Nara.
20 AÑOS ATRÁS.
—¿En verdad crees que esto funcione? —cuestionó Nerón sin poder ocultar el miedo que poco a poco invadía su cuerpo. Confiaba en Nara, pero eso no evitaba la inquietud en su interior.
Se encontraba recostado en una camilla, dentro del laboratorio que le había asignado a su prometida. Únicamente estaban ellos dos, para lo que sería su primera sesión de electroshock. Que, según la teoría de la científica, ayudaría a curar su demencia.
Nara colocó la especie de diadema mediante la cual se administraría la corriente eléctrica; después tomó una jeringa y la llenó con un líquido púrpura.
—Tranquilo —dijo, sacando el aire sobrante—. Esto en verdad es necesario si quieres ser un buen gobernante y olvidar todo aquello que te atormenta.
—¿Es anestesia? —El presidente ladeó la cabeza, intentando averiguar lo que aquella jeringa contenía, pero Nara no respondió, y terminó por enterrar la aguja en su cuello sin mucha delicadeza.
Nerón sintió cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba, y pronto sus piernas y brazos se sacudieron. Quiso quejarse, pero un fuerte dolor de cabeza se lo impidió, y algunas imágenes sobre su infancia empezaron a surgir en su mente.
En cuanto Nara se percató de que el medicamento surtía efecto, dio inicio al tratamiento y empezó a inducir las descargas. El cuerpo del hombre se arqueó al sentir la corriente, pero apenas soltó un quejido, pues estaba perdido en el recuerdo de su madre muriendo. Enterrándose la daga en el corazón, y contándole historias acerca del dios sol y la luz divina corriendo por sus venas. Se sacudió con fuerza un par de veces, mientras escuchaba una voz acercarse. Estaba confundido; no era capaz de distinguir si era su madre o Nara hablándole. Susurrándole al oído. Aunque aquello apenas duró un instante, pues le dio la impresión de que su cuerpo se desvanecía y perdió la conciencia.
En cuanto Nerón volvió a abrir los ojos, se paró de golpe y tomó a Nara por uno de sus hombros. Estaba pálido, tenía las pupilas dilatadas y parecía algo ido.
—Necesitamos sacrificios —soltó con preocupación—. ¡Los necesitamos ahora o todos moriremos! —siguió diciendo, empezando a alterarse.
—¿Comienzas a entender cuál es tu propósito? —cuestionó Nara, observándolo con curiosidad—. Necesitas de mí. Necesitas de mis theriones para poder alimentar al sol y detener nuestra extinción.
—Necesito alimentar al sol. Necesito a los theriones —repitió el hombre y la pelirroja asintió satisfecha.
Nerón cerró los ojos repentinamente e hizo una expresión de dolor. Se llevó las manos al estómago y, sin poder evitarlo, terminó por vomitar en el suelo del laboratorio.
Nara apenas se inmutó. Se dedicó a seguir analizando las acciones de su prometido, hasta que esté agitó la cabeza un par de veces, frunció el ceño y volvió a abrir los ojos, para observar a Nara.
—¿Qué sucede? —cuestionó con confusión, sobándose la sien con una de sus manos; parecía que finalmente había regresado en sí.
Nara sonrió con una mezcla de diversión y desafío y después caminó hacia el presidente para ayudarlo a sentarse nuevamente en la camilla.
—Tranquilo, me parece que esto dará resultados —respondió únicamente, sonriéndole con tranquilidad al menor.
—¿Crees que podrás curarme? —cuestionó Nerón aún con los ojos llorosos y un terrible sabor en la garganta. —¿Estaré mejor? —Sé que cumpliré mi propósito —respondió Nara con seguridad.
Su plan era jugar con los recuerdos de Nerón. Hacerlos surgir con ayuda de un medicamento de su creación, mientras administraba la corriente eléctrica. Quería manipularlo con sus peores momentos. Lograr convencerlo de que la única manera en la que podía ganar y evitar que lo que su madre le había contado se hiciera realidad era mediante el ejército de theriones y gobernando con crueldad a sus habitantes.
Nara sabía que eso implicaba sacrificios literales, pero el que la gente sintiera temor por Nerón les daría más poder a ambos, y ella no tendría que preocuparse por ser quien recibiera el odio.
—Entonces continuemos —soltó Nerón con resignación, y se preparó para la segunda de las interminables sesiones a las que se sometería durante muchos años.
(...)
LA NOCHE QUE NERÓN DEBÍA MORIR...
—Supongo que es una dolorosa forma de morir —soltó el presidente cuando su hija enterró el arma en su pecho, y un instante después cayó al suelo.
Una vez que la chica abandonó el salón, Nara aprovechó que Deo intentaba consolar a Marina por la muerte de Oliver, y que Winston pateaba la mesa con frustración, pues Carmín le había arrebatado la oportunidad de vengar a su hija, para arrodillarse cerca de Nerón y observarlo con detenimiento.
Egan había salido tras Carmín, por lo que nadie le prestaba atención a la científica, quien sonreía con satisfacción mientras veía cómo la sangre comenzaba a brotar no solo de las heridas de su esposo, sino también de sus orificios nasales. Por un segundo pensó que lo mejor sería dejarlo morir como era debido; ya había lidiado mucho tiempo con él. No obstante, si Nara tenía un defecto, ese era sentir apego por sus experimentos, sobre todo si su sujeto era Nerón. La prueba viviente de su nivel de manipulación.
Así que en cuanto la sangre también comenzó a escurrir de sus orejas, sacó un pequeño frasco que llevaba colgado en una cadena, y que el corset de su vestido lograba ocultar, y con discreción vertió el líquido en la boca del presidente.
La mujer se puso de pie y les hizo una seña a los soldados.
—Llévenselo de aquí —pidió y los hombres asintieron sin hacer más preguntas.
No entendían con exactitud lo que sucedía, pero sabían que su deber era llevar a su presidente a un lugar seguro.
En cuanto Nara tuvo oportunidad, fue a buscarlo, curó sus heridas y después pidió que lo trasladaran a su nuevo laboratorio.
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Editado: 05.02.2026