Nara.
Nara miraba a todo su ejército con fascinación. Casi podría decir que estaba emocionada. Los bravíos a la delantera lucían realmente aterradores; incluso los theriones parecían tensos tras de ellos. La altura entre ambas especies era muy evidente. El bravío más pequeño debía medir dos metros y el más grande hacía ver a un therión como una persona normal. Entre ambas especies debían ser al menos 300, sumando las más de 100 mujeres de gris y unos 1400 hombres dorados. Nara era consciente de que con solo sus experimentos podía doblegar la villa Sur, pero tampoco quería subestimar a Davina y, si era sincera, anhelaba que la gente sintiera terror y desesperanza al verla llegar. Que fueran testigos de todo su poder.
Sabía que Carmín intentaría escapar. Lo que no esperaba era que se uniera a Lex y Fradaric, mucho menos a Nerón. Sin embargo, evitó mandar a los bravíos tras ellos, pues no creía que pudieran llegar tan lejos y mucho menos que Egan y algunos miembros del ejército del Sur intervinieran. Aun así, aquello volvía todo el asunto mucho más atractivo ante sus ojos. Dejarlos creer que podían librarse de ella y después mostrarles la realidad, donde los acorralaba y sus vidas terminaban en sus manos, le causaba un placer insuperable.
Le haría pensar a Carmín que podía ponerse a salvo. La dejaría reunirse con sus amigos y tener esperanza, para después acabar con todos.
—¿Y entonces qué harás con ella? —cuestionó Eleonor, llegando a su lado. Se encontraban al fondo de una enorme bodega vacía donde Nara planeaba instalar más jaulas, pero que en ese momento le servía para organizar a su ejército.
—Tal vez debería drenarle la sangre y usarla en las armas para que todos mueran de forma lenta y dolorosa —respondió la científica sonriendo ante la idea de que eso sucediera—, pero entonces ella no lo vería.
—¿Así que seguirás tu plan inicial? —indagó la menor observando el aparato que Nara sostenía y con el que le daba indicaciones a los bravíos.
—Sí —respondió la mujer—. Quiero que sea consciente de la masacre que causará. —Ella será el arma más peligrosa de todas.
—Bien —sonrió Eleonor—. ¿Quieres que dé la orden para que empiecen a movilizarse?
—No, hay que darles un poco más de ventaja —respondió la científica—. Diles que esperaremos más tiempo y que no lastimen a Carmín ni a Fradaric.
—¿Y Nerón? —cuestionó Eleonor sin mucha importancia.
—Ya tuve suficiente de él, pueden hacer lo que les plazca —respondió y la menor asintió.
—Tal vez deberías prepararte —sugirió la de cabello café.
—¿Prepararme? —indago Nara, mirando a la de negro fijamente.
—¿Planeas ir a la guerra vestida así?
Eleonor no pudo evitar sorprenderse mientras observaba el largo vestido verde que Nara usaba. Era anticuado y no parecía muy cómodo. Además, le causaba curiosidad el hecho de que una mujer como ella, que era académica y cuyos inventos eran muy avanzados en comparación con los de otros científicos, luciera como una persona de la Edad Media (eso era más normal en el norte). De hecho, en la ciudad, la moda y el estilo eran extraños. Demasiado surrealistas y abstractos.
—Claro que sí, yo no pelearé —respondió la mayor.
—Entonces, ¿no sería mejor que te quedaras? —indagó Eleonor y la expresión de Nara se tornó seria. —Lo digo por seguridad —aclaró la de negro con nerviosismo.
—No pienso perderme ni un minuto de mis logros. —Nara la miró con dureza—. Además, nadie podrá acercarse a mí —añadió levantando el aparato en sus manos. —Ahora vete —ordeno y la menor asintió para después retirarse.
Nara creía fervientemente que estaba por dejar su huella en la tierra. Desde muy joven era lo único que anhelaba. Que el mundo la reconociera. Que todos fuesen testigos de su inteligencia y que su padre dejara de mirarla como si solo hubiese engendrado a otro fracaso. Nara no era una boca más que alimentar. Ella no solo era la mujer que su familia esperaba que se convirtiera en la esposa de un zapatero o en la de un panadero. Era la gobernante del norte y de toda la ciudad, y pronto también doblegaría al sur. Había logrado superar sus propios genes.
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Editado: 08.05.2026