Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 3: Zona de Contacto

El murmullo en las gradas de Oakridge no era el rugido ensordecedor de las finales nacionales, pero para Sloane Kismet, cada susurro se sentía como una interferencia en su frecuencia de radio. El partido de exhibición interna era una tradición para evaluar a los nuevos talentos, una carnicería organizada donde los veteranos marcaban territorio y los novatos rezaban por no ser devorados. Sloane estaba de pie junto al banco de suplentes, con su tableta conectada al sistema de cámaras cenitales del estadio. Llevaba un traje sastre de color gris marengo y una camisa blanca de cuello alto que ocultaba el rastro de insomnio en su garganta. Su mirada era un escáner que no perdonaba errores.

—Recuerden la formación en diamante —dijo Sloane, su voz proyectándose por encima del chirrido de las zapatillas—. Thorne, si rompes la rotación para buscar el lucimiento personal una sola vez, te sentarás el resto del partido. No me importa quién crea que eres.

Zadkiel, que estaba ajustándose las rodilleras con una parsimonia exasperante, levantó la vista. Tenía el cabello húmedo y una expresión de aburrimiento criminal. Se puso de pie, superándola en altura por casi treinta centímetros, y dejó que una sonrisa ladeada transformara su rostro en una declaración de guerra.

—El diamante es para las joyas, Kismet. Yo soy más de romper cristales —respondió él, colocándose el protector bucal con un gesto rudo—. Relájate. Tu precioso tablero no va a estallar porque yo decida divertirme un poco.

—Esto no es diversión, Thorne. Es tu última oportunidad de demostrar que eres un jugador de equipo y no un cáncer para el vestuario —Sloane dio un paso hacia él, bajando el tono para que solo él pudiera escucharla—. Mi padre está en el palco VIP. Haz una de tus estupideces y estarás en un avión de regreso a tu ciudad antes de que suene la bocina.

Zadkiel se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa confianza animal que Sloane detestaba tanto como la atraía. Pudo oler el ungüento de calor en sus músculos y el aroma metálico del sudor temprano.

—Entonces asegúrate de mirar con atención, princesa. No querrás perderte el espectáculo.

El pitido del árbitro dio inicio al encuentro. Desde el primer segundo, el ambiente se cargó de una agresividad física que rozaba lo ilegal. El equipo de Zadkiel —los Negros— contra los veteranos de último año —los Azules—. Sloane observaba la pantalla de su tableta, donde los puntos de calor indicaban que su estrategia de diamante estaba funcionando, manteniendo a los Azules a raya. Pero el orden era una droga que Zadkiel no estaba dispuesto a consumir.

En el segundo cuarto, Zadkiel recibió el balón en la esquina. Tenía a dos defensas encima y la línea de pase abierta hacia el base, tal como dictaba el esquema de Sloane. Ella apretó los dedos contra el borde de su tableta, esperando el pase reglamentario. Pero Zadkiel no pasó. Con un quiebro de cintura que desafiaba las leyes de la anatomía, se coló entre los dos defensores, pivotó sobre su pie derecho y se lanzó hacia la canasta en un vuelo suicida.

—¡Thorne, vuelve a la posición! —gritó Sloane desde la banda.

Él no la escuchó. O quizás sí, y eso fue lo que lo impulsó a saltar más alto. Zadkiel machacó el aro con una violencia tal que el tablero de metacrilato vibró durante varios segundos. El público estalló en un grito espontáneo, pero Sloane sintió una punzada de furia en el pecho. Él había anotado, sí, pero había roto la estructura. Había elegido el caos sobre el plan.

Zadkiel regresó a la defensa trotando hacia atrás, con la mirada fija en Sloane. Se llevó dos dedos a la frente en un saludo burlón mientras pasaba por delante de ella.

—¿Lo has anotado en tus estadísticas, Kismet? ¿O necesitas que lo repita? —le soltó al pasar.

—¡Tiempo muerto! —exclamó Sloane, haciendo la señal con las manos hacia el árbitro.

El equipo se reunió alrededor del banco. Los jugadores jadeaban, bebiendo agua con desesperación, pero el aire entre Sloane y Zadkiel estaba a punto de arder. Ella se plantó frente a él, ignorando las miradas curiosas de los otros atletas.

—¿Qué parte de "mantener la formación" no has entendido, Thorne? Has dejado el flanco izquierdo totalmente desprotegido para hacer ese mate innecesario. Si esto fuera un partido de liga, nos habrían castigado en la transición.

Zadkiel se echó una toalla sobre los hombros y la miró con una mezcla de lástima y desafío.

—Anoto puntos, Sloane. Eso es lo que hago. Tu pizarra es muy bonita, pero no gana partidos contra tipos que quieren romperte las costillas. Quieres controlarlo todo porque tienes miedo de que, si algo sale del guion, no sepas cómo reaccionar. Igual que con tu pierna.

El silencio que siguió a esas palabras fue tan denso que Sloane sintió que se asfixiaba. Los compañeros de equipo bajaron la vista, incómodos por la crueldad del comentario. Sloane sintió el calor subir por su cuello, una mezcla de vergüenza y una rabia tan pura que le nubló la vista.

—Fuera —dijo ella, su voz era un hilo de acero—. Al banco. Ahora mismo.

—¿Qué? —Zadkiel frunció el ceño, su arrogancia vacilando por primera vez—. Solo es un partido de práctica. Estábamos ganando.

—No me importa el marcador. Me importa la disciplina. Si no puedes jugar bajo mis reglas, no juegas en absoluto. Siéntate, Thorne. Es una orden.

Zadkiel apretó los dientes, sus mandíbulas marcándose con una fuerza que prometía violencia. Tiró la toalla al suelo y se sentó en el último asiento del banco, con las piernas extendidas y los brazos cruzados, emanando una energía oscura que parecía enfriar el gimnasio. Sloane reanudó el juego con el base suplente, pero el ritmo se perdió. Sin la presencia magnética y agresiva de Zadkiel, los Negros empezaron a ceder terreno. Los Azules remontaron en cuestión de minutos.

Desde el palco superior, Silas Kismet observaba con el rostro impasible, pero Sloane sabía que su padre estaba decepcionado. Ella sentía el peso de su apellido como una losa de cemento. La perfección era la única moneda aceptable en esa familia, y ella estaba fracasando en la gestión de su activo más valioso.




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