Reina de bravíos

CAPÍTULO CATORCE.

Lexabán. Parte 1.

La infancia de Lexabán se podía resumir en:

Falta de atención por parte de sus padres.

y

Un terrible miedo hacia su hermano mayor, quien solía gritarle y golpearlo cuando estaban solos.

Apenas cumplió dieciséis años y tomó la decisión de abandonar su hogar. Había crecido en un pueblo pequeño al este de la ciudad central. Un lugar caluroso, donde terminar cubierto de polvo era algo recurrente y que lloviera era un evento de una o dos veces al año. A sus padres no les preocupó aquel hecho o, al menos, Lex nunca se enteró de que lo echaran de menos, mucho menos su hermano mayor, quien no parecía tenerle el mínimo grado de tolerancia.

Lex vagó los primeros días en los pueblos vecinos. Durmió un par de semanas en callejones hasta que logró conseguir un trabajo en un antiguo hostal donde se encargaba de tomar los pedidos de los clientes, mayormente de llevar los desayunos o cenas hasta sus habitaciones.

Cualquier cosa le parecía mejor que regresar a su casa. En el hostal tenía un cuarto donde dormir y lo alimentaban tres veces al día, así que no era una vida terrible. Al final de todo, se había librado de los maltratos de su hermano.

Su rutina transcurrió de forma trivial por casi año y medio, hasta que una noche uno de los huéspedes solicitó que llevaran una botella de alcohol a su cuarto. Lex creyó que el hombre solo tenía intenciones de embriagarse, pero cuando le abrió la puerta, le fue imposible ignorar lo herido que se encontraba. Planeaba dejarle el licor y retirarse cuando otro sujeto más apareció en el lugar e intentó atacar al cliente. Por algún motivo, el cuerpo de Lexabán actuó por instinto y se movió con rapidez, logrando arrebatarle la daga al atacante. Este forcejeo para poder golpearlo, pero incluso desde antes del suero, Lex ya era alguien alto y fuerte. Un rasgo que tenían todos los hombres de su familia, así que le fue fácil someter al sujeto en el piso. El huésped lo miró asombrado por apenas unos segundos, luego sacó un arma y le disparó en la cabeza al atacante. El menor se quedó paralizado. Su rostro moreno de repente se tornó pálido y sus ojos miel se abrieron sorpresivamente. Algunas gotas de sangre salpicaban sus manos y aquello hizo que retrocediera para alejarse del cuerpo.

—Tranquilo, era un tipo buscado —intentó explicarle el cliente para tranquilizarlo. Metió una mano al bolsillo de su sucio abrigo café y le tendió una hoja de búsqueda con el rostro del tipo que yacía muerto en la habitación. —Era enemigo del presidente Rendori —le explicó—. Su gente ha estado ofreciendo buenas recompensas para acabar con las personas que buscan dañarlo.

—¿Entonces era malo? —cuestionó Lex con voz temblorosa—. ¿Se meterá en problemas por matarlo?

—Al contrario, ahora gracias a ti podré cobrar la recompensa. Este sujeto me dio más problemas de los que pensé —dijo y tomó la botella que había dejado en el cajón junto a la puerta para después verter un poco en la herida en su abdomen. Hizo un gesto de dolor y luego se llevó el licor a los labios. —Pero tú pareces bastante útil, lo sometiste como si nada —añadió el mayor, aún asombrado.

—¿Por eso está tan herido? —cuestionó Lexabán, analizando el estado del más grande.

—Sí, este trabajo mayormente es peligroso, pero deja muy buenos pagos —admitió—. Al menos por este estaban ofreciendo 80,000.

—¿80,000? —cuestionó el más joven con sorpresa, pues en aquel entonces el dinero aún circulaba con normalidad y aquello era bastante.

—Sí, y hay tipos que valen más —contestó el más alto—. Así que te invitaré a cenar como compensación por ayudarme.

Aquella noche Lex se enteró de que el hombre se llamaba Demetrio y que era un mercenario. El mayor le contó bastantes de sus anécdotas y el cómo era su vida junto a sus compañeros que se dedicaban a lo mismo que él. Endulzó sus oídos con todo el dinero que había ganado gracias a las recompensas que cobraba y le prometió ayudarlo a entrenar y aprender a usar armas si se animaba a unirse a ellos. Lex lo dudó al inicio, pero al final lo convenció la emoción que Demetrio transmitía al contarle sus hazañas y de repente la idea de dejar la trivialidad de su vida le pareció mucho más interesante. Así que al final accedió y así pasó a convertirse en un mercenario.

Conforme avanzó el tiempo, fue volviéndose mucho más fuerte y habilidoso para pelear. Demetrio le enseñaba nuevas cosas todos los días y lo trataba como si fuese su hijo. Vivía con él y su familia. Que consistía en su esposa, su hija y otro chico llamado Jonas, al que también había acogido algunos años atrás.

Lex se hizo con rapidez de dinero, pues era uno de los mercenarios que mayor cantidad de criminales cazaba. La mayoría de ellos, buscados por gente importante de la Ciudad Central. No sería hasta tres años después que su vida daría un cambio drástico. Era el tiempo para las elecciones del nuevo presidente y las cosas estaban tensas entre ambos candidatos. Los votantes y equipos de Nerón y Davina buscaban cualquier manera para impedir que su contrincante tuviera éxito. Estaban tan desesperados porque su representante ganara que no les importaban los métodos que utilizaban, incluso si los propios candidatos no estaban enterados. Así que la vida de Nerón y Davina constantemente estaba en peligro.

Una tarde en la que ambos candidatos fueron a la Villa Sur (que para entonces aún formaba parte de la Ciudad Central), con el propósito de presentar sus propuestas a los habitantes de esa zona, docenas de mercenarios y cazarrecompensas fueron contratados para atentar contra Nerón. Ni él ni Davina tenían idea de lo que el equipo de la candidata tenía planeado, así que solo estaban enfocados en sus discursos. El evento se dio sin contratiempos. La población estaba dividida, pues Davina era una mujer con más experiencia, que ofrecía seguridad, igualdad y desarrollo tecnológico para todo el país, mientras que Nerón era considerado una mente innovadora, hijo de uno de los hombres que más contribuyó al país y que además tenía el visto bueno del presidente Rendori. Así que aún no tenían certeza de quién tenía mayor ventaja para ganar.




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