No estaba en sus planes detenerse en un café mientras organizaban la feria de literatura con Emma. Pero la señorita decidió que, si no comía algo “ligero” primero, no seguiría trabajando. Así eran sus condiciones. Y ahí estaba él, aceptándolas sin discutir.
El aroma a café recién hecho y el murmullo suave de las conversaciones creaban un ambiente acogedor, aunque también incómodo. Emma parecía tranquila, pero algo en su postura rígida y la forma en que movía los dedos sobre su taza indicaba que no lo estaba del todo.
Lúa, la amiga de Emma, también los acompañaba, aunque apenas existía en la mesa: metida en su celular, sin probar el té que tenía enfrente. Su comportamiento era extraño, demasiado silencioso. No era su problema, se dijo. Sin embargo, no pudo evitar notarlo.
Había empezado a comprender un poco la dinámica entre esas dos. Emma observaba a su amiga de reojo cada tanto, sin interrumpir su concentración en la organización. Era una mezcla curiosa: trabajar sin quitar el ojo de encima a la otra. Él no entendía cómo se comunicaban, pero a veces parecía que lo hacían sin hablar. Años de amistad, supuso. Eso lo hacía sentirse como un espectador. Un invitado accidental a un mundo que no le pertenecía.
Al menos, ya podía mantener una conversación con Emma sin que ninguno de los dos levantara la voz. Descubrió que a ella le gustaba hablar, lo cual le resultaba conveniente: él detestaba expresar lo que sentía. A veces las palabras se le atoraban en la garganta, como si hubiera un muro que bloqueara su propia voz. Ahora solo tenía que escucharla quejarse de la feria, del trabajo extra, de las conferencias, de la organización, y aun así cumplir con todo. Lo hacía bien. Lo hacía mejor que bien.
Además, ya no necesitaba ir a “callar a sus alumnos” para verla en clase. Ahora la veía todos los días. Sin excusas.
—¿Estás bien? —preguntó Emma a su amiga.
Lúa asintió. Fue una mentira evidente. A las ojeras debajo de sus ojos se sumaba el hecho de que no comía. Mientras él y Emma tenían un sándwich de pavo frente a ellos, ella solo sostenía esa taza que no se había atrevido a probar.
Muy su problema si no comía. Era adulta. Si decía estar bien, él la creería. No era su médico, ni su amigo, ni tenía razones para preocuparse más allá de lo razonable.
De repente, el ambiente del café cambió. La silla de Lúa se arrastró con un sonido abrupto.
—Tengo que retirarme. Lo lamento. Te mandaré toda la información a tiempo —dijo, y sin más explicación, se fue.
La taza seguía intacta.
Emma la miró con preocupación que no intentó esconder. Ya estaba levantándose cuando él habló sin pensarlo:
—Tengo que ir con ella.
Ni siquiera sabía por qué lo dijo. Era un impulso extraño, casi ajeno a él. Una urgencia que no sabría explicar.
—Espera —Emma también parecía dividida entre quedarse o perseguirla. Conocía bien esa sensación: querer ayudar a alguien que no quiere ser ayudado todavía.
Eso fue cuando lo notó: su mano sobre la de Emma. Un gesto rápido, casi accidental, pero lo suficientemente claro. La estaba deteniendo. La estaba deteniendo él.
¿Qué hacía? ¿Quién se creía para impedirle que siguiera a su amiga? ¿Por qué estaba tan seguro de que la otra mujer no quería ser molestada?
Y entonces lo entendió, con un disgusto que no podía disimular ni frente a sí mismo.
No era solo la idea de que Emma corriera detrás de su amiga. Era la idea de quedarse solo. De verla alejarse. De sentir cómo ese vínculo reciente y frágil entre ellos podía quebrarse si Emma daba dos pasos fuera del café.
¿Y si ella se iba? ¿Qué quedaba?
Ridículo. Absurdo. Pensar así era una tontería. Nadie tenía por qué quedarse. Nadie estaba obligado a estar cerca de él. No todos pensaban como él. No todos se quedaban.
No quería que se fuera, eso era todo. Su amiga era una adulta; podía resolver sus propios problemas. No necesitaba a Emma para eso. Pero la posibilidad de que Emma lo dejara solo lo incomodaba más de lo que estaba dispuesto a aceptar.
Estaba pensando estupideces.
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Editado: 25.01.2026