Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 7: El Eco de la Traición

La luz del amanecer en Blackwood era de un gris metálico que se filtraba por las cortinas del hotel como una acusación. Sloane se despertó antes de que Zadkiel abriera los ojos, con el corazón martilleando contra sus costillas y el peso de una realidad que ninguna estadística podría tabular. Se quedó inmóvil un segundo, observando la silueta del hombre que se suponía era su "proyecto" y que ahora era el arquitecto de su ruina. Los tatuajes de sus brazos parecían advertencias en la penumbra, y el desorden de las sábanas era el testimonio mudo de que el tablero perfecto había sido incinerado.

Se vistió con una urgencia febril, sus dedos temblando mientras abotonaba su camisa. No hubo despedidas susurradas ni promesas de madrugada. Sloane salió de la habitación de Zadkiel como quien huye de la escena de un crimen, refugiándose en su propio cuarto justo a tiempo para que el pasillo comenzara a cobrar vida con el trasiego del equipo. Se miró al espejo y vio a una extraña: el cabello ligeramente desordenado, los labios más rojos de lo habitual y una mirada ámbar que ya no reflejaba control, sino pánico.

—Concéntrate, Sloane. Solo es un partido —se dijo a sí misma, aunque su propia voz sonaba hueca—. La mecánica no miente. Los números no mienten.

Pero cuando bajó al desayuno grupal, la mecánica de su mundo empezó a fallar. Belial Rook estaba sentada en la mesa del rincón, removiendo un café negro con una parsimonia que helaba la sangre. No levantó la cámara, no disparó ningún flash. Solo le dedicó a Sloane una sonrisa lenta, una que decía que el as bajo la manga finalmente había sido jugado.

Zadkiel apareció diez minutos después. Caminaba con esa arrogancia animal que lo caracterizaba, pero cuando sus ojos grises chocaron con los de Sloane, hubo una fracción de segundo en la que la máscara cayó. Había una posesividad nueva en su mirada, un fuego que amenazaba con devorarla allí mismo, frente a los entrenadores y los ojeadores.

—Thorne, a la mesa de carbohidratos. Kismet, conmigo para la revisión táctica —la voz de Silas Kismet, que había llegado esa misma mañana en su jet privado, cortó el aire como un hacha.

Sloane caminó hacia su padre, sintiendo que cada paso era una actuación para los Oscar. Se sentó a su lado, abrió su tableta y comenzó a recitar porcentajes de tiro de la Estatal de Blackwood. Pero su mente estaba en la habitación 402, en la forma en que las manos de Zadkiel habían reclamado cada centímetro de su piel.

—No me estás escuchando, Sloane —dijo Silas, cerrando la tapa de la computadora de su hija con un golpe seco—. Estás distraída. Si Blackwood nos gana hoy, la culpa será de tu gestión del equipo. He invertido demasiado en Thorne como para que tú pierdas el enfoque ahora.

—Lo tengo todo bajo control, padre —respondió ella, la mentira amargando su lengua—. Thorne está listo. Yo estoy lista.

El estadio de Blackwood era una caldera. El público local gritaba insultos contra los Kismet, y el ambiente estaba saturado de una hostilidad que hacía que el aire fuera difícil de respirar. Sloane se situó en la banda, con el cronómetro en la mano, intentando ignorar la presencia de Belial, que se había colocado estratégicamente detrás del banco de suplentes.

Zadkiel entró a la cancha como un rayo. Estaba más agresivo de lo habitual, pidiendo el balón en cada jugada, chocando contra los defensas de Blackwood con una violencia que rozaba la falta técnica. Su "incendio" estaba fuera de control. En el segundo cuarto, tras un mate que casi arranca el aro, Zadkiel se detuvo frente al banco y miró directamente a Sloane. Se pasó la lengua por el labio inferior, un gesto rápido e íntimo que solo ella podía interpretar.

—¡Thorne! ¡A la defensa! —le gritó Sloane, sintiendo el calor subir por su cuello.

—¡Déjalo jugar, Sloane! —rugió su padre desde la primera fila—. ¡Está anotando!

Pero Sloane sabía que no estaba anotando por el equipo; estaba anotando para ella. Estaba marcando su territorio frente a todo el estadio, frente a su padre, frente a Belial. Y eso era lo más peligroso que podía hacer.

En el medio tiempo, el equipo de Oakridge ganaba por diez puntos, pero el vestuario era una zona de guerra. Los veteranos se quejaban de que Zadkiel no pasaba el balón, y el entrenador principal estaba a punto de estallar. Sloane se llevó a Zadkiel a un rincón, lejos de las miradas curiosas.

—¿Qué demonios estás haciendo? —le siseó ella, agarrándolo del brazo—. Estás rompiendo el esquema. Te van a expulsar si sigues buscando el contacto físico con esa saña.

Zadkiel se inclinó sobre ella, el sudor goteando de su frente. Sus ojos grises estaban oscuros, casi negros.

—¿Qué pasa, princesa? ¿Te asusta que el mundo vea que no puedes controlarme? —Zadkiel la acorraló contra la pared de metal de los casilleros—. Anoche no te importaba mi falta de disciplina. Anoche me pedías más caos.

—Anoche fue un error —susurró Sloane, aunque cada fibra de su ser gritaba lo contrario.

Zadkiel soltó una carcajada amarga y se acercó a su oído, su aliento caliente quemándole la piel.

—Hay cicatrices que no se ven, pero Zadkiel Thorne tiene el don de hacerlas sangrar. Y tú estás sangrando ahora mismo porque sabes que no puedes volver atrás. En la cancha de los Kismet, el destino no se elige, se arrebata. Y yo ya te arrebaté a ti.

Antes de que Sloane pudiera responder, la puerta del vestuario se abrió de golpe. Belial Rook entró con su acreditación de prensa colgando del cuello y una sonrisa de triunfo.

—Vaya, qué escena tan conmovedora —dijo Belial, levantando su cámara—. Una manager táctica y su estrella deportiva en una discusión tan... apasionada. Me pregunto qué pensará Silas cuando vea las fotos que tomé anoche en el pasillo del hotel.

El mundo de Sloane se detuvo. Miró a Belial y luego a Zadkiel. Él no pareció sorprendido; su mandíbula se tensó y dio un paso al frente, protegiendo a Sloane con su cuerpo.




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