El aire en el gimnasio central de la Universidad de Oakridge siempre tenía ese olor particular: una mezcla de barniz fresco, caucho quemado y el rastro metálico del esfuerzo humano. Para Sloane Kismet, era el olor del hogar, pero también el de su mayor derrota. Caminaba por el parqué con la barbilla en alto, sus tacones resonando contra la madera pulida con una cadencia militar. Cada paso era una declaración de intenciones. Llevaba una tableta digital apretada contra el pecho, un escudo moderno que contenía los algoritmos y las estadísticas que ahora regían su vida tras el fin de su carrera como jugadora. Se detuvo en la línea de tres puntos y cerró los ojos por un segundo. El silencio era casi absoluto, roto solo por el zumbido de las luces halógenas que bañaban la cancha con una claridad quirúrgica. Podía sentir el fantasma del dolor en su rodilla derecha, ese recordatorio punzante de la noche en que su mundo se fracturó. Pero Sloane no se permitía temblar. No aquí. No bajo el techo que llevaba el apellido de su familia.
—Llegas tarde, Thorne —dijo ella, sin necesidad de darse la vuelta.
El sonido de un balón rebotando rítmicamente contra el suelo emergió de las sombras del túnel de vestuarios. Era un sonido pesado, deliberado, casi insolente.
—Y tú llegas demasiado temprano, Kismet. Dicen que la puntualidad es la virtud de los aburridos.
Zadkiel Thorne emergió a la luz. Medía un metro noventa y tres de pura arrogancia muscular. Llevaba la camiseta de entrenamiento negra de Oakridge, pero de una manera que hacía que pareciera un desafío al código de vestimenta. Sus brazos, cubiertos de tinta oscura, se movían con la fluidez de un depredador que sabe que no tiene competencia. Se detuvo a unos metros de ella, haciendo girar el balón sobre la punta de su dedo índice. Sus ojos, de ese gris tormenta que Sloane ya había memorizado de los informes de conducta, la recorrieron de arriba abajo con un desdén mal disfrazado.
—No estoy aquí para divertirte —respondió Sloane, ajustando sus gafas y manteniendo la voz gélida—. Estoy aquí para salvar lo que queda de tu carrera antes de que mi padre decida que eres un gasto innecesario para esta universidad.
Zadkiel soltó una carcajada seca, un sonido rasposo que pareció vibrar en las costillas de Sloane. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con una confianza que rozaba la agresión. Ella era el tablero perfecto; él era el incendio que venía a quemar todas sus piezas.
—¿Salvarme? —Zadkiel inclinó la cabeza, dejando que un mechón de cabello oscuro cayera sobre la cicatriz de su ceja—. Princesa, lo último que necesito es que una analista que vive de teorías me diga cómo encestar. Tu padre me trajo porque soy el mejor. Tú estás aquí porque... bueno, porque eres una Kismet y no tienes otro lugar adonde ir ahora que tu rodilla te traicionó.
Sloane no retrocedió. A pesar de la diferencia de estatura, sostuvo la mirada gris de Zadkiel con una ferocidad ámbar que lo hizo entrecerrar los ojos.
—Estoy aquí porque conozco cada debilidad de tu juego. Sé que tu porcentaje de acierto baja un veinte por ciento cuando te presionan por la izquierda después del segundo cuarto. Sé que tu temperamento te ha costado tres expulsiones en la última temporada. Y sé que, si no sigues mi programa táctico, estarás fuera de esta liga antes de que termine el semestre.
Zadkiel dejó caer el balón y lo atrapó con una sola mano, apretándolo con una fuerza que hizo que sus nudillos se pusieran blancos. El aire entre ellos se volvió espeso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con el baloncesto y mucho que ver con la animosidad pura.
—¿Y qué vas a hacer, Kismet? ¿Escribir un informe sobre mis sentimientos? —Zadkiel dio otro paso, acortando la distancia hasta que Sloane pudo oler el aroma a menta y adrenalina que desprendía su piel—. No tienes idea de lo que es estar ahí abajo cuando el reloj está en rojo y cinco tipos quieren arrancarte la cabeza. Tú juegas con números. Yo juego con sangre.
Sloane bajó la tableta lentamente y la colocó sobre el banco de madera cercano. Se quitó la chaqueta de blazer azul marino, revelando una blusa de seda negra que se ajustaba a su figura delgada pero firme. Se desabrochó los puños de las mangas con una parsimonia que parecía desquiciar a Zadkiel.
—Dame el balón —ordenó ella.
Zadkiel parpadeó, sorprendido por el cambio de tono.
—¿Qué?
—He dicho que me des el balón, Thorne. ¿O es que el Rey del Caos también tiene problemas de audición además de disciplina?
Él le lanzó el balón con fuerza innecesaria, un pase que habría derribado a cualquier otra persona. Sloane lo atrapó con una limpieza asombrosa, el sonido del cuero contra sus palmas resonando como un disparo. Se situó en la línea de tiro libre. El dolor en su rodilla gritó una advertencia, pero ella la ignoró con una disciplina forjada en años de expectativas paternas. Sin saltar, solo con un movimiento fluido de muñeca y una mecánica perfecta, lanzó. El balón describió un arco impecable y atravesó la red sin siquiera rozar el aro.
Sloane se giró hacia él, su rostro era una máscara de absoluta indiferencia.
—La mecánica no miente, Zadkiel. Los números no mienten. Tú eres un desastre estadístico que sobrevive gracias al talento bruto, pero el talento bruto se agota. El orden, en cambio, es eterno.
Zadkiel se quedó en silencio por un momento, observando la red que aún se balanceaba. Una chispa de algo nuevo cruzó sus ojos grises. Se acercó a ella, esta vez más lento, como un lobo que acaba de descubrir que su presa tiene dientes.
—Tienes buena mano, Kismet —susurró él, deteniéndose tan cerca que Sloane podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Pero hay cicatrices que no se ven, y tú pareces tener el don de ocultarlas muy bien.
—Aléjate de mí —advirtió ella, su voz apenas un susurro firme.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que el caos se te pegue a la ropa de marca? —Zadkiel sonrió, una expresión lobuna que mostraba un hoyuelo apenas visible—. Mi padre te puso a cargo de mi disciplina, ¿verdad? Pues prepárate, porque voy a ser tu peor pesadilla académica y deportiva. En la cancha de los Kismet, el destino no se elige, se arrebata, y yo no planeo pedir permiso.