Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 9: El Rastro de la Pólvora

El olor a quemado se adhería a la garganta como una lija, un recordatorio persistente de que el santuario de Oakridge había sido profanado por el fuego. Las cintas amarillas de la policía acordonaban el ala norte de los dormitorios, ondeando con un viento gélido que arrastraba cenizas grises sobre el césped impecable. Sloane observaba la escena desde la distancia, resguardada tras los cristales tintados de su oficina, con las manos apretadas en torno a una taza de café que ya se había enfriado. Sus nudillos estaban blancos. Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de Zadkiel entre el humo, con las manos enrojecidas y esa mirada de mártir salvaje que no buscaba perdón, sino complicidad.

—Un fallo eléctrico, dicen los peritos —la voz de Silas Kismet retumbó en la estancia, cargada de una sospecha que hizo que a Sloane se le erizara la piel—. Pero los fallos eléctricos no suelen empezar en el cuarto de servidores de una periodista que estaba a punto de publicar un reportaje exclusivo sobre este equipo.

Sloane se giró lentamente, obligando a sus facciones a recuperar esa máscara de porcelana que su padre tanto admiraba.

—Los edificios antiguos tienen sus riesgos, padre. La sobrecarga de equipos fotográficos de Belial era un accidente esperando a suceder. Deberíamos estar agradecidos de que nadie resultara herido de gravedad.

Silas se acercó a ella, sus ojos escudriñando cada poro de su rostro. Sloane sostuvo la mirada, aunque por dentro sentía que se desmoronaba. La mecánica de la mentira era agotadora cuando el sujeto de la investigación era el hombre que le había devuelto el pulso.

—Thorne tiene quemaduras de segundo grado en las palmas —continuó Silas, golpeando rítmicamente el escritorio con un anillo de oro—. Dice que entró a ayudar a evacuar. Es un héroe local ahora, pero un héroe con las manos vendadas no puede sujetar un balón en el partido contra los Titanes este viernes. Si él no juega, perdemos el contrato de patrocinio de la firma de ropa deportiva.

—Estará listo —aseguró Sloane, aunque no tenía ni idea de cómo—. Yo misma supervisaré su recuperación física.

Salió de la oficina antes de que su padre pudiera detectar el temblor en su voz. Caminó hacia la enfermería del campus, un edificio blanco y aséptico que olía a desinfectante y a promesas rotas. En la habitación del fondo, encontró a Zadkiel sentado en el borde de la camilla. Estaba sin camiseta, revelando la extensión de los tatuajes que subían por su espalda como enredaderas de tinta. Sus manos estaban envueltas en gruesos vendajes blancos que contrastaban con su piel bronceada.

—Has venido a ver los restos del naufragio —dijo él, sin mirarla. Su voz era un susurro rasposo, marcado por la inhalación de humo.

Sloane cerró la puerta y se apoyó contra ella, dejando que el aire saliera de sus pulmones en un suspiro entrecortado.

—¿En qué estabas pensando, Zadkiel? Podrías haber muerto. Podrías haber destruido tus manos para siempre.

—Estaba pensando en que no iba a dejar que esa víbora te arrebatara tu vida. —Zadkiel levantó la vista, y sus ojos grises brillaban con una intensidad febril—. Ella es el tablero perfecto; yo soy el incendio. Te lo dije, Sloane. Cumplo mis promesas.

—No ha servido de nada —susurró ella, acercándose a la camilla—. Belial rescató un disco duro. La vi. Entre los escombros, tenía esa sonrisa... esa sonrisa de que todavía tiene el control.

Zadkiel apretó los puños vendados, soltando un gemido de dolor contenido. La rabia emanaba de él como una ola de calor.

—Entonces el incendio no fue lo suficientemente grande. Debería haber quemado los cimientos de este maldito lugar.

—Basta, Zadkiel. —Sloane se sentó a su lado, con cuidado de no tocar sus heridas—. Mi padre sospecha. La policía está haciendo preguntas. Si encuentran una sola prueba de que tú provocaste ese fuego, irás a la cárcel. No habrá Draft, no habrá futuro. Solo una celda.

Zadkiel se inclinó hacia ella, su frente rozando la de Sloane. El aroma a antiséptico no podía ocultar el rastro de humo que aún emanaba de su cabello.

—No me importa el futuro si no estás tú en él, Kismet. No me importa el Draft si significa que tengo que verte ser la marioneta de Silas y el juguete de Belial.

—Yo no soy el juguete de nadie —respondió ella, aunque ambos sabían que era mentira—. Pero ahora tenemos que jugar con sus reglas. Ella tiene el disco duro, pero no sabe que yo tengo algo que ella desea más que esas fotos.

Zadkiel frunció el ceño, sus cejas marcadas por la cicatriz que Sloane ya conocía de memoria.

—¿De qué hablas?

—Belial no quiere solo destruirme. Quiere mi puesto. Quiere el acceso total a los Kismet para escribir la biografía no autorizada que lanzará su carrera nacional. —Sloane se puso de pie, su mirada ámbar endureciéndose—. Voy a darle lo que quiere. Voy a invitarla a mi casa, a la mansión Kismet, para una entrevista "íntima".

—Es una trampa suicida —gruñó Zadkiel, intentando levantarse, pero Sloane lo empujó suavemente de vuelta a la camilla.

—Es estrategia, Thorne. Mientras ella esté distraída conmigo y con mi padre, tú vas a recuperar ese disco duro. Sé dónde lo guarda. Tiene una caja fuerte en su coche, una que ella cree que nadie conoce. Pero yo crecí con ella. Sé sus contraseñas, sé sus miedos.

Zadkiel la miró con una mezcla de pavor y una admiración oscura.

—Estás aprendiendo a jugar sucio, princesa.

—En la cancha de los Kismet, el destino no se elige, se arrebata —recitó ella, sus palabras sonando como una sentencia—. Y yo voy a arrebatarle esa última carta antes de que pueda jugarla.

En ese momento, la puerta de la enfermería se abrió de golpe. Belial Rook entró con un vendaje pequeño en la mejilla y ese disco duro externo colgando de su mano como un trofeo de guerra. No iba sola; dos oficiales de la policía del campus la seguían de cerca.

—Aquí está —dijo Belial, señalando a Zadkiel con una uña pintada de rojo oscuro—. El héroe del día. Los oficiales tienen algunas preguntas sobre cómo es que fuiste el primero en llegar al cuarto de servidores cuando se supone que deberías estar en los dormitorios de los atletas, en el ala opuesta.




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