El viaje de regreso a Oakridge fue un funeral disfrazado de victoria. Mientras los jugadores celebraban en la parte trasera del autobús con música alta y risas eufóricas, Sloane permanecía en su asiento de la primera fila, con la mirada perdida en el asfalto que se desenrollaba bajo los faros. La oscuridad de la carretera era un espejo de su propia mente. Sentía el peso de la tableta en su regazo como si fuera una lápida. Ya no contenía estrategias; contenía una cuenta atrás.
Zadkiel no se acercó esta vez. Se quedó al fondo, hundido en las sombras de su asiento, con la capucha de la sudadera cubriéndole los ojos. Sin embargo, Sloane podía sentir su mirada quemándole la nuca a través de la distancia. Había una conexión invisible y eléctrica entre ellos, un hilo de seda roja que Belial Rook estaba a punto de cortar con una guadaña.
—No pareces muy feliz para haber ganado por veinte puntos, Sloane —la voz de Belial surgió desde el asiento de atrás, un susurro sibilino que se filtró por el espacio entre los respaldos.
Sloane no se movió. No quería darle el placer de ver su miedo.
—Ganar es el estándar, Belial. No es motivo de fiesta, es el cumplimiento de un objetivo.
—Qué robótica. Me pregunto si fuiste tan metódica anoche en la habitación 402. —Belial se inclinó hacia adelante, su aliento con olor a menta rozando la oreja de Sloane—. Tengo tres tomas de Zadkiel saliendo de tu cuarto a las cinco de la mañana. Y una de ti, abriéndole la puerta con esa expresión de... bueno, digamos que no parecía una revisión de jugadas de pizarra.
—¿Qué quieres? —soltó Sloane, girándose finalmente. Sus ojos ámbar brillaban con una furia desesperada bajo la luz tenue de la cabina.
—Quiero ver cómo el imperio de los Kismet se desmorona desde el centro. Quiero ver a Silas descubrir que su posesión más valiosa, su hija perfecta, ha sido corrompida por el chico malo que él mismo trajo para salvar su legado. —Belial sonrió, y el lunar sobre su boca pareció una mancha de tinta negra—. Mañana a mediodía, quiero que me entregues los archivos financieros del departamento de atletismo. Los informes de los pagos "especiales" que tu padre le hace a los árbitros y a los ojeadores.
Sloane sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.
—Eso destruiría a mi padre. Destruiría la universidad.
—Y si no lo haces, la foto estará en el servidor de noticias del campus antes del almuerzo. Imagina los titulares: "La heredera y el delincuente: Juego Sucio en Oakridge". —Belial se recostó en su asiento, cerrando los ojos con satisfacción—. Tienes doce horas, Sloane. El reloj no se detiene por las reinas caídas.
Cuando el autobús finalmente se detuvo en el campus, Sloane fue la primera en bajar. Necesitaba aire, necesitaba espacio, necesitaba alejarse del veneno de Belial. Caminó a paso rápido hacia el edificio de administración, pero antes de llegar a las puertas de cristal, una mano firme la sujetó del brazo y la arrastró hacia la sombra de los robles centenarios que rodeaban la plaza.
—Suéltame, Zadkiel —siseó ella, aunque su cuerpo traicionero se relajó al sentir su contacto.
—¿Qué te ha dicho? —la voz de Zadkiel era un gruñido bajo. Sus ojos grises escaneaban el rostro de Sloane en busca de grietas—. La he visto acechándote todo el camino.
—Lo sabe todo. Tiene fotos. Quiere que traicione a mi padre para guardar el secreto. —Sloane se cubrió el rostro con las manos, sintiendo que las lágrimas que había estado conteniendo empezaban a quemar—. Si se entera, me quitará todo. Me enviará lejos. Y a ti... a ti te destruirá la carrera antes de que puedas entrar al Draft.
Zadkiel la agarró por los hombros y la obligó a mirarlo. Estaba tan cerca que Sloane podía ver la tensión en su mandíbula y el sudor que aún brillaba en su frente tras el partido.
—Que le jodan al Draft, Sloane. Y que le jodan a tu padre. —Zadkiel la sacudió suavemente—. No vas a entregar esos archivos. No vas a dejar que esa víbora te controle.
—¿Y qué sugieres que haga? ¿Dejar que publique la foto? ¿Dejar que mi padre vea lo que hicimos? —Sloane soltó una risa amarga—. Ella es el tablero perfecto ahora, Zadkiel. Nos tiene acorralados.
—No. Ella cree que tiene el control porque piensa que tienes miedo. —Zadkiel deslizó una mano hacia la nuca de Sloane, sus dedos enredándose en su coleta perfecta—. En la cancha de los Kismet, el destino no se elige, se arrebata. Vamos a arrebatárselo a ella. Vamos a darle algo más grande en lo que enfocarse.
—¿De qué estás hablando?
—Confía en mí. Por una puta vez en tu vida, deja de calcular y confía en el incendio. —Zadkiel la besó con una urgencia que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo—. Ve a tu oficina. No saques esos archivos. Quédate allí hasta que yo te llame.
Sloane se quedó sola bajo los robles, viendo cómo Zadkiel se alejaba hacia los dormitorios de los atletas con zancadas largas y decididas. Sabía que debía detenerlo. Sabía que Zadkiel era capaz de cualquier locura para proteger lo que consideraba suyo. Pero también sabía que ya no le quedaban fuerzas para ser la manager de nadie.
Entró en su oficina y cerró la puerta. El silencio era sepulcral. Se sentó en su silla de cuero tras el escritorio de cristal y miró hacia la caja fuerte donde se guardaban los registros financieros de su padre. La clave estaba grabada en su memoria: su fecha de nacimiento. Silas siempre decía que ella era su mayor inversión, y por eso su nacimiento protegía sus secretos más oscuros.
Las horas pasaron como siglos. Sloane observaba las manecillas del reloj de pared, sintiendo que cada tic-tac era un clavo en su ataúd profesional. A las once de la mañana, recibió un mensaje de Belial: "Una hora, Sloane. El servidor está listo para subir la imagen. No me decepciones".
Sloane se levantó y caminó hacia la caja fuerte. Sus dedos temblaban. Estaba a punto de marcar el código cuando su teléfono sonó de nuevo. No era Belial. Era una notificación de emergencia de la universidad.