Egan.
Todo el día había estado cargado de emociones intensas, y para un tipo como Egan Mitchell, que intentaba ocultar cuando algo lo afectaba, retener sus sentimientos comenzaba a provocarle un insoportable dolor en el pecho.
Incluso cuando Carmín se empeñó en alejarlo, él supo que sus caminos volverían a cruzarse. Tal vez no fuera por el mejor de los motivos. Pensaba que lo más probable era que ambos pertenecieran a bandos diferentes. Aun así, cuando le llegó el reporte de que se había infiltrado en la villa Sur y que planeaba allanar la casa de Davina, no pudo evitar sobresaltarse. Le molestaba lo mucho que le latía el corazón al solo imaginarla. Aun después de todos esos meses, recordaba cada detalle de ella. Casi podía sentir el largo cabello rojo entre sus dedos. Imaginaba el ceño fruncido de la chica y la forma en que lo veía con sus impresionantes ojos verdes. Con esa mezcla de desafío y entusiasmo al mismo tiempo. Así que cuando estuvo a solo unos centímetros de ella, en la habitación de su nueva jefa, tuvo que resistir el impulso de abrazarla.
Ninguna otra persona lo había hecho sentir como lo hacía ella. Su sola presencia lo alteraba y se moría por tocarle el rostro, por preguntarle si estaba bien, pero al mismo tiempo se sentía furioso. Quería cuestionarle la razón por la que insistía en seguir con la promesa de Oliver. Decirle que era absurdo y que odiaba lo horrible que eso lo hacía sentir. Lo mucho que le afectaba tener que separarse cuando ni siquiera habían tenido oportunidad de estar juntos.
Pero al final se limitó a obedecer instrucciones. Solo hizo lo que Davina le pidió y dejó que Carmin se fuera. Egan era consciente de que regresar a la ciudad central después de incumplir una orden de Nara era un riesgo enorme. Lo más seguro era que la mujer ya tuviera un plan para seguir reteniendo a su hija. Sin embargo, para el menor de los Mitchell, respetar las decisiones de Carmín era algo esencial. Ella le importaba demasiado, conocía su fuerza y determinación, y por esa razón no podía detenerla. Por eso y porque al menos la distancia era una excusa del porqué no estaban juntos. Si Carmin se quedara y ellos siguieran igual de distanciados, Egan daría por hecho que realmente ya no lo quería en su vida, y eso era algo con lo que él no podría lidiar.
Por la tarde regresó a casa. No había podido acompañar a Deo a su siguiente tratamiento. Sin embargo, estaba esperanzado, pues en la última sesión los ojos de su hermano habían regresado a su tamaño y color original y su cuerpo se había hecho menos tosco. La cura estaba dando resultados y eso quería decir que Deo volvería a ser humano más pronto de lo que creían.
Cuando Egan cruzó la puerta y vio a su hermano mayor sentado en uno de los sillones de la sala, se quedó paralizado. No pudo evitar abrir los ojos de manera exagerada y sentir una intensa emoción embargando su pecho.
—Deo —susurró el rubio.
El mencionado se levantó. Aún seguía siendo más alto que Egan y con muchos más músculos, pero su rostro finalmente era humano (casi en su mayoría). Sobre su piel morena aún había algunas ventosas, sobre todo cerca del cuello, pero eran pequeñas y muy pocas.
Deo era muy parecido a su padre físicamente. Tenían el cabello negro y quebrado, los ojos verdes y una tez más oscura que la de Egan y su madre. El mayor no pudo evitar sonreír. Después de tantos años, Egan finalmente podía ver aquel gesto en su hermano. El diente junto a su colmillo aún estaba chueco, pero por alguna razón eso lo hizo sentir más nostálgico.
El rubio no fue capaz de decir algo. Estaba demasiado feliz por su hermano, pero la emoción de alguna forma parecía haber paralizado su lengua. No obstante, su cuerpo terminó por reaccionar y caminó hacia Deo para abrazarlo.
—Hermano —susurró cuando este le devolvió el gesto.
—Funcionó —dijo Deo, aún incrédulo.
—En verdad estoy muy feliz por ti —respondió Egan y, finalmente, se separaron.
—La doctora Lyra dice que hacen falta un par de sesiones más —comenzó a explicar el mayor—. Aún tengo algunas ventosas y mi fuerza sigue superando por mucho la de un humano común, pero fue un grandioso avance.
—Lo fue —estuvo de acuerdo Egan.
Su padre salió de su habitación y observó a sus dos hijos en la sala. No pudo evitar sonreír; desde que su hijo mayor había sido convertido, la culpa lo había embargado. Grafton no hacía más que culparse por cada cosa en la que Nara, Nerón o Lex estuvieran implicados; después de todo, él había sido quien incluyó a la científica en sus vidas.
Incluso después de tantos años, aún le costaba creer el nivel de maldad de Nara. Solo podía pensar en el día que la conoció. En lo cansada que se miraba, en la emoción con la que le habló de sus experimentos y en lo mucho que parecieron congeniar con respecto a la ciencia.
Se arrepentía cada momento de su vida de no haber tomado más en serio las palabras de Lex. Todo el tiempo había creído que su amigo exageraba. Grafton sabía que Lexaban tenía sentimientos hacia Nerón, y por esa razón pensaba que intentaba sabotear a Nara; después de todo, Lexaban siempre fue el más inmaduro de los tres y en ocasiones era un tanto impulsivo.
Sin embargo, al final todas sus advertencias resultaron ser ciertas, pero ya nadie pudo hacer nada, pues Nara terminó por asumir todo el poder, y Grafton perdió demasiado por sus errores. A su esposa, la humanidad de su hijo mayor, la libertad de su hijo menor y a sus dos mejores amigos.
Muchas veces sentía una enorme rabia hacia sí mismo y una terrible lástima por Nerón. Desde que lo conoció en la escuela, supo que algo no estaba bien con él y se arrepentía tanto por no haber intervenido, por no insistirle a su amigo en que un especialista lo revisara. Sabía que Nara había logrado manipularlo en gran parte por su inestabilidad y eso era demasiado cruel. Así como el hecho de que Lex prefiriera desechar su moralidad a tener que separarse del presidente.
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Editado: 24.04.2026