Carmín.
Cuando mis ojos se cruzaron con los de Nerón, no pude evitar retroceder un paso. Estaba tan confundida que incluso me sentí mareada. No podía creer que de verdad siguiera vivo. Que estuviera a solo unos metros de mí.
—No... No, ¿cómo...
No era capaz de formular una pregunta en concreto. El presidente se levantó con lentitud. Su expresión era de confusión. Estaba pálido y sus ojeras eran sumamente notables. Me miró de arriba abajo y después se acercó con rapidez a los barrotes.
—¿Nara? —preguntó con preocupación, pero de inmediato negó con rapidez—. ¿Quién eres? ¿Por qué te pareces a ella?
—¿Qué? —cuestioné confundida y el enojo en mi pecho incrementó.
—¿Dónde está Nara? ¿Qué está pasando? —comenzó a gritar.
—¿A qué diablos estás jugando ahora? —pregunté y decidí caminar hacia el lado donde se encontraba—. ¡Porque sigues vivo! ¡Yo te maté!
—¡Cuida cómo me hablas! —respondió Nerón con enojo—. Soy quien manda en este lugar y exijo saber por qué estoy aquí. —gritó nuevamente, pero su cuerpo pareció perder energía y cayó de rodillas al suelo, mientras se agarraba la cabeza con fuerza.
Nerón dejó escapar un par de quejidos y se encogió en su lugar.
—¡Basta! —exclamó con tono asustado—. ¡Ya basta, por favor! ¿Dónde está mi esposa? ¿Qué le pasó a mi hija? ¿Quiero verlas? Por favor.
El hombre parecía estar llorando y de un momento a otro comenzó a golpear su cabeza con sus manos.
—Deja de fingir —hablé sin poder evitar que mi voz temblara.
—No está fingiendo —dijo Fradaric, quien se dedicaba a observarnos con una sonrisa de diversión en el rostro—. Su mente está hecha un desastre; por momentos vuelve en sí, pero la mayor parte del tiempo se la pasa gritando, lo que es irritante porque sus quejas suelen alterar al bravío y todo se vuelve muy ruidoso.—añadio con fastidio.
—No lo entiendo —admití sin dejar de ver a Nerón, quien se había tendido en el suelo, mientras lloraba con la mirada perdida en la única pared que había en su celda—. ¿Por qué Nara lo tiene aquí?
—Ya te lo dije, tu madre ama coleccionar sus experimentos —respondió el therión con ironía.
—Pero Nerón no es un...
—Un therión —me interrumpió Fradaric—. No, claro que no. Solo es un humano muy tonto que se enamoró de una psicópata y le entregó todos sus recursos y el control de su mente.
—¿Qué? —volví a preguntar. No podía creer tan fácilmente en las palabras del rubio. —¿Y tú lo sabías?
—¿Que tu madre era una psicópata? —indagó y, antes de que pudiera responder, volvió a tomar la palabra—. Tenía mis sospechas, pero que todo este tiempo Nerón hubiese sido su títere, no. Hace poco que me enteré.
—No, él es el malo —hablé recordando todo lo que el presidente había hecho—. Él mató a Alba, él encabezó a su ejército de theriones cuando invadieron Haldenmoss... mató a Oliver.
—Claro que lo hizo —respondió Fradaric—. Dio tantas sentencias y órdenes como pudo. Sacrificó a muchas jóvenes e hirió a miles de personas, pero siempre bajo el control de Nara. —Fradaric dejó escapar una risa—. Y nadie nunca sospechó nada. Todos concentraron su odio en Nerón y dejaron en libertad a la peor persona.
—¿Por qué eso te hace gracia? —cuestioné, enojada.
—¿A ti no? —dijo, tomando los barrotes para acercar su rostro tanto como podía hacia mi celda—. ¡Le vio la cara a toda la ciudad! ¡Manipuló a cada uno de nosotros! ¡Lo sigue haciendo! Y su ejército no hace más que aumentar.
—Te refieres a los theriones de Terfiell, ¿ella los tiene?
—Para este punto ya todos deben ser bravíos —respondió y su tono se volvió serio.
—¿Bravíos? —indagué con confusión—. ¿Pero por qué los convertiría? Ellos no siguen órdenes.
—Lo hacen ahora —respondió con rapidez—. Logró controlarlos. ¿Acaso no prestas atención a lo que digo? Aquí mismo está el primero de los bravíos al que inyectó su nuevo suero.
—Entonces planea invadir la Villa Sur con ellos —susurré aterrada.
—Es lo más probable —respondió el mayor—. Y además tiene a sus hombres dorados, a los theriones... y ahora te tiene a ti —dijo y volvió a sonreír, aunque esta vez su mirada parecía preocupada.
—¿ A mí?—ibagué
—Pensé que eras igual de lista que tu madre, pero ya veo que no —respondió con fastidio—. Experimentó contigo desde que estabas en su vientre; ¿crees que va a desperdiciar el tiempo invertido en ti? Por supuesto que no. Seguramente va a darte uno de los papeles principales en la guerra que se aproxima.
—¡No lo permitiré! —dije intentando sonar firme.
Fradaric volvió a reírse, mientras negaba con la cabeza.
—¿Y cómo vas a impedirlo? ¿Cómo vas a hacer algo estando aquí? —preguntó de forma retadora.
—Ya encontraré la manera —respondí enojada.
No solo me molestaba el hecho de haber sido engañada por Nara y que Nerón estuviese vivo, sino que también mucho de lo que había dicho Fradaric era verdad.
—Para cuando lo hagas ya será demasiado tarde; mientras tanto disfruta el show —dijo señalando a Nerón, quien nuevamente se había puesto de pie—. Después de un rato se vuelve tedioso, como todo lo demás. Aunque tal vez eso sea un defecto mío, todo me parece aburrido después de un tiempo —dijo y caminó hacia la cama de metal en su celda para tenderse y dedicarse a mirar sus garras.
—Necesitamos más ofrendas —susurraba repetidamente Nerón—. Necesitamos alimentar el sol... ¡Ya basta! ¡Mi cabeza ya no lo soporta!
No lograba apartar la mirada de Nerón. La persona frente a mí era completamente diferente al hombre que tenía aterrorizada a la ciudad central y a los pueblos a su alrededor. Apenas había rastro del tipo cruel que lideraba a los híbridos. En ese momento, Nerón tenía un aspecto enfermizo. Había perdido demasiado peso. Su cabello se veía opaco y el verde de sus ojos estaba tan apagado que casi parecía negro.
Aun así, no podía permitirme sentir lástima por él. No cuando Edward y Verá habían muerto por su culpa. No cuando había mandado a Lex a asesinarme. Aún no comprendía eso. Aunque Nara estuviese detrás de toda la destrucción y muertes, ella le había pedido a Grafton que me llevara a Haldenmoss para evitar que Nerón acabara conmigo.
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Editado: 22.02.2026