Reina de bravíos

CAPÍTULO VEINTE.

Carmín.

Egan asintió y me tomó de la mano para que corriéramos tras su hermano. Mi pulso seguía acelerado, debido a la presión de nuestro escape y de todo lo que aún estaba por pasar.

—Papá, toma mi arma —dijo Egan, tendiéndole el objeto gris y alargado al hombre que iba junto a Deo.

Era la primera vez que veía a su padre y pude darme cuenta de lo parecidos que Deo y él eran.

—De acuerdo —dijo el mayor, sujetando el arma.

—Voy a soltarte, pero no te apartes demasiado —pidió Egan y desenfundó sus dos dagas, para después acelerar su andar y comenzar a atacar.

Ya lo había visto pelear con anterioridad, pero en esa ocasión fue diferente. Era mucho más rápido y sus movimientos más ágiles y peligrosos, por lo que sus rivales apenas podían rozarlo. Casi lucía como una hoja de papel siendo movida por el viento.

A pesar de que nuestros contrincantes seguían superándonos en número, los heridos en nuestro lado fueron mínimos y no hubo ni una sola baja. El ejército de bronce no solo parecía hábil para pelear, sino que también sus armas les daban mucha ventaja. Lo que salía de ellas era energía de un azul brillante y letal, que permitió que al final pudiéramos perderlos de vista y seguir huyendo hacia el norte.

Cuando el camino comenzó a ser más rural y las grandes mansiones y edificios fueron sustituidos por ruinas, cabañas y casas de piedra, pudimos detenernos a descansar. No obstante, una vez que los tipos a cargo de Egan comenzaron a dispersarse y el resto nos reunimos en el centro, las cosas se pusieron tensas de inmediato.

—¿Nerón? —inquirió el padre de Egan con asombro.

Apenas escuchó el nombre del presidente, Egan volteó hacia donde el mencionado se encontraba y volvió a desenfundar sus armas.

—¿Por qué no estás muerto? —pregunto a la defensiva. Apuntando hacia Lex y Nerón.

Deo, quien parecía querer acercarse a Marina, se dio cuenta de lo que sucedía y también desvió su arma, lo que provocó que algunos de los soldados al mando de su hermano hicieran lo mismo y terminaran por acorralar al therión y al presidente.

Nerón levantó ambas manos a modo de rendición, mientras que Lex solo los veía con expresión retadora.

—No queremos pelear —dijo el presidente—. Ni siquiera sé quiénes son, pero cuando nos salvaron, supuse que eran buenas personas.

—¿Estás de broma? —cuestionó Egan con enojo—. No me salgas con eso y dime por qué demonios sigues vivo y qué haces aquí —exigió y acortó la distancia con intenciones de dañar a Nerón, pero me adelanté y me interpuse en su camino.

No me importaba en lo más mínimo lo que sucediera con el presidente. Todos aquellos que lo aborrecían tenían motivos suficientes, pero había hecho un trato con Lex e, incluso si no era mi persona favorita, él había cumplido con su parte y era mi deber hacer lo mismo. Además, en ese momento a nadie le convenía que se desatara una pelea. Aún no estábamos completamente seguros de que la gente de Nara no estuviera cerca y el estado de la mayoría comenzaba a decaer.

—¿Qué haces? —cuestionó Egan con confusión.

—No puedo dejar que los dañes por ahora —respondí y, antes de que pudiera contestarme, volví a hablar—. Lex y yo tenemos una alianza temporal.

—¿Alianza? —indagó casi incrédulo—. ¿Con ellos? —preguntó con el mismo tono—. Si recuerdas todo lo que ambos hicieron, ¿verdad? A todas las personas que mataron, los sacrificios...

—Lo sé —lo interrumpí con brusquedad, pues me sentía ofendida por el hecho de que pensara que algo así se me pudiera olvidar—. Pero era la única forma en la que hubiera logrado huir. Para que Lex y Fradaric aceptaran trabajar juntos y pudiéramos salir de ahí, Nerón tenía que salir con vida de la ciudad.

—¿Fradaric? —esta vez habló Deo.

Sabía lo mucho que el hermano de Egan detestaba al rubio después de que este lo hiciera pelear contra Woodford, así que solo conseguí tensarme aún más.

—Hola, Deo —saludó el mencionado—. Parece que el sur te ha sentado bien —añadió con diversión.

—¿Es en serio? —soltó Egan—. Así que no solo te uniste a un psicópata, sino a tres —dijo con indignación.

—Para salir de ese lugar —repetí—. De no hacerlo, ahora estaría muerta. —Además, no creas que ya superé lo que todos ellos hicieron; dañaron a personas que me importaban, estuvieron implicados en la muerte de mi familia, y no olvidemos que Nerón intentó matarme dos veces, pero seamos sinceros, la cabeza de todo esto es Nara, y aunque me pese mucho aceptarlo, por ahora la muerte de ellos dos no haría mucha diferencia. Sobre todo por el estado en el que Nerón se encuentra.

Egan parecía querer seguir discutiendo. No obstante, su padre se adelantó y tomó la palabra.

—Tiene razón Egan —habló Grafton—. Haz que bajen las armas.

—Papá...

—Ya lo sé, Egan —respondió—, pero las cosas son más complejas y lo sabes, ella tiene razón —repitió mirándome—. Todos en algún punto tendremos que pagar nuestros errores, pero por ahora deberíamos enfocarnos en detener a Nara y la masacre que planea llevar a cabo en el sur.

Egan tardó varios segundos en seguir la orden del científico. Sin embargo, al final les indicó a sus hombres que descansaran y estos volvieron a dispersarse a lo largo del lugar.

—¿Estás segura de esto? —preguntó Egan mirándome con detenimiento.

—Estoy segura de que quiero detener a Nara —respondí—. Solo dejemos esto a un lado, al menos por ahora.

Egan no respondió, pues Nerón dio un paso hacia enfrente para acercarse a Grafton.

—¿Grafton? —preguntó mirando al científico—. Cuánto tiempo... no puedo creer que estés aquí —añadió con entusiasmo.

El científico lo observó fijamente por apenas un par de segundos y, sin que nadie se lo esperara, le asestó un fuerte puñetazo en el rostro, y el presidente cayó al suelo.

No pude evitar sobresaltarme, pues esperaba que Lex se le fuera encima al padre de Egan e intentara matarlo. Sin embargo, aunque sí se tensó, no intervino. Se quedó quieto solo mirando la escena y sin decir nada.




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