Reina de bravíos

CAPÍTULO VEINTICINCO.

Carmín.

A pesar de estar junto a todos los que me importaban, no pudimos ir hacia el sur de inmediato. Aún no había señales de Nara y, aunque los hombres de Egan pudieron tener contacto con Davina y asegurarse de que tampoco los estaban atacando, no había forma de saber cuál sería el siguiente movimiento de Nara. Por otra parte, todavía había gente en Haldenmoss a la que no podíamos dejar a su suerte. Entre ellos, la familia de Marina. Así que al final acordamos regresar al pueblo y esperar al menos otro día.

Entrar a Haldenmoss siempre me causaba cierta calma. Aunque la mayoría estaba destruido, era el lugar donde había pasado todos los buenos momentos junto a mi familia. Mi hogar se encontraba ahí y de esa forma no me sentía tan perdida.

No fue complicado que los soldados y el resto de mis compañeros se instalaran una vez que llegamos. Bastantes casas estaban abandonadas, por lo que al menos momentáneamente podían estar bajo techo.

Los primeros en apartarse de nosotros fueron Lex y Nerón. Grafton los había convencido de quedarse, pero claramente eso no quería decir que todos fuésemos amigos y que actuaríamos como si nada de todo lo malo que hicieron hubiese pasado.

Egan y Deo se encargaron de organizar a los soldados. Los posicionaron de forma que pudieran reaccionar a un ataque en cualquier dirección (o eso fue lo que entendí).

Por otro lado, Jasón y Marina corrieron a buscar a su familia, quien seguramente ya estaba muy preocupada, así que al final me quedé con Winston, Ravn y Fradaric, pero los últimos dos decidieron permanecer afuera de la casa conversando.

—Creo que tomaré en cuenta lo que sugeriste —habló Winston en cuanto entramos—. Iré a darme un baño.

—Sí, de verdad te hace falta —me reí y el mayor me imitó—. Además, necesito tu ayuda para buscar algo de comida. Todos deben tener hambre después de tanto caminar.

—De acuerdo, niña —asintió Winston.

—Gracias por seguir conmigo a pesar de todo —dije con sinceridad y Winston me sonrió, mientras se acercaba a mí.

—Gracias a ti por no dejarme solo todo este tiempo —su expresión parecía cansada—. No debió ser fácil lidiar con un viejo como yo y no sabes lo mucho que me avergüenzo.

—Está bien, ya no tienes por qué disculparte por eso; ahora todos estamos juntos —sonreí de lado— y así me siento más segura. Mucho más protegida, como cuando tenía a mi padre y hermana.

—Claro que sí —respondió Winston—. Sé que Nerón fue quien te engendró y Edward el encargado de criarte, pero somos una familia, quizás no porque yo actuara como una buena figura paterna, sino porque tú me cuidaste y me quisiste tanto como lo haría una hija, y no sabes cuánto significa eso para mí.

Sentí cómo las lágrimas se acumulaban en mis ojos y Winston me abrazó nuevamente.

—Te quiero —susurré con sinceridad.

—También te quiero —respondió y finalmente nos separamos.

(...)

Cuando el sol estaba a punto de ocultarse, finalmente pudimos comer algo. La señora Tacey tenía algunas bolsas de arroz que fueron de gran utilidad, pues nuestras opciones eran pocas como para lograr alimentar a las más de 60 personas. Además, uno de los pocos vecinos que tenía en el pueblo se acercó curioso en cuanto se percató de todos los soldados. No entramos en muchos detalles; preferimos decirle que la presencia del pequeño ejército se debía a evitar otro ataque de bravíos (lo que no era de todo falso) y al final terminó por donar un costal de papas y algunas verduras.

En Haldenmoss, los animales como las vacas, cerdos o terneros no eran algo recurrente, por lo que consumir carne no era para nada una opción. Al final solo conseguimos algunos hongos de un curioso tono azul que ayudaron a que el plato no fuera tan insípido.

Reunimos a todos los soldados en el sitio que tiempo atrás se había usado como refugio después del ataque de Nerón. Ravn y Fradaric también decidieron unirse. Aunque estaba segura de que el segundo solo lo hacía porque no podía vivir sin el caos y eso solo podía encontrarlo entre toda la gente. Sin embargo, ni Lex ni Nerón se unieron. Lo que no me sorprendió. Además, era mucho mejor que nadie más en el pueblo se percatara de que el presidente seguía vivo o se presentarían más complicaciones. Tampoco vi a Marina o Jasón; lo más seguro era que se siguieran esforzando por retener a su madre en el pueblo por más días.

Debido al cansancio, la noche transcurrió más rápido de lo esperado. No pude dormir demasiado. Por ratos mis ojos se cerraban, pero cuando mi mente pensaba en la posibilidad de Nara llegando a asesinar a todos en el lugar, el corazón se me aceleraba hasta el punto en el que me sentía sofocada y me tenía que incorporar. Además, por alguna razón, mis sentidos se habían intensificado las últimas horas, por lo que oía y sentía cosas que antes no, y eso me ponía muy ansiosa. Lo único que me tranquilizaba era saber que Winston dormía sin tener que enfrentarse a sus usuales pesadillas. Probablemente se debía a que su agotamiento era demasiado, pero igual era bueno que pudiera recuperar fuerzas.

Cuando quise darme cuenta, el sol ya se filtraba a través de las cortinas blancas. Me pasé una mano por el rostro y me dirigí hacia el baño. Apenas salí, escuché ligeros golpes en mi ventana. Al principio me pareció extraño, pero en cuanto me acerqué y la abrí para encontrarme con Ravn, me tranquilicé.

—¿Te desperté? —cuestionó avergonzado.

—En realidad, no —negué y sonreí de lado.

—¿Estás bien? —indagó y asentí con rapidez. Ravn frunció el ceño, pero debió darse cuenta de que quería cambiar de tema, así que levantó una de sus manos y dejó a la vista una taza, mientras sonreía. No pude evitar hacer lo mismo al ver el objeto azul con dibujos de cabezas de peces plateados. —Me la dio el tipo de las papas, después de que lo ayudara a quitar una gruesa rama de su techo... y como la última vez rompí una tuya.




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