Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 4: El Precio del Silencio

El amanecer en Oakridge no trajo la paz, sino una claridad despiadada que Sloane Kismet habría preferido evitar. Se despertó con la sensación de un peso invisible sobre el pecho, una presión que no cedía ni siquiera con su habitual café negro cargado de cafeína. Antes de que el sol lograra perforar la neblina del campus, su teléfono vibró sobre la mesa de noche. No era una alarma. Era una notificación de una cuenta anónima de la red social de la universidad, un perfil que todos conocían pero nadie se atrevía a denunciar: El Ojo de Rook.

La imagen era granulada, capturada desde un ángulo elevado que solo alguien con acceso a las cabinas de prensa podría haber obtenido. En ella, la figura esbelta y rígida de Sloane estaba atrapada contra el cuerpo masivo de Zadkiel Thorne. La iluminación cenital del gimnasio creaba sombras dramáticas, haciendo que el agarre de Zadkiel en su cintura pareciera más una caricia íntima que un acto de agresión o desafío. El titular era una sola palabra que goteaba veneno: "¿Rendición?"

Sloane sintió que el estómago se le cerraba. Arrojó el teléfono sobre las sábanas y se cubrió el rostro con las manos. En la cancha de los Kismet, el destino no se elige, se arrebata, y Belial Rook acababa de arrebatarle el único escudo que le quedaba: su reputación de mujer inalcanzable y puramente profesional. Sabía que su padre ya habría visto la foto. Silas Kismet no dormía; acechaba el éxito como un lobo hambriento.

Cuando llegó al pabellón administrativo de la universidad, el ambiente estaba cargado. Las secretarias bajaron la vista cuando ella pasó, y el eco de sus tacones sobre el mármol sonaba como una cuenta atrás. Se detuvo ante la imponente puerta de caoba de la oficina de su padre. Respiró hondo, ajustó su blazer gris y entró sin llamar.

Silas Kismet estaba de pie junto al ventanal que daba a la cancha principal, de espaldas a la puerta. Su silueta era imponente, la de un hombre que había construido un imperio sobre los huesos de aquellos que no pudieron seguirle el ritmo. No se giró cuando Sloane entró.

—Hay un orden natural en las cosas, Sloane —dijo Silas, su voz era un barítono profundo que vibraba con una decepción contenida—. Los reyes no se mezclan con los peones. Y los peones que causan problemas son eliminados antes de que infecten al resto del tablero.

—Es una foto sacada de contexto, padre —respondió Sloane, manteniendo la voz firme a pesar del temblor interno—. Thorne estaba desafiando mi autoridad después de que lo senté en el banco. Fue un altercado, nada más.

Silas se giró lentamente. En sus ojos no había ira, sino algo mucho peor: una frialdad analítica que Sloane conocía bien. Colocó una tableta sobre el escritorio, mostrando la imagen de ella y Zadkiel.

—En este negocio, la percepción es la realidad. Esta foto dice que mi hija, la mujer que debe disciplinar al activo más volátil de Oakridge, ha sido domada por él. Dice que el caos ha ganado. —Silas se acercó, rodeando el escritorio con movimientos lentos—. Si esto llega a los patrocinadores principales o a los ojeadores de la liga profesional, el valor de Thorne caerá. Y si él cae, tú caes con él.

—Lo tengo bajo control —mintió Sloane, sintiendo el peso de la cicatriz en su rodilla como si fuera un hierro al rojo vivo.

—No lo tienes. Por eso, he decidido que a partir de hoy, Belial Rook tendrá acceso exclusivo a los entrenamientos privados. Si ella es la que tiene la información, mejor que trabaje para nosotros bajo un acuerdo de confidencialidad que la silencie. Y en cuanto a Thorne... si vuelve a ponerte una mano encima, estará fuera. No me importa el talento que tenga.

Sloane sintió un escalofrío. Meter a Belial en su santuario era como invitar a una víbora a su cama. Pero no podía replicar. En la jerarquía de los Kismet, el silencio de Sloane era el precio de su permanencia en el juego.

Salió de la oficina con el pulso acelerado y se dirigió directamente al gimnasio. Eran las diez de la mañana, y el equipo estaba en medio de una sesión de pesas. El estruendo del metal contra el suelo y el olor a esfuerzo llenaban el aire. Localizó a Zadkiel en la zona de sentadillas. Llevaba una sudadera con capucha negra, con las mangas cortadas para mostrar sus brazos tatuados. Se veía más oscuro, más cerrado que de costumbre.

Cuando él la vio acercarse, soltó la barra con un estruendo innecesario y se secó el sudor con el dorso de la mano. Los demás jugadores se detuvieron, el silencio extendiéndose por la sala como una mancha de aceite.

—Vaya, la Reina ha salido de su castillo —soltó Zadkiel, su mirada gris recorriendo a Sloane con una mezcla de burla y algo que parecía una advertencia—. Supongo que has venido a darme las gracias por hacernos famosos.

Sloane no se detuvo hasta estar a escasos centímetros de él. No le importaba quién miraba. Estaba harta de las sombras.

—¿Crees que esto es un juego, Zadkiel? —susurró ella, su voz cargada de una furia gélida—. Esa foto casi te cuesta tu lugar en este equipo. Mi padre quería expulsarte esta misma mañana.

Zadkiel soltó una carcajada áspera, echando la cabeza hacia atrás.

—¿Y por qué no lo hizo? Ah, claro. Porque me necesita para ganar el trofeo que tú no pudiste ganar. Porque soy el único incendio que no puede apagar con sus millones.

—Te quedas porque yo te defendí —mintió ella de nuevo, aunque parte de la verdad residía en su silencio ante Silas—. Pero el precio es alto. Belial Rook estará en cada uno de nuestros entrenamientos a partir de ahora. Va a observarte, va a documentar cada uno de tus errores. Si te desvías un milímetro de mi plan, ella lo publicará y yo no moveré un dedo para salvarte.

Zadkiel dio un paso adelante, acortando la distancia hasta que Sloane pudo sentir el calor abrasador que emanaba de sus músculos tras el ejercicio. Sus ojos grises se clavaron en los de ella con una intensidad que le hizo flaquear las piernas.




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