El gimnasio de Oakridge se sentía distinto esa mañana. Ya no era el santuario de ecos y sombras donde Sloane podía ser ella misma; ahora era un escenario iluminado por focos invisibles y el escrutinio constante de un objetivo. Belial Rook estaba sentada en la primera fila de las gradas, con las piernas cruzadas y su cámara profesional descansando sobre el regazo como un animal domesticado que esperaba la orden de atacar. Su presencia era un ruido blanco que Sloane intentaba filtrar, pero el aire se sentía más denso, cargado de una toxicidad que hacía que cada orden de entrenamiento sonara forzada.
Zadkiel llegó al parqué con una energía eléctrica. No había rastro del cansancio de la sesión de pesas; se movía con una agilidad que parecía insultar el cansancio de sus compañeros. Llevaba una cinta negra en el pelo que acentuaba la dureza de sus facciones y sus ojos grises buscaban a Sloane con una insistencia que la ponía nerviosa. Ella, por su parte, se obligó a mantener la máscara de hielo. Vestía un conjunto deportivo negro, impecable, y su tableta parecía una extensión de su brazo.
—Formación de ataque rápido. Thorne, en el ala. Miller, busca el bloqueo —ordenó Sloane, su voz proyectándose hacia la cancha con una autoridad fingida.
Zadkiel recibió el pase inicial y, en lugar de seguir la trayectoria marcada, se detuvo en seco. Miró hacia las gradas, directamente a Belial, y luego a Sloane. Una sonrisa lenta y desafiante curvó sus labios. Sabía que cada movimiento estaba siendo documentado. Sabía que Sloane estaba aterrada de que él hiciera algo que confirmara los rumores de la foto. Y, por supuesto, Zadkiel Thorne vivía para alimentar el terror de los demás.
—¿Quieres que sea un buen chico para la cámara, Kismet? —gritó él desde la línea de tres, haciendo botar el balón con una fuerza que resonaba en todo el pabellón.
—Quiero que hagas tu trabajo, Thorne. Muévete —respondió ella, apretando los dientes.
El entrenamiento comenzó a subir de intensidad. Sloane los obligaba a realizar transiciones defensivas una y otra vez, buscando la perfección mecánica que tanto ansiaba. Pero Zadkiel estaba jugando su propio partido. Cada vez que pasaba cerca de la banda donde Sloane estaba de pie, se detenía un segundo más de lo necesario, o le lanzaba una mirada que quemaba más que el sudor en su piel.
—Estás tensa, Sloane —susurró Belial desde las gradas, sin apartar la vista del visor de su cámara—. Tu frecuencia cardíaca debe estar por las nubes. ¿Es por la presión de tu padre o porque no puedes dejar de mirar cómo se le tensan los músculos a tu "proyecto" cuando salta?
Sloane no se giró. No iba a darle ese placer.
—Concéntrate en tus fotos, Belial. No creo que a mi padre le guste que pierdas el tiempo con diagnósticos aficionados.
—Oh, no son diagnósticos. Es observación periodística —Belial disparó una ráfaga de fotos justo cuando Zadkiel anotaba un mate espectacular y aterrizaba a pocos centímetros de Sloane, salpicándola con una gota de sudor—. Mira eso. La composición es perfecta. El caos y la corona, a punto de colisionar de nuevo.
Zadkiel se quedó allí, jadeando, con el pecho subiendo y bajando rítmicamente. Se pasó la mano por el cuello, justo sobre las coordenadas tatuadas, y miró a Sloane con una intensidad que la hizo retroceder mentalmente.
—¿Qué pasa, Kismet? ¿Te molesta el público? —preguntó él, su voz era un ronquido bajo que Belial no podía oír, pero que Sloane sentía en la médula—. Pensé que a las reinas les gustaba que las miraran.
—Vuelve a la línea, Zadkiel —ordenó ella, intentando que su voz no temblara—. Estás perdiendo el ritmo de la jugada.
—El ritmo lo marco yo —respondió él, acercándose un paso más, ignorando deliberadamente el clic-clic-clic de la cámara de Belial—. ¿Por qué no me enseñas tú misma esa mecánica de tiro tan perfecta de la que presumes? Ven aquí. Enséñales a todos por qué eres una Kismet.
El gimnasio se quedó en silencio. Los demás jugadores se detuvieron, mirando la escena con una mezcla de anticipación y miedo. Era un desafío directo. Zadkiel le estaba ofreciendo el balón, retándola a entrar en su terreno, a exponer su debilidad física frente a la mujer que más deseaba verla caer. Sloane sintió el pánico subir por su garganta. Su rodilla le dio un pinchazo de advertencia, como si supiera que estaba a punto de cometer una locura.
—No voy a jugar tus juegos, Thorne —dijo ella, pero sus ojos la traicionaron al mirar el balón.
—¿Tienes miedo, Sloane? —instigó Belial desde la grada, su voz goteando veneno—. ¿O es que el tablero perfecto tiene miedo de romperse delante de todos?
Sloane miró a Belial y luego a Zadkiel. Vio la burla en los ojos de la periodista y la extraña mezcla de desafío y expectación en los del jugador. Sintió que algo dentro de ella, esa estructura rígida de años de control, se quebraba finalmente. Dejó la tableta en el banco de suplentes con una calma aterradora.
—Dame el balón —dijo Sloane.
Zadkiel se lo lanzó con suavidad, una tregua momentánea en sus ojos. Sloane caminó hacia la línea de tres puntos. Cada paso le recordaba el accidente, el sonido del crujido, el dolor insoportable. Pero también recordaba la sensación de poder que tenía antes de que todo se apagara. Se colocó en posición. El gimnasio estaba tan silencioso que podía oírse el zumbido de los motores de la cámara de Belial.
Sloane respiró hondo. No saltó; no podía arriesgarse. Pero usó la mecánica perfecta que su padre le había inculcado desde los cinco años. El movimiento de sus brazos fue una danza técnica, sus muñecas se quebraron en el ángulo exacto y el balón salió disparado con una rotación impecable.
Chof.
El sonido de la red absorbiendo el balón fue la única respuesta necesaria. Sloane no celebró. Simplemente miró a Zadkiel, que la observaba con una expresión que rozaba la admiración.
—La mecánica no miente, Thorne —dijo ella, su voz recuperando la frialdad—. Pero el instinto sin control es solo ruido. Vuelve a entrenar. Ahora.