Fradaric.
Mirar los barrotes le provocaba gran irritación. No podía dejar de moverse de un lado a otro de manera silenciosa. Quería desgarrarle la garganta a todos en el lugar hasta que una parte del enojo saliera de su cuerpo. No solo era el hecho de que Nara lo viera como su pertenencia. Que sonriera satisfecha al haberlo apresado, sino también que su pasado se presentaba en su cabeza de una forma tan vívida, que en el fondo sentía pánico, y Fradaric odiaba eso de su parte humana.
Había bajado la guardia. Cometido el error de creer que podía confiar en otros solo por ser theriones como él. Dara llevaba más de diez años siendo una de sus dos acompañantes. La había acogido desde el primer día en que llegó a Terfiell. Asustada y sintiendo rechazo por todo. Con sus extraños ojos amarillos llenos de miedo y rabia, pero con un plumaje hermoso, que había logrado llamar la atención de Fradaric, a quien siempre le había gustado lo colorido y excéntrico.
La therión ni siquiera había dudado al momento de traicionarlo. La idea de ser parte del plan de Nara y los beneficios que esta le susurró al oído bastaron para entregar al gobernante de Terfiell. Dara resultó ser más lista. Más cruel e inhumana. Inari, por otro lado, terminó siendo mortalmente fiel. En cuanto se negó a cooperar, Dara atravesó su garganta con una lanza. Fradaric vio cómo la vida de su compañera se apagaba. Como su pelaje naranja perdía color y una línea de sangre escurría de su boca.
El dolor lo hizo sentirse patético. Incluso después de vivir por casi tres décadas, seguía aferrándose a las personas y a su pasado.
Ansiaba matar a Nara. Tenía razones de sobra para hacerlo, pero ni siquiera para alguien como él era tan sencillo. Por un momento creyó encontrar la forma de dañarla. Cuando vio entrar a la de cabello rojo. Aquella chica que había matado a Nerón y que casualmente era la hija de ambos, pensó en asesinarla. Si ella se acercaba lo suficiente a la jaula, podría rasgar la piel de su garganta con sus garras. Acabaría con una parte de Nara. Una que pensó era importante para ella, pero cuando la nueva líder de la Ciudad Central terminó por convertir a Carmín en su vecina de celda, se dio cuenta de que realmente a aquella mujer no le interesaba nadie a excepción de ella misma y sus planes. Si quería derrotarla, tendría que salir de ahí sin importar las consecuencias.
Pero, ¿estaba preparado para morir? Ya una vez había tenido a la muerte frente a él. Susurrándole al oído, emanando su olor a huesos y tierra. La había visto siendo solo un niño y logrado eludirla.
Cuando años atrás, Nara ordenó a sus hombres atarlo a aquella camilla metálica e inyectarle el suero, se dio por muerto. La mujer ni siquiera se había tomado la molestia de remover el cuerpo de su padre. Ver a su progenitor de esa manera lo había hecho desear que le sacaran los ojos. Su pequeño corazón se aplastó en su interior y, si el miedo no hubiese hecho que su lengua se durmiera, probablemente habría gritado en ese momento.
Nara optó por saltarse varios pasos del procedimiento. No lo sometieron a tantas pruebas como a los theriones que vendrían después. De hecho, solo él y Carmín no contaban con un tatuaje de asignación. Nara estaba demasiado ansiosa, así que supuso que, al llevar la sangre de su padre, podía mezclar la del chico con alguna de las alternativas que había optado para Faigel.
Apenas entró el líquido plateado en su sistema, Fradaric tuvo la impresión de que se quemaba. Un quejido tras otro salió de su boca, y sintió la saliva acumularse. No pudo evitar doblar los dedos de sus manos y pies, y azotar su cabeza de manera frenética. Bramaba tanto que la garganta le dolía y las lágrimas y saliva empapaban su rostro y cuello. En ese momento no supo lo que sucedía, pero sus colmillos y garras brotaron. Poco a poco su cuerpo cambiaba. El dolor aumentó tanto, que su corazón estuvo a punto de detenerse y le dio la impresión de que explotaría en pedazos. Al final terminó por perder la conciencia. Cuando volvió a abrir los ojos, ya estaba en la última parte del proceso, rodeado de agua. En cuanto se percataron de que estaba consciente, lo trasladaron a una jaula.
El hambre llegó al instante. Su olfato mejorado detectó de inmediato a las presas a su alrededor. La sangre y carne hicieron gruñir su pequeño estómago. Su instinto asesino lo envolvió.
—Resultaste ser más fuerte de lo que pensé —dijo Nara acercándose a la jaula. A diferencia de los demás científicos en la habitación, ella no parecía atemorizada. —¿Tienes hambre? —cuestionó la mujer y Fradaric asintió de manera frenética.—Toma—habló nuevamente y le lanzó un trozo de carne. Era un conejo. Lo habían despellejado, pero seguía crudo.
Fradaric no reparó en eso, se abalanzó hacia su comida y la devoró con salvajismo.
—Quiero más —habló finalmente el más joven. Su tono era extraño, pues sentía que los colmillos le estorbaban.
—Lo sé —respondió Nara—. Y le hizo una seña a otro de los científicos para que acercaran más animales muertos.
Devoro uno tras otro. La sangre manchó sus manos y mejillas, pero aquello no le importó.
—Quiero salir —dijo Fradaric una vez que se hartó de los conejos.
—No —respondió Nara y aquello solo encendió la furia del menor.
—¡Quiero irme de aquí! —exigió y comenzó a golpear los barrotes con desesperación.
Por aquel entonces las jaulas eran de menor calidad, por lo que la fuerza extrema de Fradaric bastó para lograr separar un par de centímetros los barrotes. Sin embargo, antes de que lograra salir, Nara extendió su brazo hacia uno de sus subordinados y este le entregó un arma de descargas eléctricas. Sin perder el tiempo y sin ningún remordimiento, la mujer acercó el aparato al cuello del más joven. Este se desvaneció debido a la sorpresa. Nara lo miró fijamente y lo atacó un par de veces más hasta que el niño se encogió en el suelo.
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Editado: 05.02.2026