El despertador no sonó. Sloane no lo necesitaba. Sus ojos se abrieron a las cuatro de la mañana exacta, una disciplina que su cuerpo había adoptado como un mecanismo de defensa contra el caos del mundo exterior. Se levantó de la cama con movimientos precisos, ignorando la rigidez sorda de su rodilla derecha, esa vieja enemiga que siempre saludaba antes que el sol. Se vistió con lentitud ceremonial: unos leggings de compresión negros de alta gama, una camiseta técnica que se ajustaba como una segunda piel y su chaqueta azul de Oakridge, la que llevaba el escudo de los Kismet bordado sobre el corazón. Recogió su cabello en una coleta tan tirante que estiraba sus facciones, dándole una apariencia de guerrera de porcelana.
Cuando llegó al gimnasio a las cuatro y cuarenta y cinco, el campus era un cementerio de edificios neogóticos sumergidos en una neblina azulada. Abrió las puertas dobles y encendió solo las luces de la cancha principal, dejando las gradas en una penumbra amenazante. Sloane se situó en el centro del círculo, con su tableta en la mano y un cronómetro colgando de su cuello. El silencio era su aliado, un lienzo en blanco donde ella pintaba sus estrategias. Pero el silencio se rompió a las cinco y un minuto.
Las puertas traseras se abrieron de golpe, dejando entrar el eco de unos pasos pesados y un silbido descarado que rebotó en las vigas del techo. Zadkiel Thorne apareció, arrastrando una mochila de deporte como si fuera un fardo de ropa sucia. No llevaba el uniforme de entrenamiento oficial; vestía una camiseta de tirantes gris deslavada que dejaba al descubierto el cuervo tatuado en su antebrazo y las coordenadas de su cuello, que parecían brillar bajo la luz fría. Tenía el cabello revuelto y los ojos grises inyectados en sangre, como si hubiera pasado la noche peleando o bebiendo. O ambas.
—Un minuto tarde, Thorne —dijo Sloane, su voz cortando el aire como un bisturí.
Zadkiel se detuvo a un metro de ella, dejando caer su mochila con un estruendo que hizo que Sloane apretara los dientes. Él exhaló un suspiro cargado de sueño y arrogancia, pasando una mano por su barba de tres días.
—Vaya, Kismet. Realmente te tomas en serio lo de ser una dictadora táctica. ¿No tienes una vida? ¿Un novio al que aburrir con tus gráficos de barras? —Zadkiel se estiró, haciendo que sus articulaciones crujieran en el aire estancado—. Porque honestamente, ver tu cara de "estoy oliendo algo podrido" a esta hora no estaba en mi lista de deseos.
—En esta cancha, tu única lista de deseos es la que yo te entregue —respondió ella, activando el cronómetro con un clic seco—. Diez vueltas a la cancha, velocidad de sprint. Ahora.
Zadkiel parpadeó, incrédulo. Una sonrisa lenta y peligrosa se extendió por su rostro.
—¿Vueltas? ¿Me has hecho levantarme antes que los pájaros para correr en círculos? Soy un alero estrella, no un hámster en una rueda.
—Eres un activo devaluado con una rodilla que flojea en el tercer cuarto y un pulmón que no aguanta el ritmo de juego de Oakridge. Si quieres jugar para mi padre, vas a tener que demostrar que tu cuerpo puede seguir el ritmo de mi mente. —Sloane señaló la línea de fondo—. Nueve vueltas restantes, Thorne. El tiempo corre.
Zadkiel gruñó algo que sonó como un insulto hacia la genealogía de los Kismet, pero se puso en marcha. Al principio, corrió con una desgana evidente, trotando con los hombros caídos. Sloane lo observó desde el centro, sus ojos ámbar analizando cada movimiento, cada apoyo de su pie izquierdo, cada asimetría en su zancada.
—¡Más rápido! —le gritó—. ¡Mi abuela corre con más propósito que tú!
Zadkiel aceleró. El sonido de sus zapatillas contra la madera se volvió un ritmo violento y constante. A la quinta vuelta, el sudor ya perlaba su frente y su respiración se volvía más pesada. A la octava, Sloane pudo ver cómo el dolor empezaba a asomar en la comisura de sus labios, pero él se negaba a bajar el ritmo. Era puro orgullo. El tipo de orgullo que Sloane sabía cómo romper para luego reconstruirlo a su imagen y semejanza.
Cuando terminó la décima vuelta, Zadkiel se detuvo frente a ella, jadeando, con las manos apoyadas en las rodillas. Una gota de sudor cayó desde la punta de su nariz sobre la madera pulida.
—¿Satisfecha... princesa? —logró decir entre bocanadas de aire.
—Apenas estamos calentando —Sloane no le dio tiempo a recuperarse. Le lanzó un balón medicinal de cinco kilos que él atrapó por puro instinto, casi perdiendo el equilibrio—. Cien lanzamientos desde la zona pintada. Si fallas uno, volvemos a las vueltas.
Zadkiel levantó la vista, sus ojos grises centelleando con una furia fría.
—Me estás provocando, Kismet. Sabes perfectamente que puedo encestar esto dormido.
—Entonces hazlo despierto —retó ella.
El entrenamiento se convirtió en una guerra de desgaste. Por cada enceste de Zadkiel, Sloane encontraba un error técnico: el codo demasiado alto, el salto demasiado corto, la rotación del balón insuficiente. Ella era el tablero perfecto; él era el incendio que intentaba quemarla con su mirada, pero Sloane se mantenía imperturbable, una estatua de hielo frente a su fuego.
—¿Por qué me odias tanto? —preguntó Zadkiel de repente, después del lanzamiento número ochenta. Su voz era ronca, marcada por la fatiga—. Ni siquiera me conoces. Solo has leído mis antecedentes y mis estadísticas.
Sloane guardó silencio por un momento, observando cómo la luz halógena destacaba las coordenadas tatuadas en su cuello. Por un segundo, sintió la tentación de preguntarle qué significaban, pero el control regresó a ella como un latigazo.
—No te odio, Thorne. El odio requiere una inversión emocional que no estoy dispuesta a hacer contigo. Eres una herramienta para ganar el campeonato. Si la herramienta está defectuosa, la arreglo. Es simple mecánica.
Zadkiel soltó el balón medicinal y se acercó a ella, ignorando el sudor que le empapaba la camiseta. Esta vez, Sloane no pudo evitar notar lo imponente que se veía tan cerca, su 1.93 m proyectando una sombra que la envolvía por completo.