el doctor conoce profesionales que han escrito libros que podrían dar una conferencia —lo interrumpió Emma con la misma calma con la que alguien explica el clima.
—Conozco a otros doctores que estarían encantados de… —intentó de nuevo.
Emma no lo dejaría escapar tan fácilmente.
—Creo que un médico podría animar a los alumnos a interesarse por la investigación. Este programa busca despertar curiosidad, y quizá también entre los futuros médicos. Con un poco de suerte, alguno de ellos podría escribir un libro más adelante… o incluso encontrar la cura para una enfermedad degenerativa.
Emma lo dijo con una serenidad inocente, como si creyera cada palabra. Darren sabía que eso era muy poco probable que ocurriera. Solo estaba hundiéndolo con ella, con su rostro dulce y su tono didáctico.
La directora sonrió, fascinada. Emma sonrió también, con suavidad y ojos brillantes. Darren no supo si admirarla, odiarla o desesperarse.
Emma no pensaba hundirse sola. Y lo estaba dejando muy claro.
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Editado: 25.01.2026