¿Qué podía hacer? Quería salir corriendo detrás de Lúa, asegurarse de que estaba bien, como ella le pedía siempre, pero algo o alguien dentro de ella la mantenía anclada al lugar. El tacto de Darren era extraño, como si su brazo rozara una superficie caliente: un impulso la instaba a apartarse, pero no podía. No podía moverse.
El teléfono de Darren comenzó a sonar, rompiendo el momento y recordándoles que estaban en un lugar público. Emma se sentó de nuevo, confundida, intentando asimilar lo que acababa de pasar. Solo fue un roce insignificante, se repitió. No era nada. No era el único que había tocado su brazo.
Entonces, ¿por qué sentía esto?
Darren no contestó. Dejó el teléfono a un lado.
—Deberías contestar, tal vez sea importante —sugirió Emma, aunque ni ella misma creía en sus palabras.
Quería ir al baño, pensar, aclararse. Pero era demasiado tarde para alcanzar a Lúa. Y si se levantaba ahora, Darren pensaría que estaba huyendo de él. Y claro que no lo estaba haciendo. No huía. Nunca. No le daría esa satisfacción.
Esto no la confundía. Ni la asustaba. ¡Claro que no!
—Es mi hermano. Siempre logra ponerme de mal humor, dudo que sea algo importante —respondió Darren, con una sonrisa que parecía suavizar la tensión.
Emma no insistió, aunque algo dentro de ella seguía inquieta. No era el roce de Darren lo que la alteraba. Era su corazón, latiendo más rápido de lo normal. Pero, claro, eso debía ser culpa de la cafeína. Sí. La cafeína.
Lúa le estaba ocultando algo. Emma podía notarlo en su mirada, en sus gestos, en la forma en que evitaba reunirse con Darren. Y eso la molestaba. Lúa nunca actuaba así. Cuando algo pasaba, siempre lo compartía. Entonces, ¿por qué ahora?
Después de clases, Emma llegó a la oficina de maestros donde Darren la esperaba para seguir trabajando. Estaba furiosa: Lúa no le respondía, no asistiría a la junta, y encima Darren le sonreía de una manera que no sabía si le irritaba o le agradaba.
Cuando lo conoció, era un idiota. Ahora… ahora quería sonreírle como si nada hubiera pasado. Qué tontería.
—Parece que alguien está de mal humor —comentó Darren, intentando bromear.
Emma no tuvo ganas de reír. Extrañaba al Darren callado, al que no decía nada.
—¿Estás bien? —preguntó él, aunque no esperaba respuesta.
Claro que no estaba bien. Pero él no necesitaba saberlo.
—Sí. Lúa me dio la lista de escritores. Priorizaré a los que están subrayados en rojo, porque tienen agenda apretada. Ajustaremos el itinerario y colocaremos a esta autora al final para asegurar la asistencia completa —explicó, tratando de concentrarse.
Algo no encajaba. Lúa nunca ocultaba información. ¿Por qué ahora?
—Creo que deberíamos tomar un descanso —sugirió Darren.
Emma lo miró incrédula. No podían tomarse un descanso justo al empezar. Cada minuto contaba.
—Emma está alterada. Cálmate —dijo Darren, levantándose y sentándose junto a ella.
Pero lo más extraño no fue eso. Lo extraño fue cuando tomó sus manos, deteniéndola mientras tecleaba en su portátil.
—No lo estoy. ¿Podemos seguir trabajando? —dijo ella, incómoda.
—Ni siquiera estás concentrada —respondió él.
Emma pensó que podía con todo, multitasking, pero al mirar la pantalla vio que Darren tenía razón: había borrado el archivo en el que trabajó toda la mañana. Todo su esfuerzo perdido.
Dejó caer la cabeza sobre el escritorio. El golpe le recordó que probablemente quedaría una marca. Pero lo peor era pensar que tendría que empezar de nuevo.
Sintió cómo Darren retiraba sus manos. Extrañamente, eso la reconfortó. Nunca se había dado cuenta de lo reconfortante que era hasta que se apartó.
—No te preocupes. Mira, ya recuperé el archivo —dijo él.
Emma levantó la cabeza. Podría haberlo hecho ella, pero hoy su mente no cooperaba.
—Gracias —susurró, intentando retomar su trabajo.
—¿Estás bien? —preguntó Darren otra vez.
Emma intentó callarse. No quería involucrarlo en sus problemas. Pero sus labios no obedecían.
—No. Lúa está ignorando mis llamadas. Siempre está ocupada y me evita. ¿Sabes cuánto tiempo llevamos siendo amigas? Toda la maldita vida. Yo la acompañé a hacerse su primer tatuaje, el que nadie sabe que existe. La consolé cuando su novio la engañó. La volví a consolar cuando él la dejó sin decir nada. Y ahora… ahora me está ignorando —habló rápido, sin poder contenerse.
Se dio cuenta enseguida: lo había dicho todo.
—¡Dios! ¡Ahora va a odiarme por contarte esto! Tienes que prometerme que no dirás nada. ¡Soy una mala amiga! Todo es u desastre, me va a odiar, nos vamos a pelear y dejaremos de ser amigas.—gritó, nerviosa y arrepentida.
—No le voy a contar nada. Ni siquiera la veo —respondió Darren, cubriéndole la boca con la mano. Con calma.
Emma respiró hondo. Su tacto era frío, pero suave, y eso la hizo sentirse extraña.
—Tal vez Lúa necesite tiempo para procesar lo que pasa. No es fácil aceptar que… —darren se detuvo.
Emma lo miró con desconfianza. Él sabía algo. Sabía algo que ella no.
—Habla —demandó.
—No puedo. Va contra mi ética medica —respondió él con seriedad.
—¿Lo sabes? ¿Ella te dijo algo? ¿Por qué no me lo dijo a mí? —exclamó Emma.
Darren volvió a tomar su mano, como tratando de tranquilizarla.
—Emma, tienes que confiar en mí. Más en Lúa. Se conocen de toda la vida. Solo confía en tu amiga, no no puedo decirte nada porque lo que se es porque soy medico.
Emma apretó su mano, buscando su tacto, aunque no estaba segura de si podía confiar completamente en él. No se trataba solo de Lúa esta vez.
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Editado: 25.01.2026