Reina de bravíos

CAPÍTULO VEINTISÉIS.

Carmín.

Había al menos una docena de theriones y unos diez bravíos resguardando a Nara. Aunque por todos los camiones en la parte trasera podía deducir que su ejército era enorme y solo esperaban las órdenes de su líder para poder actuar.

—Te has portado muy mal, mira que hacerme frenar mis planes y venir hasta aquí solo por ti —habló Nara finalmente, sonriendo de manera tan cínica que el enojo pronto incrementó en mi cuerpo.

—¡Estás loca! —solté con desprecio—. Solo les haces daño a las personas; no puedo imaginar cómo logras dormir por las noches.

—Niñita tonta, la culpa ya no es algo recurrente en mí —dijo sin mucha importancia—. Pero ya no tengo tiempo para pláticas absurdas de madre e hija, así que te ofreceré esto una sola vez. Ven conmigo ahora, cumple con el rol que te asigné para poder derrocar al Sur y entonces dejaré vivir a cada una de las personas que se encuentren en este lugar. Te prometo que no les tocaré ni un pelo. —Ni siquiera a Egan —dijo desviando la mirada hacia mi lado, donde el mencionado se encontraba, con su arma apuntando directo a la cabeza de Nara—. Solo tienes que subir a uno de esos camiones y entonces ordenaré a mi ejército que se retire.

—Estás mal si crees que permitiré que me arrebaten a otra de mis hijas —Winston respondió antes de que yo lograra hacerlo, mientras ponía una de sus manos sobre mi hombro como temiendo que me alejara.

Quizás semanas atrás hubiese aceptado la oferta de Nara sin pensarlo demasiado, pero para entonces sabía que nada me aseguraba que ella cumpliera con su palabra. No permitiría que dañaran a mi familia y amigos, y definitivamente yo no atentaría contra la gente inocente del Sur.

—Tu hija —soltó Nara con una risa burlesca—. No pudiste evitar que le abrieran el pecho a la tuya como si de un vil pescado se tratara y ahora pretendes salvar a la mía de todo mi ejército —soltó con maldad, provocando que Winston se tensara y soltara algo parecido a un gruñido.

Lo sujeté por el brazo al notar sus intenciones. Sería una locura intentar atacar primero. Nos superaban por mucho e incluso cuando varios tenían en la mira a Nara, sus bravíos serían capaces de interponerse ante un disparo y eso solo volvería más grave el asunto.

—No me llames tu hija —respondí con desprecio—. Ni de lejos quiero ser como tú. No sabes cuánto odio el hecho de haber nacido de ti.

—Yo creo que en el fondo ya sabes que eres como yo, solo que te aferras a lo contrario —respondió mirándome con malicia—. Hay que apresurar las cosas, así que ¿qué les parece si hacemos esto? —dijo recorriendo con la mirada a todos los que estaban a mi lado—. Evitemos la pelea, solo entréguenmela y de inmediato me iré de aquí.

—¿Nara? —La voz de Nerón se oyó a mis espaldas y, tras unos segundos, se posicionó al lado de Egan—. ¿Qué crees que haces?

—Nerón. —Nara sonrió complacida—. ¿Qué me dices tú? No te gusta la idea de que los tres estemos juntos. Que seamos la familia que tú siempre has querido. Solo tienes que traérmela y así volveremos a casa...

—Ya basta —interrumpió el presidente con la voz quebrada—. Ya basta de jugar con mi cabeza. Yo nunca te he importado. Nunca me has amado.

La expresión de Nara se tornó seria un segundo y después volvió a sonreír con burla.

—¿Y cómo podría? —cuestionó mirándolo fijamente—. Cómo amaría a alguien tan patético como tú. A un tipo tan carente de amor, que no supera que su padre no lo quisiera lo suficiente y que su madre fuese una demente —soltó con crueldad—. Siempre has estado tan solo, que preferiste condenar a todos con tal de tener una familia a tu lado, pero mírate ahora, tu única hija te odia y apenas notaste que nunca me interesó más que tu poder. Dime, ¿a quién tienes realmente?

Nerón no pudo responder, solo la observó fijamente, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Lex le tocó el hombro y el presidente volteó a mirarlo.

—¡Ah, sí, claro! —exclamó Nara—. Olvidaba que sí hay alguien mucho más patético que tú. ¿No te cansas de arrastrarte por un hombre al que ni siquiera le interesas? Sabes, si lo pienso con más detenimiento, los dos son tal para cual —dijo volviendo a reírse—. Solo que Nerón nunca va a amarte como tú quieres, y tú habrás perdido tu humanidad, tus principios y toda tu vida por nada, solo siendo un maldito perro...

—Cierra la puta boca —interrumpió Lex abruptamente—. ¿Tan asustada estas?

—¿Asustada? —se burló Nara—. No seas ridículo.

—Sabes que estás a nada de perder todo lo que tienes —respondió Lex con tanta seguridad que casi sentí que sus palabras podían ser ciertas—. Te esfuerzas tanto solo para que los demás noten que existes. Hablas sobre ser patético, pero eres tú la que está aterrada porque todo el mundo sabe que en el fondo no eres más que una perdedora, porque tú lo sabes. Dime, ¿te proyectas en tus discursos? ¿Papá nunca se sintió orgulloso de ti? ¿Mamá nunca te defendió?

La expresión de Nara se tornó furiosa. Jamás la había visto a punto de perder los estribos de esa manera que por un segundo casi quise aplaudirle a Lex. Parecía que la rivalidad entre ellos iba más allá de lo que yo creía.

—¡Se acabó! —soltó Nara con frustración—. Ya no hay oportunidad de negociación o arrepentimientos. ¡Todos ustedes van a morir!

—Tú eres la única que creyó que alguien accedería —intervino Fradaric. Esta vez él era quien se burlaba. Movía su cola de un lado a otro casi con diversión y sus alargadas garras ya estaban a la vista. —Claramente, todos aquí nos odiamos, pero estamos dispuestos a trabajar juntos porque te odiamos mucho más a ti —añadió y fue el primero en brincar hacia uno de los theriones frente a él para matarlo.

Sabía que en algún punto ese sería el resultado, pero el miedo que sentí en ese momento fue mucho más intenso de lo que creía. Sobre todo porque estaba al tanto de que a mí no me matarían, pero que la vida de todos los que me importaban se encontraba en un peligro del que era casi imposible librarnos.




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