Reina de bravíos

CAPÍTULO DIECISÉIS.

Carmín.

Presente.

—Tengo que salir de aquí —solté en cuanto Lex abandonó el laboratorio.

Después de tanto gritar y alterarse, Nerón se dejó caer contra los barrotes de su jaula y cerró los ojos.

Su imagen realmente era miserable, pero eso no me hacía sentir mejor. Al contrario, me enfurecía tenerlo tan cerca y sentir que él no era la misma persona a la que había odiado los últimos meses. El mismo al que había apuñalado.

—Necesito advertirles —susurré, pensando en todos mis amigos y temiendo que la guerra iniciara antes de que pudiera hacer algo.

—Ay, niñita, necesitas más que solo quejarte para poder salir de aquí —habló Fradaric, entretenido ante mi imagen de angustia.

—Dios, Marina debe estar en peligro —solté, ignorándolo—. Y si tardo tanto tiempo, seguro Winston y Ravn vendrán y eso sería peor.

—¿Ravn? —cuestionó el mayor y esta vez su tono fue más serio—. ¿Sabes dónde está?

Volteé a mirarlo con desconfianza. Estaba al tanto de que Ravn y él se conocían, pero no sabía qué tan cercanos eran y las intenciones que Fradaric tendría con él.

—Lo sé, ¿pero qué te hace pensar que te lo diré? —pregunté a la defensiva.

Creí que se molestaría ante mi respuesta. Sin embargo, mis palabras no parecieron importarle.

—Entonces está libre —soltó y sonrió de lado. Su gesto fue extraño, pues esta vez no expresaba cinismo o diversión, sino más bien alegría genuina.

—¿Por qué te interesa? —indagué, observando su reacción.

—Jamás dije que me interesara —soltó y actuó con indiferencia.

Me quedé en silencio por algunos segundos mientras analizaba la situación en la que me encontraba. Ya no podía perder más tiempo. Miles de personas estaban en peligro. Mis amigos y familia estaban en riesgo, y si pasaba un solo día más en la jaula, Nara seguiría aventajando en la guerra que planeaba iniciar.

—Te diré dónde está, si me ayudas a salir de aquí —ofrecí y el híbrido me miró fijamente mientras sonreía con amplitud. Sus colmillos quedaron a la vista y en sus ojos se reflejó diversión.

—Incluso si acepto, tú y yo no bastaremos para enfrentarnos a todos los theriones y guardias de allá afuera —respondió mirándome como si fuera estúpida—. Además, parece que se te olvida que estamos enjaulados.

—Claro que no se me olvida —solté irritada—. ¿Pero qué se supone que haga? Nara está a punto de ir a masacrar a un montón de gente y, con lo cruel que es, seguro planea hacer algo contra las personas que me importan para manipularme y usarme cuando quiera.

—No te exaltes, fresita —respondió con diversión—. Incluso si no me ofrecías tu ayuda, también buscaría cómo salir de aquí. No creas que me hace mucha gracia estar en un espacio tan reducido.

—No me llames fresita y dime si vas a ayudarme —solté fastidiada.

—Mira que sacaste el carácter de tus padres —se burló, pero antes de que pudiera responder, volvió a hablar—. Me ayudarás, pero necesitamos ser más de dos personas para salir de aquí con vida.

—¿De cuántos más requieres? —pregunté ignorando su cinismo.

—Con otro híbrido me basta —dijo el rubio despreocupado.

Suspiré con cansancio, mientras miraba hacia arriba. No podía creer lo que estaba a punto de decir, pero mi situación no mejoraría si no me arriesgaba, y aunque la mayoría de la gente que me rodeaba en ese momento eran despreciables, también odiaban a Nara y eso bastaba para arriesgarme a hacer equipo con ellos.

—¿Qué tan difícil crees que sea convencer a Lex? —cuestioné mirando a Fradaric y este soltó una carcajada.

—¿Así de desesperada estás? —preguntó mirándome como si hubiese soltado el mejor chiste en la tierra—. Contigo es difícil aburrirse.

(...)

No logré conciliar el sueño. Cerraba los ojos por momentos, pero el temor que sentía ante los planes de mi madre y el hecho de que Nerón continuara respirando solo lograban inquietarme. Para cuando Lex le llevó el desayuno al otro día, yo ya estaba a punto de un colapso nervioso. Por suerte, ni Nara ni Eleonor habían aparecido en el lugar. Aunque eso también podría significar que estaban demasiado ocupadas orquestando cómo iniciar su ataque, y por eso no habían ido a torturarme. De cualquier manera, debía apresurarme si quería detenerla.

—¡Lexabán, por primera vez hay más de una persona que se alegra de verte! —saludó Fradaric y el mayor volteó a mirarlo con una mezcla de confusión y enojo. Aunque en su mayoría era lo segundo.

—¿Comienza a aburrirte tu nuevo hogar, que ahora te ves obligado a hablarme? —cuestionó Lex con fastidio.

—Que mi jaula sea más pequeña no significa que sea el único que esté encerrado aquí —debatió el rubio con tono burlón y Lex soltó un gruñido, pero continuó caminando hasta estar frente a la jaula de Nerón.

—Oye —habló el de ojos negros, mirando al interior de la celda, donde el presidente se encontraba sentado con la vista clavada al suelo.

—¿Qué demonios eres? —cuestionó con asombro Nerón, en cuanto levantó la mirada y miró al híbrido. —¿Qué haces aquí? ¿Por qué me metiste en este lugar?

—Calma —le pidió Lex—. Soy Lexabán, me inyectaron el suero, ¿lo recuerdas? —Estás aquí desde hace unos meses —explicó con tranquilidad.

—¿Lex? —cuestionó Nerón con confusión—. Lex —volvió a repetir pensativo—: Eres mi amigo.

—Sí —asintió el más alto—. Te traje el desayuno.

Nerón se acercó a los barrotes y su expresión se fue relajando. Sin embargo, lucía como si hubiesen pasado demasiados años desde que lo habían aprisionado. Su rostro se veía mayor y cansado.

—Ya no tienes que hacer esto todos los días —habló y, por primera vez, después de todas las horas que llevaba ahí, se escuchaba tranquilo—. Deberías huir. Deberías regresar al este.

—¿Y tú te quedarías aquí? —cuestionó Lex con enojo—. Come y deja de decir esas cosas.

—Lamentó interrumpir su interesantísima reunión —intervino Fradaric en voz alta—, pero tu hijita tiene que hablar con tu sirviente.




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