El autobús de la universidad de Oakridge era un santuario de cuero azul y tecnología de punta que devoraba la autopista hacia el norte. El primer partido fuera de casa contra la Estatal de Blackwood no era solo una prueba deportiva; era un examen de resistencia psicológica. El aire acondicionado zumbaba con una monotonía hipnótica, pero dentro del vehículo, la tensión se podía cortar con un hilo de pescar. Sloane estaba sentada en la primera fila, con su computadora portátil iluminando su rostro pálido. A su lado, el asiento permanecía vacío por decreto implícito, una zona de exclusión que nadie se atrevía a cruzar. Excepto uno.
—Ese gráfico de dispersión parece el mapa de una invasión fallida, Kismet —la voz de Zadkiel llegó desde el pasillo, cargada de un sueño ronco.
Sloane no levantó la vista de la pantalla, pero sus dedos se congelaron sobre el teclado. Zadkiel no debería estar ahí; los jugadores tenían sus asientos asignados en la parte trasera para que pudieran descansar. Sin embargo, él se dejó caer en el asiento contiguo con una falta de respeto absoluta por el protocolo. Olía a jabón neutro y a ese aroma a madera quemada que parecía emanar de su propia piel.
—Vuelve a tu sitio, Thorne —ordenó ella, su voz manteniendo una calma que no sentía—. Este espacio es para el personal técnico.
—Técnicamente, soy la pieza más importante de tu tablero, ¿no? —Zadkiel estiró sus largas piernas, invadiendo el espacio de Sloane hasta que su rodilla rozó la de ella. Sloane se tensó, pero no se apartó—. Además, los chicos están roncando o jugando a las cartas. Y yo no puedo dormir con el ruido de la mediocridad.
Sloane cerró la tapa de su computadora con un clic seco. Se giró hacia él, encontrándose con unos ojos grises que, a la luz de las farolas de la carretera, parecían mercurio líquido.
—¿Qué quieres, Zadkiel? Si es otra de tus provocaciones para la cámara, te recuerdo que Belial está tres filas más atrás, fingiendo que duerme mientras nos graba con el rabillo del ojo.
Zadkiel echó un vistazo rápido hacia atrás y luego se inclinó hacia Sloane, reduciendo la distancia hasta que ella pudo ver la pequeña cicatriz que dividía su ceja izquierda.
—Que mire —susurró él—. Deja que se imagine lo que quiera. Lo que me importa es por qué sigues temblando cada vez que me acerco. No es miedo, Sloane. El miedo te hace retroceder. Tú... tú te quedas quieta, esperando el impacto.
—Se llama autodisciplina. Algo de lo que tú careces por completo —respondió ella, aunque su corazón golpeaba su caja torácica como un tambor de guerra.
—Se llama hambre —corrigió él, su voz bajando un octavo—. Estás hambrienta de algo que no puedes medir con tus algoritmos. Estás harta de ser la hija perfecta de un hombre que te ve como una inversión.
Sloane sintió que las palabras de Zadkiel le arrancaban la primera capa de su armadura. Era irritante cómo él podía leer las grietas que ella llevaba años sellando con hielo. Intentó recuperar el control, pero el movimiento del autobús la hizo tambalearse, cayendo ligeramente sobre el hombro de él. Zadkiel no la apartó; al contrario, puso una mano firme sobre su antebrazo para estabilizarla. El calor de su palma atravesó la tela de su blazer, quemándola.
—Suéltame —dijo ella, pero no hizo ningún esfuerzo por moverse.
—En un momento —respondió él, su mirada bajando por un segundo a los labios de Sloane antes de volver a sus ojos—. ¿Por qué Oakridge? Con tu cerebro podrías estar en la Ivy League, lejos de los gritos de tu padre y del fantasma de esta cancha.
Sloane suspiró, dejando que su cabeza reposara contra el respaldo del asiento, sintiendo el peso del cansancio acumulado. La oscuridad de la noche fuera de la ventana le dio una valentía inusual.
—Porque en la cancha de los Kismet, el destino no se elige, se arrebata. Y yo... yo quería arrebatarle a mi padre el respeto que perdió por mí cuando me rompí. Pensé que si podía hacer ganar a este equipo desde la banda, él volvería a verme como su hija, no como un error de cálculo.
Zadkiel apretó el agarre en su brazo, un gesto que, por primera vez, no se sintió como una provocación, sino como un anclaje.
—Él nunca va a darte lo que buscas, Sloane. Los hombres como Silas Kismet solo ven trofeos. No ven personas. —Zadkiel se acercó más, su aliento rozando la oreja de ella—. Tú no necesitas su redención. Necesitas tu propio incendio.
Sloane cerró los ojos, dejándose llevar por la vibración del motor y la cercanía prohibida de Zadkiel. Por un instante, el mundo exterior desapareció. No había cámaras, ni padres exigentes, ni un imperio que proteger. Solo estaba la presión de su cuerpo contra el de ella y la promesa de una destrucción necesaria.
Sin embargo, el hechizo se rompió cuando el autobús frenó bruscamente al llegar al hotel en Blackwood. Sloane se incorporó de golpe, recuperando su máscara de frialdad en un parpadeo.
—Hemos llegado. Ve a tu habitación, Thorne. Y ni se te ocurra salir después del toque de queda.
Zadkiel se puso de pie, recuperando su sonrisa lobuna, esa que usaba para ocultar sus propias cicatrices.
—Buenas noches, princesa. Intenta no soñar con números.
El hotel era un edificio antiguo, de techos altos y pasillos alfombrados que amortiguaban los pasos. Debido a un error en la reserva —o quizás a una jugada maestra de Belial Rook desde las sombras—, Sloane se encontró con que su habitación estaba en el mismo piso que la de los jugadores, justo frente a la de Zadkiel.
Sloane entró en su cuarto, cerrando la puerta con doble llave. Se apoyó contra la madera, intentando calmar su respiración. Se despojó de su blazer y se miró al espejo. Sus ojos ámbar brillaban con una intensidad desconocida. Se tocó el brazo, justo donde Zadkiel la había sujetado, y sintió un hormigueo eléctrico que se negaba a desaparecer.
De repente, un golpe suave sonó en la puerta. Tres toques rítmicos.