Reina de bravíos

CAPÍTULO QUINCE.

Lexabán. pt.2

Después de tener éxito con el primer therión, los sucesos en la ciudad se volvieron extraños. Para empezar, aunque Grafton era uno de los encargados en el proyecto, no fue partícipe de los primeros experimentos y a nadie se le permitió ver al primer sujeto. Ni siquiera al presidente.

Las interacciones entre Lexaban y Nerón disminuyeron casi por completo. Había varias ocasiones en las que el presidente y Nara se aislaban en su laboratorio, sin que nadie pudiera acercarse. Poco a poco, la actitud y apariencia de Nerón fue cambiando. A muchos no les pareció relevante, pero Lex pudo percatarse de la pérdida de peso y la palidez en su amigo. Además de las visibles ojeras y el temblor persistente en sus manos. Por si fuera poco, ya no solo era estricto con su personal, sino que también cruel, y había comenzado a tener episodios donde les gritaba a todos que los sacrificaría.

Lex sabía que esos cambios habían dado inicio con la llegada de Nara y el presentimiento de que había algo malo con la mujer no hacía más que incrementar. Sin embargo, pensar en cómo convencer a Nerón de eso era algo complicado, sobre todo después de que se casaran. Su boda fue muy privada, y era difícil deducir quién se veía más fastidiado con el evento, si Lexabán o la misma Nara.

Un par de semanas después de que se casaran, Nerón mandó a realizar la gigantesca estatua dorada para sustituir el globo terráqueo que estaba en el centro de la ciudad, y cambió por completo los uniformes de los hombres de su ejército. Reemplazó la vestimenta negra por armaduras doradas y las armas de fuego por lanzas y espadas, lo que a Lex le pareció una locura, porque era todo un retroceso. Cuando le preguntó a Neron por sus nuevas decisiones, este le dijo con orgullo que habían sido sugerencias de su esposa.

Una noche Lexabán no soportó más y caminó furioso hasta el laboratorio de Nara, donde esta pasaba la mayor parte de su tiempo. El más joven había estado tomando durante toda la tarde. Intentando reprimir sus impulsos. Aunque al final su estado etílico fue lo que lo incitó a entrar sin aviso al sitio donde resguardaban a los theirones.

Lex quedó asombrado ante las criaturas frente a él. Realmente eran tan animales como humanos. Algunos tenían aspectos terroríficos, como el tipo alto y robusto, de pelaje café y cuernos de toro; otros eran más como sacados de cuentos de fantasía, con su piel brillante en tonos azules y ojos grandes y cristalinos, pero quien más le llamó la atención fue el chico resguardado en una de las celdas del fondo. Debía ser muy joven; probablemente tendría unos 10 u 11 años. Parecía que le habían inyectado ADN de leopardo; tenía garras, bigotes y una larga cola que se movía de un lado a otro. Vestía un traje púrpura y miraba a Lex con una mezcla de amenaza y diversión.

—Él fue el primer sujeto —habló Nara y Lex no pudo evitar sobresaltarse; no se había percatado en qué momento la mujer llegó a su lado.

—Pero es solo un niño —respondió el más joven sin ocultar su asombro. —Por eso lo mantienen en secreto, ¿cierto? —cuestionó con desaprobación.

—Y así debe continuar —dijo Nara. —Pero supongo que no debería preocuparme contigo; después de todo, eres amigo de Nerón y sabes que si algo así se da a conocer, su imagen se dañaría.

—¿Pero él lo sabe? —cuestionó el más alto—. Él no permitiría algo así.

—Me lo permitiría a mí —respondió la mujer con tranquilidad—. ¿Qué haces aquí? —preguntó finalmente sin mucha amabilidad.

—¿Tú crees que puedes seguir saliéndote con la tuya? Que nadie nunca va a notar tus intenciones, pues te equivocas, yo logro ver cuán retorcida eres —soltó Lex mirándola a los ojos. Aún había alcohol en su sistema, pero tenía claro todo lo que deseaba decirle.

—¿De verdad? —Nara no pareció asustada—. ¿Nerón tiene idea de que estás aquí, en este estado? —añadió la mayor.

—Sé que estoy ebrio, pero estoy seguro de lo que hablo. Tú no buscas nada bueno para esta ciudad ni para Nerón. Todas las sugerencias que le susurras al oído y tus supuestos proyectos solo son para tu beneficio —soltó Lexabán con enojo.

—¿Y qué si así fuera? —cuestionó la mujer mirándolo de forma desafiante—. ¿Crees que tú puedes impedírmelo? —Nara dejó escapar una pequeña risa.

—Soy su amigo, él va a escucharme cuando le diga lo que sé —amenazó el menor.

—Tú eres su amigo, pero yo soy su esposa. ¿A quién crees que le dará el lado? ¿Y qué es lo que sabes? Solo estás haciendo suposiciones.

—Ni siquiera lo amas, ¿verdad? —dijo Lex sin ocultar la rabia que sentía.

—¿Amor? —se burló Nara—. ¿Ese es tu problema? ¿Haces todo esto por amor?

—No sé de qué estás hablando —respondió el menor con rapidez.

—Si ese es el caso, yo no veo el problema. No estoy buscando una familia perfecta o un matrimonio de ensueño. Solo quiero hacer realidad mis sueños, así que tú puedes seguir anhelando a mi esposo, mientras yo gozo de los beneficios de estar a su lado, así ambos salimos ganando, ¿no te parece?

Lex sintió su rostro arder no solo de la vergüenza, sino también de la ira. No podía creer el descaro con el que Nara hablaba. Ni siquiera había intentado fingir que quería a Nerón. Estaba tan segura en la posición que se encontraba que no temía revelar algo así frente al mejor amigo de su esposo.

Lexabán sabía que si intentaba revelarle aquello al presidente, no solo no le creería, sino que también pensaría que inventaba aquello por sus propios sentimientos hacia él.

—Estás loca, no mereces estar aquí. —¡Tú no te lo mereces! —dijo Lex con enojo.

—Supongo que tú sí, ambos son igual de patéticos —respondió Nara.

—No voy a permitir que le hagas más daño. Ni dejaré que destruyas la ciudad a su mando —advirtió Lex, pero Nara volvió a sonreír ampliamente.

—Primero tendrás que preocuparte por sobrevivir —contestó la mujer y abrió la puerta de una de las jaulas.




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